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  • Diario Digital | martes, 19 de noviembre de 2019
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Tener callos y durezas es bueno para el pie

Tener callos y durezas es bueno para el pie

Hace unos seis millones de años, nuestros antepasados pasaron de desplazarse a cuatro patas a hacerlo erguidos. Y nosotros, los humanos modernos, caminamos así, descalzos, desde que aparecimos unos 200.000 mil años atrás hasta hace apenas 8000 años, cuando empezamos a calzarnos, gracias a la solución de ingeniería natural de la evolución para proteger de forma eficiente el pie: los callos y las durezas.

Y resulta que esta ahora denostada piel endurecida y más gruesa que se forma en talones, planta y algunos dedos como consecuencia de la fricción con otras superficies, protege el pie sin comprometer su sensibilidad ni la forma de caminar, a diferencia del calzado moderno acolchado. Es la principal conclusión de un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Harvard (Cambridge, EE.UU.), tras estudiar minuciosamente los pies y andares de 81 personas adultas de Kenia y de 22 del área de Boston, en EE.UU., publicado la semana pasada en Nature.
Como era de esperar, los investigadores, liderados por Daniel Lieberman, del Departamento de Biología Evolutiva, han visto que quienes van generalmente sin zapatos tienen callos un 30 por ciento más duros y gruesos que aquellos que suelen ir calzados. No obstante, los callos y durezas, que protegen el pie frente a posibles lesiones como las suelas del calzado, permiten preservar la sensación al caminar del tipo de suelo, lo que es crucial para mantener el equilibrio y para mejorar la seguridad en superficies que pueden resultar resbaladizas, abrasivas o peligrosas.
En cambio, los zapatos modernos acolchados, aunque protegen frente a posibles golpes, también reducen la sensibilidad y, sobre todo, parecen alterar las fuerzas transmitidas desde el talón a las articulaciones, lo que podría generar problemas musculares y esqueléticos

Según los investigadores, el calzado con suela fina y dura, como las sandalias o los mocasines, proporciona una protección y sensibilidad similar a la de los callos, por lo que podría resultar muy útil para personas mayores, por ejemplo, para ayudarlas a mantener mejor el equilibrio y reducir el riesgo de caídas. O para gimnastas.
“Los pies son muy sensibles. Permiten desde sensaciones placenteras como las de caminar descalzos por la playa, pero también nos duelen si lo hacemos por encima de rocas puntiagudas”, explica en un artículo que acompaña al estudio que publica Nature Kristian D’Août, investigador del Departamento de Biología Musculo esquelética de la Universidad de Liverpool. “Y eso es muy útil porque los nervios del cuerpo ubicados en la planta del pie envían esa información para ajustar nuestra postura y forma de caminar, de manera similar a como las yemas de los dedos nos permiten manipular objetos”, añade.
Los callos son áreas más gruesas de la capa exterior de la epidermis que se suelen formar en humanos y otros animales cuando la piel se expone a una alta fricción. La fricción genera un proceso de proliferación de queratinocitos en la capa más profunda de la piel, que emigran hacia la capa exterior. Allí, en lugar de diferenciarse en células planas, mantienen una forma voluminosa. La cantidad de queratinocitos que haya junto con una falta de hidratación es lo que provoca que los callos sean más gruesos y persistentes. Y aunque pueden causar problemas en algunas personas, los callos y durezas suelen ser a cambio de juanetes y pies planos, nada frecuentes en quienes caminan descalzos.
En este trabajo, los autores midieron usando ultrasonido el grosor de los callos y durezas de los pies de personas, algunas de las cuales siempre usan calzado y otras, nunca. Analizaron las propiedades mecánicas de la planta del pie, de la piel, su resistencia, y observaron que era más dura y gruesa en quienes no llevaban zapatos.
También estudiaron la sensibilidad de dos tipos de receptores mecánicos que se activan cada vez que el pie toca el suelo, los llamados adaptativos lentos que responden a estimulación estática, como una presión constante. Y los adaptativos rápidos, encargados de sentir cambios de presión variables. Y vieron que la dureza de la piel permite que se transmitan los estímulos del suelo hasta las capas profundas de la piel donde están los receptores.
Asimismo, analizaron cómo se reparten las fuerzas durante la locomoción, desde que el talón toma contacto con el suelo, por el cuerpo. Observaron que el calzado altera el impacto de la fuerza cuando el talón toca el suelo, muy probablemente por la amortiguación del zapato, y eso hace que haya cambios sutiles en la forma de caminar debido a la pérdida de percepción táctil, señalan los autores del estudio

“Los humanos evolucionaron para caminar descalzos, por lo que los sistemas de músculos y esqueléticos estén probablemente adaptados a lidiar con fuerzas mayores que las que experimentamos cuando caminamos con zapatos modernos”, afirman los autores del estudio.
“Los actuales cazadores-recolectores da entre tres y cinco veces más pasos de media que los humanos en sociedades postindustriales, lo que explica que mucha gente hoy no experimente la carga normal de caminar. Queda por evaluar qué efectos tiene eso sobre músculos y esqueleto”, añaden.
No se trata de ir descalzos de nuevo, aclaran los expertos, sino de usar el calzado más apropiado que permita mantener al máximo la sensibilidad. Para algunas personas, el calzado acolchado es una buena solución, pero en general, dicen los investigadores, las suelas duras de las sandalias o de los mocasines podrían funcionar igual que los callos, preservando la sensación del suelo bajo los pies, ayudando a mantener el equilibrio y a mejorar la repartición de la fuerza al caminar.