Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 07 de diciembre de 2019
  • Actualizado 13:19

Enrique Suaznábar, testigo silente de la fotografía boliviana

Fue testigo de dos siglos de avance tecnológico y se adaptó a cada cambio que sufrió su área de trabajo, pero nunca perdió su esencia artística que deja como legado en al actualidad.
Enrique Suaznábar, testigo silente de la fotografía boliviana


Nuestro país es un lugar que poco a poco pierde su memoria. Si bien en él se han producido miles de fotografías desde mediados del siglo XIX, paradójicamente hoy conocemos muy poco sobre ellas, pues como es muy común en nuestra sociedad, el desarrollo y la práctica de casi todos los oficios han crecido sin ninguna rigurosidad sobre el método y, con el transcurso de los años, se han perdido muchos detalles importantes para la construcción y reconstrucción de un conocimiento histórico y científico de los mismos.

La fotografía, que en su nacimiento sirvió como un testimonio latente de la vida y sus acontecimientos, guardando sobre un papel la memoria de los mismos, es hoy por hoy una de las áreas con menos avances en su desarro-llo en el país. Los estudios realizados hasta ahora son escasos, pero significativos, pues queda establecido que hay gente que trabaja para evitar que aquello que se encuentra encapsulado detrás de las imágenes no desaparezca, porque al igual que el valor que poseen ellas, el mundo que permitió su nacimiento es importante para la memoria de Bolivia.

Sabemos, por ejemplo, que las primeras noticias sobre la llegada de la fotografía datan de 1840 y que un poco más tarde, con el presidente Tomás Frías, se habrían introducido los daguerrotipos en el país. Sabemos también que a partir de entonces, y por la importancia de nuestra economía a través de la producción minera, concurrirían sobre estas latitudes fotógrafos desde distintos confines del mundo, dejando como testimonio de su paso valiosas e impresionantes piezas fotográficas de la historia mundial.

Gracias al trabajo de Pedro Querejazu, Fernando Suárez, Santusa Marca y Fabrizio Cazorla, entre algunos otros, conocemos que la fotografía en Bolivia es una rica vertiente histórica que ha atestiguado los momen- tos más importantes de su proceso natural, pero de los autores materiales de estos testimonios, la verdad sabemos muy poco, razón por la cual consideramos más que urgente e importante indagar en la recolección de fuentes directas de este proceso.

Aquella mañana de sábado, en mayo de los corrientes fuimos tras el rastro de uno de los últimos fotógrafos bolivianos que ha formado parte de una vieja camada de autores que tuvieron la necesidad de trabajar sobre distintos formatos y soportes fotográficos.

Triste fue la realidad al ver que su viejo y querido estudio, ocupado y trabajado a diario por más de 75 años estaba siendo derrumbado para dar paso a otro insípido y frío edificio que recortaría las luces de la vieja calle Junín en la ciudad de Oruro.

En uno de los restos de las ventanas de la fachada principal todavía quedaba la vieja insignia de la marca belga Gevaert, y por la cual mucha gente reconocía al nonagenario fotógrafo orureño.

Una a una salían las carretillas de escombros mientras sentíamos cómo en cada viaje se arrancaban los viejos recuerdos de la casa que fotografió incontables generaciones de orureños y bolivianos en una de las ciudades más prósperas del país durante el auge de la minería del estaño. Ese día nos fuimos muy tristes.

Luego de un tiempo, volvimos a la carga y esta vez corrimos con un poco más de suerte, pues don Enrique Suaznábar Ochoa nos permitió llegar a él en su nuevo hogar. Realmente un logro para nuestro trabajo, ya que en toda su vida él nunca ofreció una entrevista a nadie, razón por demás para llenarnos de orgullo al compartir este pequeño avance sobre su obra.



GEVAERT: SEMBLANTE Y ESTAMPA

DE UN SOBREVIVIENTE

Hijo de Tomás Suaznábar Echeverría y Josefina Ochoa Blacutt, don Enrique nació en la ciudad de Oruro el 30 de agosto de 1927 y tiene 92 años de vida.

A sus cortos 16 años, Enrique recibe la influencia del retratista Arturo Estela Pérez, quien lo convence de dejar su vida laboral a cargo de una máquina de corte de cuero para la elaboración de zapatos. Además, gracias a él luego tendría la oportunidad de conocer a don Teodoro Borghese, fotógrafo peruano, con quien Estela Pérez trabajaba desde hacía mucho tiempo solicitándole la elaboración de fotografías que luego él coloreaba al óleo.

La intención del pintor era más que evidente, quería que el joven aprenda fotografía para que sea su nuevo ayudante de trabajo. Bastó solo una semana para poner a andar el talento de Enrique, que con perspicacia y naturalidad ganó mucho terreno con el maestro peruano, tanto así que lo sumaría de manera directa a su staff de trabajo en el estudio La Parisienne.

Este estudio fotográfico, ubicado sobre la calle Presidente Montes y Junín durante los años 40, tenía como fuerte competencia a la renombrada Casa Kavlin, también ubicada sobre la misma cuadra y acera, que además era la distribuidora de todos los productos Kodak en Bolivia.

A tan solo unos días de iniciado su trabajo en La Parisienne, habiendo el dueño notado la perspicacia del joven Enrique, este le enseñó las nociones básicas del manejo de la cámara fotográfica, dándose cuenta que existía en el joven un talento innato para el trabajo de estudio, tanto para la toma de la imagen como también para las etapas posteriores al proceso de exposición, dando como resultado el despido del antiguo fotógrafo y retocador de apellido Del Carpio, y quedando en el equipo de trabajo solo el maestro Borghese, su esposa y él, a partir de ese momento.

Luego de casi dos años de trabajo en el estudio, haciendo y aprendiendo de casi todas las labores del proceso fotográfico, Suaznabar no pierde el tiempo al producir trabajos de manera independiente y en su casa, convirtiendo pequeñas cajas de madera en ampliadoras y una que otra humilde cámara en material para el copiado fotográfico, a manera de ampliadora casera, hasta ganar experiencia en las lides y preparándose poco a poco para soltar vuelo.

Su querido maestro, tuvo mucho que ver, pues tanto la preparación de los químicos para el trabajo en vidrio, película y papel se hacían al cálculo, al igual que las copias que se elaboraban por contacto directo, y por quien también aprendió a positivar piezas

viradas al sepia, otorgándole mucha distinción al trabajo que ofrecían pues eran los únicos en toda la ciudad con una oferta artística y variada para la época. Fueron tiempos de mucha bonanza para ambos.

Poco a poco Enrique se hizo más independiente. Las técnicas obtenidas de Arturo Estela Pérez, más todo el mundo de conocimientos obtenidos por el maestro Borghese, lograron en él un joven fotógrafo capaz de levantar vuelo propio, aunque su independencia no fue del todo plena pues el suministro de materiales todavía quedaba conectada a La Parisienne, toda vez que al formar parte de la competencia, Kavlin no le vendía ma- terial para trabajar, y por lo cual Gevaert terminó siendo la esencia de su historia de independencia.

Cerca del año 1945, sobre la calle 6 de octubre, entre Adolfo Mier y Bolívar, Enrique decide independizarse alquilando un pequeño espacio para montar su propio estudio. Gevaert, que formó parte de su acceso sin restricciones al material se convirtió en su marca, y por la cual mandó hacer un pequeño letrero de metal.

Una vez montado el pequeño espacio, y con el orgullo de sentir la libertad entre sus manos, Enrique envía una foto del pequeño letrero hasta la fábrica de Gevaert en Amberes, Bélgica.

Grande fue su sorpresa porque un mes después recibió un letrero de neón enviado exclusivamente para el nuevo estudio que nacía a la vida fotográfica de Oruro. Fue la consumación de un amor para toda la vida. Desde entonces, Enrique Suaznábar es la imagen humanizada de Gevaert en Bolivia, y en ese momento se había consumado pues la ansiada libertad, al punto de haberse fundido en una historia de fotografía que lo acompañaría toda su vida.

“Cómo está don ‘Gevert’ (sic.), solían decirme. Incluso esa marca terminó siendo mi nombre para muchos…”, recuerda con mucha gracia el maestro.

Fue tan importante esta relación, que en 1966 la fábrica de los productos Gevaert, ubicada en Amberes, Bélgica, hace extensiva una invitación directa para Enrique Suaznábar, con el objetivo de llevarlo personalmente a su sede, junto a un selecto grupo de fotógrafos del mundo, con el afán de capacitarlos en el trabajo de una nueva línea de productos y de insumos que llegarían al mercado orureño de la mano de nuestro ilustre documentalista: el color y sus procesos físicos y químicos.

El viaje duró más de un mes y entre bramamina para los mareos diarios y anécdotas de fotografía dentro del barco que lo llevaría hasta Europa, don Enrique conoció de fuente directa la importancia de la capacitación técnica en fotografía. Este capítulo de su vida lo hace quizá uno de los pocos fotógrafos bolivianos, sino el único de su época, que fue letrado y preparado para tales efectos, redimensionando y replanteando así toda la obra producida hasta entonces.

A su vuelta de Bélgica, y con cursos de especialidad en manejo de película y papeles para procesos de color, así como una redefinición de su producto en blanco y negro, sus formas de trabajo y de mirar se potenciaron exponencialmente. Equipos de última tecnología para laboratorio, cámaras de alta gama, así como un conocimiento fresco y renovador, convertirían el humilde estudio Gevaert en una de las potencias fotográficas de la ciudad y del país, desde 1967 hasta hace poco menos de un año atrás.



ENRIQUE SUAZNÁBAR, EL SILENTE

Desde 1945 hasta el 2018, Enrique Suaznábar fotografió utilizando casi todos los formatos habidos desde antes de su generación, hasta hoy, que utiliza una pequeña cámara digital que todavía le permite trabajar, incluso dada su avanzada edad.

Es un fotógrafo fuera de serie, pues en su historia se acurrucan casi dos siglos de historia química y fotográfica; es el último de una raza de fotógrafos que pueden ser considerados maestros, pues solo necesi-tan la luz para atestiguar su paso por el mundo y quizá uno de los pocos que tuvo la oportunidad de vivir varias generaciones tecnológicas.

Placas de vidrio, placas en acetato, película 127 mm, 120 mm y luego el 35 mm en negativo y diapositiva, pasando por microfilmes, papel y todo lo que estuvo a su alcance fue motivo de experimentación y trabajo. El archivo que hoy se encuentra en sus manos es una fuente inagotable de registro social, cultural y económico del país, además de constituirse en historia viva de la fotografía de Bolivia y por el que todavía tenemos la oportunidad de recibir el conocimiento de primera fuente.

Valga pues la oportunidad para rendirle un humilde homenaje al testigo del tiempo y de la fotografía en sus más diversas facetas, aquel humilde fotógrafo que trabajó durante una vida entera, sobrellevando revoluciones nacionales, dictaduras y todo lo que pudo pasarle a este viejo país que le debe mucho, pues en su silente figura se resguarda un material visual que habla por él y por todos, en el profundo espíritu de su fotografía de más de 92 años de vida.

¡Gloria en vida al maestro Enrique Suaznábar Ochoa, que en silencio y con mucha capacidad, le entregó la vida entera al trabajo de la documentación de las vidas, los rostros y las imágenes de todo el país! ¡Larga vida y memoria al Estudio Gevaert de la calle Junín!