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  • Diario Digital | martes, 19 de octubre de 2021
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ERA CRUEL CON SU DETRACTORES Y ADMINISTRABA LOS INGRESOS DEL PENAL. SALÍA DE LA PRISIÓN CUANTAS VECES QUERÍA

El Tancara, un delincuente temerario al mando de El Abra

El Tancara, un delincuente temerario al mando de El Abra

Imagen de Edgar Ariel Tancara en El Abra y que fue subida al Facebook. ARCHIVO



Ni siquiera el sistema carcelario pudo controlar a Edgar Ariel Tancara Sandagorda, uno de los delincuentes más temidos y peligrosos del país. Era un hombre grande y robusto, vengativo, cruel y poderoso, no solo en el mundo del hampa, sino también en las cárceles en las que estuvo encerrado, desde donde seguía operando a través de sus cómplices.

Édgar Tancara  fue cabecilla de varios grupos delincuenciales y tenía un frondoso prontuario policial por 22 delitos de robos agravados a librecambistas, tentativas de homicidios, el secuestro de un niño de 12 años, el robo de 102.000 bolivianos de una caja del Banco Ganadero en la Udabol y  la quema de un guardia, en una empresa de helados. 

El 6 de mayo de 2006 fue detenido en El Alto en un alojamiento frente a la entidad financiera Prodem, en posesión de armas avanzadas y con proyectiles que estallan dentro del cuerpo humano, visores. Por la cantidad de delitos cometidos en Cochabamba, fue trasladado a El Abra. En ese tiempo, el delegado del penal El Abra era Ronald Alcaraz, un hombre que era cinta negra en artes marciales y que estaba recluido por el asesinato de la niña Kelly Herbas. 

Alcaraz, como delegado, administraba todos los ingresos económicos de esta cárcel, que eran cuantiosos. El Tancara, que ya era procesado penalmente por un robo agravado que cometió en 2002, entendió que iba a quedarse en la cárcel por un buen tiempo y quiso convertirse en el nuevo administrador de los recursos de El Abra. Deshacerse de Alcaraz no iba a ser fácil. Por ello, según fuentes de internos del mismo penal, acudieron a la mano derecha de Alcaraz y le ofrecieron dinero para que él le de un mate con algún fármaco para dormirlo. 

El 24 de diciembre de 2007, cuando Alcaraz volvió de comprar juguetes para los hijos de los reclusos, su hombre de confianza le ofreció el mate y éste se acostó en su cuarto, dopado. Entonces, según las mismas fuentes, Edgar Ariel Tancara, Richard Cáceres y Jason El Bicho, entraron a la habitación y asesinaron a Ronald Alcaraz.

 Al igual que ocurrió ayer en la madrugada, y como solo pasa en el sistema carcelario boliviano, los internos no dejaban entrar a los policías mientras los asesinos borraban todas sus huellas en la habitación de Alcaraz. Cuando la Policía ingresó, no pudo hallar evidencias y el crimen quedó impune.

Tancara quedó al mando de la cárcel de El Abra desde entonces. Fue sentenciado a cinco años de cárcel por uno de sus 22 procesos. Empezó a cumplir su condena en octubre de 2009.

 IRREGULARIDADES Un secreto a voces era que El Tancara salía del penal cuando él lo deseaba. En dos ocasiones fue sorprendido in fraganti. La primera fue en 2011. Fue hallado en la avenida Petrolera, cuando volvía del Valle Alto con dos custodios policiales vestidos de civil. El Tancara tenía aliento alcohólico, estaba a bordo de un vehículo con placas falsas y armas de fuego. Se presume que volvían de cometer un atraco. Entonces, para justificar su salida del penal exhibió un permiso para una consulta médica otorgado por la juez de Ejecución Penal Yolanda Ramírez. 

Luego de semejante hallazgo, los permisos de salida deberían haber sido suspendidos para El Tancara y debió dejar de ser delegado, pero no fue así. El 25 de mayo de 2014, El Tancara fue nuevamente sorprendido en una salida. Esta vez, en un local de la avenida América y Potosí, también junto a sus tres custodios.  También contaba con un permiso para participar de una feria en la plaza Colón expedido, también, por la juez Yolanda Ramírez.

Este diario conoce que en octubre de 2014, Tancara iba a salir en libertad porque su sentencia, de cinco años de reclusión, estaba a punto de ser cumplida.

Mientras estuvo en El Abra, Ariel Tancara tenía doble vida. Delante de las cámaras de televisión asumía un rol de “delegado tranquilo” que luchaba por darle al penal de máxima seguridad en Cochabamba la imagen de un recinto carcelario modelo. Pero El Abra está lejos de ser una cárcel modelo.

 

CORRUPCIÓN En El Abra se mueven miles de bolivianos. Allí todo tiene su precio. Los ingresos tienen varias vetas. Se cobra, en primera instancia, por el derecho de vida a todos los internos nuevos. Cada recluso tiene que pagar entre 300 y 500 dólares por el derecho a no ser asesinado. También se paga por las celdas, por el derecho de tener celular, laptops, internet. 

El delegado y su camarilla también obtenían ingresos económicos de las cabinas telefónicas, del ingreso de drogas, de alcohol, mujeres y de armas. Allí los policías no mandan. Quien  manda, en realidad, es el delegado. Era El Tancara. De ahora en adelante, será quien le haya arrebatado el poder.

 

LO QUE HAY QUE INVESTIGAR Una hipótesis de lo ocurrido en El Abra hace unas horas, es que El Tancara pretendía continuar al mando del penal, a través de su grupo, pese a que su libertad estaba cerca. Otros ambiciosos grupos, que conocen de las grandes cantidades de dinero que se mueven en esta cárcel y del poder que tienen, desde allí,  sobre  varios grupos del hampa, se enfrentaron con el fin de quitarle el poder a El Tancara. 

Una hipótesis que no tiene asidero es que las armas que fueron usadas en esta reyerta, entre internos, hayan sido arrojadas desde afuera del penal. Entre el muro y la malla olímpica existen al menos 25 metros, distancia que hace imposible que las armas las hayan arrojado. Se cree que ya estaban adentro. Se sabe que  las armas utilizadas son calibre 9, 38 y hallaron una escopeta de aire comprimido.



No existen derechos humanos

En El Abra se violan los derechos humanos universales, todos los días, frente al silencio cómplice de policías que no hacen ni dicen nada. Hubo varias denuncias de torturas organizadas por El Tancara que la Policía y la Fiscalía jamás investigaron. En una audiencia de juicio de un delincuente, el procesado lloró pidiéndole al juez que no lo envíe a El Abra porque El Tancara lo obligaba a dormir con sus pies sumergidos en lavandina. El reo se sacó los zapatos en plena audiencia y exhibió sus plantas completamente destrozadas y llenas de llagas a causa del tóxico líquido. El juez le ordenó que se pusiera los zapatos e ignoró el clamor del interno. La venganza de El Tancara, a su retorno, fue mayor. 

El Tancara creía que había diferencia entre los delincuentes. Decía que no soportaba a los violadores. Y, cuando ellos ingresaban  a ese penal, ordenaba que los sodomicen con diversos objetos por un mes, amenazándolos de muerte si hablaban.