Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 30 de noviembre de 2020
  • Actualizado 03:41

Entre Ríos es el más letal; la gente oculta los síntomas y busca ayuda tarde

“COVID-19” era una palabra prohibida e infectarse significaba pertenecer al “gobierno golpista de Jeanine Áñez”. Muchos ocultaron los síntomas.
Una persona adulta mayor se recupera de la enfermedad en Shinahota. Consuelo Montaño
Una persona adulta mayor se recupera de la enfermedad en Shinahota. Consuelo Montaño
Entre Ríos es el más letal; la gente oculta los síntomas y busca ayuda tarde

El Trópico de Cochabamba fue golpeado por la pandemia. De los cinco municipios de esa región, Entre Ríos se llevó la peor parte, convirtiéndose en la zona con mayor letalidad del departamento.

La región tropical comprende también Villa Tunari, Shinahota, Chimoré y Puerto Villarroel.

Hubo coincidencia en el comportamiento de la población frente a la aparición de la pandemia: la gente no creyó que exista el virus de la COVID-19 y aseguró que era un “invento” de la “autoproclamada” Jeanine Áñez, de Demócratas, grupo político opositor al Movimiento Al Socialismo, MAS.

El 17 de junio, el alcalde de Entre Ríos –municipio de la provincia José Carrasco-, Aurelio Rojas, falleció tras permanecer más de una semana en terapia intensiva en un hospital privado de Cochabamba, afectado por la COVID-19.

En el municipio saben de esa muerte, pero prefieren pensar que Rojas está de viaje.

El director del Servicio Departamental de Salud (SEDES), Yercin Mamani, identificó a Entre Ríos como el municipio con mayor tasa de letalidad en el departamento. “No se creía en la enfermedad, las personas ocultaban sus síntomas y reaccionaban cuando ya era tarde. Entre Ríos y Bulo Bulo son los lugares con mayor cantidad de fallecidos en los meses de mayo y junio”.

La realidad de los cinco municipios es similar por sus características culturales, sociales, ambientales y políticas. El miedo se apoderó de la población que creía que ir a un hospital o a un centro de aislamiento era muerte segura, que saldrían “embolsados” y directo al horno crematorio; el personal médico también tuvo temor al saber del colapso en los centros hospitalarios de la ciudad.

Mayo y junio fueron los meses pico de la pandemia. Crecieron los contagios, colapsaron los centros de salud y hospitales. A esto se sumó la falta de infraestructura, equipamiento, insumos y material de bioseguridad, mientras la población se negaba a seguir el protocolo establecido como el uso del barbijo, distanciamiento físico, lavado de manos y uso de alcohol en gel. El malestar se volcó contra médicos y enfermeras a quienes llamaban “vendidos al gobierno golpista”.

La enfermedad estaba vetada por los movimientos sociales, como prohibido era hablar libremente y menos experimentar los síntomas. Un silencio cómplice se paseaba entre el miedo, la ignorancia y la desesperación dejando a su paso incertidumbre y dolor en las familias.

De acuerdo a datos de centros hospitalarios, en el Trópico de Cochabamba los adultos mayores son los más afectados por el virus, quienes además ya tienen enfermedades de base. La diabetes, hipertensión arterial, obesidad, tuberculosis, entre otras, son más frecuentes y asociadas con la COVID-19 se vuelven mortales.

ENTRE RÍOS

“No hay peor ciego que el que no quiere ver” es una expresión que calza a Entre Ríos, un municipio de la provincia José Carrasco, con 7.347 habitantes.

El director del centro de salud, Iberth Jailla, contó que el Ministerio de Salud, SEDES y coordinadores de Redes les instruyeron preparar un plan de acción para afrontar la pandemia, tras la explosión de los casos. Pero fue difícil abordar a la gente que mantenía bloqueos en contra del Gobierno de Áñez. En protesta, incluso, no acataron la cuarentena rígida declarada desde el 22 de marzo.

Los casos se elevaron en abril y mayo provenientes de Santa Cruz, cercano a Entre Ríos. El transporte y el comercio seguían propagando la enfermedad en total desacato a cumplir medidas de bioseguridad por instrucciones de sus líderes de organizaciones.

Todo se convirtió en un caos total para los servicios de salud. En un día hubo nueve muertos y el personal de salud de esa zona se contagió en un 80%.

Hasta el 9 de octubre se infectaron 430 personas de las cuales 42 murieron (10% de letalidad, más que la media del departamento) y se recuperaron 348.

El sector salud considera que el 90% de la población se infectó en medio de propaganda que llamaba a reuniones y dirigentes que instruían no acudir a los servicios de salud porque decían que en el centro de salud estaban “matando en vez de curar y dando medicamentos para que mueran”.

En Chimoré se dio el primer caso positivo

CHIMORÉ SIN PROTECCIÓN

En la localidad de Chimoré se presentó el primer caso de Cochabamba. El director del centro de salud, Freddy Ventura, explicó que la emergencia les impulsó al trabajo con el equipo médico, enfermeras y personal administrativo.

Se coordinó con el Comité de Infecciones Intrahospitalarias de Bioseguridad y Manejo de Residuos infecciosos que ya tenía experiencia en estrategias de contención.

Este trabajo, dijo Ventura, evitó mayores efectos. En Puerto Villarroel, el médico Vladimir Godoy impulsó el centro de aislamiento “Jampi Huasi”. Godoy considera que la pandemia ha dejado en descubierto las deficiencias del sistema de salud en el Trópico: sin ninguna cama de terapia intensiva, sin infectólogo, menos un médico internista, tampoco respiradores.

Hubo pacientes que fallecieron por no hallar espacio en hospitales públicos de la ciudad o porque no tenían recursos.

“Mi abuelito tenía Chagas, se contagió

con el virus, pero no creía en este mal”

Naira Alejandra Galarza perdió a su abuelo enfermo con Chagas. Se contagió con coronavirus, pero no se cuidó. Siendo carpintero atendía a sus clientes sin barbijo, hasta que su cuerpo empezó a sentir los primeros síntomas que llegaron como resfrío. Sintió dolor de cabeza y fiebre. Al día siguiente ya no caminaba bien se echó a la cama y ya no se levantó.

“Mi abuelo podía salvarse si lo llevábamos a tiempo al hospital, pero teníamos miedo y dudas porque creíamos que nos iban a devolver muerto y en una bolsa. Nos encerramos en la casa y no avisamos a nadie porque entonces se lo llevarían; su salud fue empeorando y buscamos un médico particular”.

“Murió y ahora sentimos que tenemos la culpa por no haber avisado antes. Al principio, él no reconocía que había el virus; cuando ya estaba mal, dijo: ‘denme lo que quieran, quiero sanarme’, pero ya era tarde”.