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  • Diario Digital | lunes, 29 de noviembre de 2021
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Señores del tiempo: cómo los relojes están cambiando la manera de vivir

Señores del tiempo: cómo los relojes están cambiando la manera de vivir



El tiempo es dinero. Nunca más claro como cuando a las 09:59:59.985 del tiempo del este de Estados Unidos (EST) del 3 de junio de 2013, un pequeña falla técnica llevó a que la agencia Reuters diera a conocer datos de la bolsa de valores 15 milisegundos antes de lo previsto.

El resultado fueron transacciones por 28 millones de dólares, debido a que operadores robóticos comenzaron a comprar y vender antes de que otros tuvieran oportunidad de mirar la información.

La tecnología ha llegado a un punto en el que incluso las más pequeñas discrepancias pueden tener un costo enorme, llevándonos a una nueva era de medición de tiempo.

Los relojes más exactos pueden funcionar por más de 300 millones de años sin sobresaltos, y ese no es, ni con mucho, el límite. Esos señores del tiempo pueden influenciarlo todo, desde los mercados financieros hasta el GPS de tu automóvil. Incluso pueden permitirnos poner a prueba la sustancia del universo mismo.

Las mejoras en la medición del tiempo siempre han estado en el corazón del progreso de las sociedades, desde que dejamos de utilizar el movimiento del sol para llevar la cuenta.

La invención del reloj mecánico revolucionó la vida de mar, por ejemplo, ya que les permitió a los marineros estimar su longitud, avivando la era de los descubrimientos y el colonialismo. También estimuló avances en la astronomía, permitiendo que los astrónomos midieran el recorrido de los cuerpos celestes con mayor precisión.

Sin embargo, incluso los mejores relojes mecánicos palidecerían frente a los estándares de hoy.

Uno de los relojes atómicos más precisos se encuentra en el National Physical Laboratory de Teddington, Inglaterra. Pierde cerca de un segundo cada 138 millones de años.

El año pasado fue relegado al segundo lugar por un reloj del National Institute of Standards and Technology de Boulder, en Colorado (EEUU), que pierde apenas un segundo cada 300 millones de años.