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  • Diario Digital | jueves, 28 de octubre de 2021
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Testigo: “Vi cómo volaba una pierna sobre mi cabeza”

Testigo: “Vi cómo volaba una pierna sobre mi cabeza”

En la confluencia de las calles Berkley y Boylston, junto a la boca de metro Arlington, varios corredores deambulaban cubiertos con mantas térmicas y mirada desorientada. Muchos se habían estado preparando durante meses para una de las carreras más prestigiosas del mundo, pero a pocos kilómetros de la meta notaron que algo raro ocurría. El público, lejos de corearles como suele suceder, miraba sus teléfonos móviles mientras muchos comenzaban a marcharse. A apenas 2.000 metros del final, Ingrid, de Nueva York, fue detenida por los asistentes de la carrera. “Al principio estaba desolada, porque quería acabar”, explicaba. No comprendía lo que pasaba.

Momentos antes, dos explosiones habían sacudido la línea de meta. Y si bien la mayoría de los 30.000 corredores no se habían percatado de los estallidos —al igual que los miles de bostonianos que se habían echado a la calle para ver la carrera como todos los años desde 1897—, los testigos presenciaron escenas que difícilmente olvidarán. “Vi cómo volaba una pierna sobre mi cabeza”, señaló una mujer a la emisora Fox Radio. Otros testigos aseguraban que había “mucha sangre” en el lugar de las explosiones, mientras se sucedían los anuncios de la policía con órdenes de evacuación a los viandantes, cierre de negocios y advertencia sobre la posible existencia de otros artefactos explosivos en la zona.

A la confusión de las personas que abandonaban la zona, se sumaba la incredulidad de los corredores que llegaban. Muchos no eran conscientes de la tragedia que acababa de sufrir la ciudad y se quejaban por la marca conseguida debido a la interrupción de la carrera. Otros tomaban conciencia de lo sucedido cuando cesaban los efectos de la fatiga en sus cuerpos. Galina, una inglesa residente en Orlando (Florida), buscaba a su marido, quien debía esperarla en la línea de meta. “No lo veo. Voy a marcharme al hotel por si hubiera regresado allí”, aventuraba.

Mientras, se sucedían las alarmas, falsas o no. Un paquete sospechoso estallaba en la biblioteca pública JFK y otro era desactivado en el Mandarin Hotel, se decía que otro en la Universidad de Harvard… La North Eastern University pedía a los alumnos que no salieran del campus, mientras los corredores que aún no habían cruzado la meta eran desviados por una avenida lateral. Quienes permanecían en las cercanías del lugar de las detonaciones estaban especialmente impresionados por las lesiones sufridas por los heridos: “Había gente con los pies cortados por los talones”, relataba un corredor al diario Boston Globe.



(elpais.com)