Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 21 de octubre de 2019
  • Actualizado 14:29

Ruperto Salvatierra: la poesía hecha pintura durante más de medio siglo

El viernes inauguró su más reciente exposición pictórica con 136 cuadros. Después de una larga carrera, el pintor está firme y con ganas de dar más.
Ruperto Salvatierra: la poesía hecha pintura durante más de medio siglo


Amor, concentración y sentimiento. Tres pala-bras que envuelven significados profundos por separado y que juntas son fundamentales para Ruperto Salvatierra. Con amor “puro” se entregó por completo a su profesión y a todo lo que desarrolló durante su vida. La concentración le permitió crear de manera disciplinada sus obras. Y el sentimiento, por su parte, lo guió a cada paso, le hizo descubrir la esencia de lo simple, de lo eterno y de cada sueño que trazó su corazón.

Con una sonrisa honesta y cálida recibe a sus visitantes en su hogar, una pequeña casa de adobe a las orillas del río Huayculi, en el municipio de Quillacollo. Desde hace nueve años ese lugar es su “refugio”; ahí, en su soledad, encuentra la libertad necesaria para crear sus obras de arte. Sus únicos compañeros son sus plantas —que, según dice, le dan vida — y sus cuadros, prueba fehaciente de más de medio siglo de labor continua. Cada uno de ellos tiene una historia, un legado y, sobre todo, una parte de Ruperto.

Su orígen se remonta a las chacras, cerca de los animales y en pleno contacto con la naturaleza en Chávez Rancho (actual Villa Bush). Ruperto, el menor de cinco hermanos, salía junto a ellos a pastear ovejas y vacas a las orillas del Río Rocha. Inquieto y curioso descubrió que con la greda del lugar podía moldear figuras reales. Con solo seis años ya replicaba todo lo que veía con gran detalle.

Así descubrió su pasión por las artes plásticas. La vida de Ruperto transcurrió entre el éxtasis del reconocimiento público internacional y su intimidad valluna. Hoy, con 69 años bien cumplidos, su mirada se pierde en el horizonte, en el cielo azul en el que se guardan sus anhelos.



HERENCIA FAMILIAR

La madre de Ruperto, Leonor Lazarte Caballero, una mujer de pollera tradicional de esta región, fue su mayor crítica desde que era pequeño. “Todo lo que yo hacía le mostraba, en primer lugar, a mi mamá. Cada vez que ella me decía ‘qué lindo, hijito’ era un incentivo demasiado grande. Para mí, ella vive aún”, dice Salvatierra.

El talento indiscutible como artista plástico que posee Ruperto es fami-liar. Su abuelo, Manuel Lazarte, pintaba murales con alquitrán en las paredes de adobe de su alrededor.

Su incursión en el dibujo en papel sábana se inició en su adolescencia. Hacía retratos de sí mismo y de artistas de la época. Para él, el dibujo es la base de cualquier obra de arte, por lo tanto, lo fue perfeccionando a medida que creció.

Estudió en el Colegio Nacional Abaroa pero no culminó la secundaria. Después de pasar por el CITE, donde fue paracaidista, ingresó a la Academia de Bellas Artes de Cochabamba. Para ser parte de esta institución le pedían presentar la libreta de bachiller. Como Ruperto no terminó el colegio se registró con el documento de su amigo Ramiro Contreras, hasta que, en el segundo año, lo descubrieron, pero, debido a su talento, no lo expulsaron, solo le obligaron a utilizar su verdadero nombre.

Después de volverse un experto dibujante incursionó en la pintura al óleo, acuarela y pastel, técnicas que fue perfeccionando en la academia.

Entre sus anécdotas más emotivas, El artista recuerda cuando ganó por primera vez un premio: “Mis compañeros me contaron que había obtenido el segundo lugar en el concurso de pintura de la Casa de la Cultura. Yo no creía hasta que vi mi nombre en la lista de ganadores. Recuerdo que bajé las gradas llorando, fue un impacto demasiado fuerte”, dice Salvatierra.



EL ARTISTA Y EL SER HUMANO

Actualmente, se considera a Ruperto como uno de los máximos pintores vivos del país. Con un talento que desborda cualquier regla, creó su propia estética y se reinventa en cada cuadro, en cada “hijo”, como él los llama.

Su entorno es su mayor inspiración. Sus cuadros más llamativos son retratos y paisajes costumbristas, aunque también tiene algunos surrealistas.

Su primera exposición la realizó junto a Amadeo y José Castro en la salón Gíldaro Antezana. Después, comenzó a hacerlo individualmente, alcanzando 40 cuadros por año para cada muestra.

“Siempre he aportado en cada obra y en todo. Había ocasiones en las que tenía exposiciones simultáneas”, cuenta.

Esta labor requiere dedicación, pasión y entrega, explica Ruperto. Es una tarea continua.

“Pinto todos los días porque el tiempo no me alcanza. El arte es un oficio sin punto final que uno nunca termina de conocer, se aprende con cada una de las obras que uno se arriesga a afrontar. Si no lo ejercitas pierdes lo avanzado. El arte, para ser arte, tiene que ser una práctica permanente”, asegura.

Ruperto conoce la gloria, el júbilo de un público entusiasta y el reconocimiento nacional e internacional hacia su obra. Pero, en la misma dimensión, conoce la tristeza, la decepción y la cruda realidad de las enfermedades.

Hace 30 años tiene diabetes, mal que lo obliga a cuidar su alimentación y hacerse controles constantes.

La ingratitud también golpeó su puerta. “A un amigo le confié más de 60 cuadros, me dijo que me ayudaría. Se llevó al exterior lienzos, óleos y telas. Nunca más quiso devolver las obras ni el dinero. Me dolió mucho eso”, cuenta. Como ese caso, tiene muchos más, su confianza plena en otras personas le jugó malas pasadas en varias ocasiones.



GALARDONES

La situación actual del arte en Cochabamba le genera preocupación. “Los críticos de arte ayudan mucho porque nos hacen ver algunas fallas. Lo malo es que ahora ya no existen. Antes manteníamos más contacto y nos permitía crecer. También hay que decir que hay muchos pintores oportunistas, entonces todo empeoró”, afirma.

Sin embargo, eso no le quita ni por un instante las ganas de pintar. ”Jamás podría dejar de hacerlo”, dice. Medio siglo de trabajo respaldan la creación de Ruperto. Ha tenido innumerables exposiciones a lo largo de su carrera.

Los premios también reconocen su labor, alberga en su historial más de 50 galardones entre nacionales e internacionales.

La energía lo desborda, el amor lo inunda y las ganas de seguir son eternas. “Me siento feliz así. Yo deseaba volar alto hasta alcanzar la cima y sé que he llegado. Quiero seguir trabajando, tengo mucho todavía para dar”, finaliza. l