Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 27 de octubre de 2021
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Drama en la jungla

Drama en la jungla



José Eustaslo Rivera, el gran poeta, autor de "La Vorágine", dice de las elevadas y solemnes espesuras sudamericanas, las siguientes extraordinarias frases: "Selva, esposa del silencio, madre de la soledad. Catedral de pesadumbres donde dioses desconocidos hablan a media voz en el idioma de los rumores... Selva de la fornida encina y la orquídea lánguida, efímera como el nombre y marchitable como su esperanza...".

Con tan potente lírica, Rivera describe los umbríos y gigantescos bosques que cubren grandes áreas del continente sudamericano y entre ellas las que corresponden al Beni y a Pando. En las profundidades de este inmenso, sofocante y húmedo escenario, se desarrolla la apasionante aventura de un esforzado ciudadano cochabambino de los primeros años del siglo XX...

En el año de 1906, un joven abogado de la época, el doctor Gregorio Arteaga, -padre de hoy larga familia- soñó como patriota, que una comunicación directa de Cochabamba con la ubérrima zona del Isiboro, completaría la red de caminos nacionales en que estaba interesado el Gobierno boliviano de entonces. Espíritu entusiasta, valiente y aventurero, Gregorio Arteaga, se propuso buscar en personal odisea, la ruta más corta entre la ciudad de Cochabamba y las nacientes del río Isiboro, para aprovechar sus aguas y llegar navegando hasta el Mamoré, el Madera, el Amazonas y acaso el mar...

Y luego de cuidadosa meditación, el joven Arteaga, dueño de su gran coraje, del cuchillo de monte, las infaltables armas y dos peones como compañeros, lanzose el 4 de julio de 1906 hacia el Isiboro, a donde habría de llegar -según sus cálculos- veinte días después, luego de cruzar el inmenso misterio de la jungla. A los pocos amaneceres de iniciada tal travesía y frente a los peligros de la gran aventura una noche lo abandonaron sus compañeros, huyendo cobardemente.

Pronto Arteaga, solo y perdido en la profundidad aterradora de la selva, sintió muy cerca los riesgos de la venenosa dentellada de la serpiente o el salto del jaguar que desgarraría sus carnes. Dormía para evitarlos en la copa de los árboles o en las cavidades de viejos troncos, ya convertidos en ataudes.

En medio del pavoroso rumor nocturno de la jungla y su infinita soledad, pasaron para el desgraciado explorador, incontables noches de angustia y abandono. La aurora de los días lo descubría vagando cual un fantasma perdido. Mientras que en la ciudad, vencido el plazo que el propio y animoso Arteaga fijara para el término de su jornada, flotaba ya en las calles, en el comentario casero y en el corrillo familiar, el rumor de su desaparición y muerte, pues luego de algunos días sin noticia alguna, acentuábase la probabilidad de un accidente o posible asesinato...

Puesta la Policía en movimiento, capturó a Vicente García y Guillermo Rojas los dos peones que lo abandonaran -ahora encarnizados enemigos uno de otro, pues requerían los amores de una misma mujer- Rojas acusaba a García de haber asesinado al patrón Arteaga. Fueron practicadas las diligencias de investigación y organizado el proceso criminal por los jóvenes abogados de entonces Eliodoro Quiroga, padre del actual y notable neurólogo Quiroga Abasto y don Julio Gutiérrez López, ambos Juez y Fiscal respectivamente...

Durante un careo ante el Prefecto de aquel tiempo doctor Rafael Canedo, mientras que Rojas persistía en sus acusaciones, García solo dijo en tono admonitorio y dirigiéndose a Rojas: "...Si aparece el patrón, pobre de ti..." y luego calló. De este modo ya no había duda alguna de haber sido Arteaga, víctima de un crimen. Fue llorado por la familia. Y la prensa publicó sentidas necrologías dándole pésame a la viuda doña Rudecinda Lafuente de Arteaga...

Y AHORA LA ANÉCDOTA...

A los cincuenta y tres días contados desde el 4 de julio, día de la partida, gentes de la "Cueva" -establecimiento rural de Arteaga- quedaron aterradas ante la aparición de un espectro. Con el color pálido del cadáver, las pupilas casi sin luz deshecho de fatiga y andando apenas, llegaba Arteaga, poco menos que desnudo, luego de haber vencido las acechanzas de la callada espesura y habiendo cruzado ciento cincuenta kilómetros por el interior de sus pavorosas entrañas...

Así, el héroe de tan espectacular aventura, vuelto de un mundo extraño como la muerte, pudo constatar el sincero dolor causado por su aparente fallecimiento y saborear en vivo sus pompas fúnebres y aquellas santas misas, celebradas para conseguir su integración a los cielos...

Gregorio Arteaga vivió muchos años más pues murió en 1960 a los noventa y seis años, es decir, lustros después de su primera supuesta defunción...

Al cerrarse el proceso, el Fiscal don Julio Gutiérrez López, le envió de regalo, el expediente cerrado con la siguiente nota humorística: "...A mi distinguido amigo, el ex-difunto don Gregorio Arteaga. Con las consideraciones del Agente Fiscal Julio Gutiérrez López...".