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  • Diario Digital | martes, 25 de enero de 2022
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JULIETA MONTAÑO SALVATIERRA

El coraje de una mujer boliviana

El coraje de una mujer boliviana



Reconocimiento. La activista y defensora de los derechos humanos de Bolivia, Julieta Montaño, recibió el Premio Mujeres de Coraje, otorgado por la Secretaría de Estado de EEUU.

Han pasado 42 años desde aquel día en el cual Julieta Montaño, entre lágrimas y sollozos, tomaba el juramento de abogada frente a su tribunal y sus familiares más queridos.

Y mientras las lágrimas recorrían su rostro, diferentes escenas de su vida pasaban por su mente, ¿cuántos desvelos?, ¿cuántas ausencias como madre? y ¿cuánto sacrificio le costó culminar la carrera?

Fue ahí, frente al rostro infantil de sus tres hijos que ella prometió que jamás en su vida pondría su título en función de dañar a alguien, de despojar de los bienes o contemplar la injusticia sin hacer algo. Y hasta ahora Montaño cree haber sido fiel a este juramento.

Una trayectoria de esfuerzo que fue reconocida hace poco más de un mes, cuando la abogada, feminista y activista de derechos humanos recibió en Washington el Premio Internacional “Mujeres de Coraje”.

Un galardón que es otorgado por el Secretario de Estado de EEUU a 10 mujeres sobreasalientes del mundo; este año fue entregado por la primera dama estadounidense Michelle Obama.

Un premio que tiene la finalidad de reconocer la labor de servicio que desarrollan algunas mujeres en sus países. En este sentido, este siete de mayo la Embajada Boliviana realizará un acto especial en La Paz para distinguirla nuevamente en la tierra que la vio nacer y donde ella luchó y enfrentó todo tipo de vicisitudes por defender los derechos humanos.

Detrás de una carrera éxitosa y de premios y reconocimientos, nacionales e internacionales, hay una historia de vida que se fue tejiendo con tropiezos, caídas y triunfos. ¿Quién es Julieta Montaño?, ¿cuál es su historia?

CUNA DE LA LUCHADORA 

Rosa Julieta Montaño Salvatierra nació en Quillacollo un 16 de agosto de 1946, irónicamente en una zona denominada “Warmi Rancho” (Rancho de las mujeres).

Julieta fue la tercera hija de Juan Constantino Montaño y de Cirila Salvatierra; por lo tanto una niña llena de mimos y protección; pero también era testigo de la violencia doméstica y perjuicios que existía entre los habitantes de la zona. Esta situación fue despertando su sentido de justicia, equidad e igualdad de género.

“Desde chica me irritaban las discusiones y gracias a mi carácter logré ganar autoridad con mi padre y cuando discutía o peleaba con mi mamá mis hermanos me despertaban para que salga en su defensa”, asegura Julieta Montaño.

Según sus recuerdos su padre le decía “callete abogadita”, como vaticiando el futuro de su hija.

Pero su felicidad terminó a los 10 años cuando falleció su padre. Tuvo que comenzar a colaborar en algunas tareas de hogar, mientras su madre y hermanos luchaban por mantener la casa.



FORMACIÓN Y PERSEVERANCIA

Montaño contó con el apoyo de su familia para ingresar al colegio. Cursó la primaria en la Escuela Heroínas de Quillacollo y comenzó la secundaria en el Liceo de Señoritas América; pero obligada por las circunstancias se cambió de establecimiento y egresó del Colegio Calama, que en ese momento era exclusivo para varones.

“Mi actitud causó todo un revuelo, hasta citaron a mi mamá a la subprefectura de Quillacollo para obligarla a que vuelva al liceo de señoritas; pero, me permitieron tomar mi decisión y apoyada por el director del Calama, Lucio Hinojosa, -un hombre de mucha avanzada para su época-, dijo que yo tenía el derecho de estar allá y fue así como me quedé”, recuerda Julieta.

Durante ese periodo asegura que nunca se sintió discriminada o acosada, puesto que a sus compañeros les pareció interesante contar con una compañera. “Nunca recibí una insinuación por mi constitución de mujer. Yo era uno más de la pandilla”, recuerda.

Ahora Montaño reflexiona sobre el paso del tiempo y los cambios en la sociedad; puesto que ahora no hay ese respeto, cariño y protección hacia las mujeres o las compañeras.

Al culminar su formación académica en el colegio, Julieta Montaño decidió apostar por la profesionalización, estaba entre agronomía y la abogacía, pero todo lo definió el examen de actitud vocacional.

Durante ese periodo su vida no fue tan fácil, puesto que su madre no podía costear sus estudios. “Por suerte la edad nos hace pensar que las cosas son fáciles y con 18 años me matriculé”, afirma Montaño.

Ya el destino se encargó de colocar personas claves en su camino. “Primero, mi hermano me pagó la matrícula de admisión y luego un ex terrateniente que me conocía desde niña y que trabajaba como secretario en la universidad me ayudó a obtener una beca simbólica de 100 bolivianos mensuales, y también me dieron acceso al comedor universitario y una amiga me ofreció un cuarto en su casa, frente a la universidad, mientras yo ayudaba con las tareas del hogar”, señala Julieta Montaño.

La suerte también le volvió a sonreír cuando un amigo de su hermano, Jaime Céspedes, que cursaba el segundo año de la carrera, le pasaba los fotocopiados. Pero la vida, en su curso natural, hizo que ella se casara y procreara tres hijos varones: Julián Willy, Ernesto, Inti Ramiro, quienes eran su motor para terminar la carrera.

“Me casé con mi novio de adolescencia y al convertirme en madre las cosas se pusieron más difíciles”, recuerda, pero aun así terminó su formación académica.

“Defendí mi examen de grado, cuando la universidad había sido tomada por la dictadura y también tuve que pelear porque me retrasaban la fecha, pero al final obtuve mi título; ese momento fue muy especial, en medio de mi llanto decidí que pondría todo mi conocimiento en favor de los desvalidos.

Lucha por los derechos

Apenas Julieta había instalado su bufet le llamó el juez Arturo Arnez y le propuso ser abogado de reo pobre. Esta oportunidad la llevaría a involucrarse con la otra realidad.

“Los ricos tienen plata suficiente para contratar el abogado que quieran, pero los que no solo pueden ir donde un abogado de pobres; y si además de ello eres un ‘pobre abogado’ los reos están perdidos”, afirma Montaño.

Entonces ella se esforzó más y dedicaba más del 60 por ciento de su tiempo al trabajo gratuito y así lo hizo por siete años. Durante ese periodo es que se enteró y comprobó las abusos que se estaban cometiendo con los presos políticos.

Es así que durante una asamblea en la universidad, donde se estaba impulsando la conformación de la Asamblea de los Derechos Humanos, Julieta Montaño se brindó para ser la figura legal de la Asamblea.

“Los derechos humanos no son una política partidaria, pero son un posicionamiento político en la sociedad. Este representante debe plantarse frente al poder, no importa su color partidario, porque es el poder es el que viola los derechos humanos”, señala la abogada.

De ahí hasta ahora Montaño está a la defensa de los derechos humanos, ya son 40 años de intensa actividad.

Momentos tensión

La decisión de asumir la cartera de Defensora de Derechos Humanos la llevó a enfrentar momento personales muy difíciles, como aquella primera vez que fue llevada presa, como consecuencia de la huelga de hambre que realizó durante el golpe de Estado de Busch, un piquete que se formó en defensa de la violación a los derechos humanos.

“Me apresaron con mi recién nacida en brazos y ahí me di cuenta de las posibles implicaciones que podían tener mis actos. Estoy consciente de que tuve mucha suerte, porque cuando yo entraba a las dependencias policiales me encontré con el coronel de Policía Hugo Tapia Frontanilla, quien me tuvo bajo su responsabilidad en su oficina, situación por lo que siempre le guardaré eterna gratitud”, relata Montaño.

Luego de tres días llegó la orden desde La Paz quitándole ese privilegio y la trasladaron a otro espacio, donde estaban detenidas mujeres en situación de prostitución. Éstas se convirtieron en sus guardianas, ya que nadie que no fuera un policía conocido podía acercarse a la doctora.

De aquellos ingratos recuerdos, Julieta rescata un episodio muy especial que la marcó, “solicité ir al baño y me llevaron al de los presos comunes, este lugar apestaba tanto que los malos olores se sentían hasta la calle y cuando pasaba escoltada y enmanillada por esos pasillos, los presos me reconocieron y comenzaron a sacar las manos por lo barrotes y demostraron su indignación con gritos e insultos. Al final de esa tarde una manzana envuelta en papel llegó a mis manos, un regalo especial de uno de los prontuariados”.

Esa es una de las gratitudes más grandes que conserva y que para ella tiene mucho peso, pues asegura que nada se compara, ni todo el dinero del mundo, con ese desprendimiento.

Luego de meses de disfrutar nuevamente de su libertad Julieta Montaño fue invitada por las Naciones Unidas a la Conferencia Mundial de la Mujer en Copenhague y es durante esos días que se dio el golpe de Estado de García Meza; ella no pudo volver al país hasta seis meses después. “Volví clandestinamente a principios de 1981, pero al saber de mi ubicación los militares se entraron a mi casa y me secuestraron con mi niña en mis brazos”, recuerda la activista.

En esta oportunidad su niña, Wara Julieta, tenía dos años y medio. Nuevamente la suerte le sonreía ya que uno de sus antiguos defendidos estaba entre los que la apresaron y fue él quien secretamente le garantizó la integridad de ambas y además avisar a su familia acerca de su ubicación.

“Luego de una semana dentro la ambulancia me llevaron al interrogatorio. Era un ambiente frío, donde apenas se podía ver los turriles y los cables en el piso. Sentía miedo por la integridad de mi hija. Allí me pusieron una capucha y para que mi niña deje de llorar tuve que decirle una mentira; por suerte ella se durmió y no despertó, ni con los gritos, ni los insultos”, relata la abogada.

Luego de 10 días de secuestro fue trasladada a otro recinto, ya por entonces su niña fue entregada a su madre. Al no encontrar pruebas en su contra la dejaron libre, pero debía cumplir arresto domiciliario las 24 horas del día.

“Querían sacarme del país pero me resistí y les dije que una vez fuera del país no me quedaría callada. Por eso prefirieron tenerme controlada acá”. En ese tiempo empezaron las amenazas de muerte a través de mensajes y las llamadas telefónicas, pero Montaño seguía luchando hasta que retornó la democracia y cayó el gobierno de García Meza. “Sentí mucha alegría y alivio; había llegado la democracia, pero no a las relaciones entre hombres y mujeres”, dice la defensora de los derechos humanos.

LUCHA POR LAS MUJERES

Las relaciones de mujeres y hombres eran muy duras, así que comencé a dedicarme con exclusividad a la defensa de los derechos de las mujeres. En el año 1984 abre las puertas de la Oficina Jurídica para la Mujer de barrios marginales, con el apoyo de la organización de Pan para el mundo a la cabeza de Jurgüen Stank.

“Éramos tres personas que trabajábamos arduamente y poco a poco se fue ampliando el servicio jurídico y tareas de promoción de derechos humanos”, afirma la abogada.

A medida que este grupo jurídico crecía los hombres comenzaron a sentirse amenazados. 

“Éramos mujeres que ayudábamos a otras y por eso recibíamos insultos y sobrenombres como ‘marimachos’, ‘lesbianas’ y otros peyorativos, pero no duraron mucho, gracias al apoyo de la prensa y de las mujeres que respaldaron nuestra labor y la sociedad que entendió que este era un espacio que estaba buscando mejoramiento de condiciones de vida de la mujer”.

Esta es una síntesis de vida de una mujer que dedicó su vida a la defensa de los derechos humanos, en especial al de la mujer.

Un trabajo que fue reconocido a nivel mundial y que ella recibe con humildad y además con la conciencia de haber trabajado en búsqueda de cumplir aquella promesa que se marcó en ella como segunda piel.