Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 15 de agosto de 2020
  • Actualizado 01:25

Trabajo sin sueldo: cuando el coraje tapa los baches de la política

Voluntarios ciudadanos, pediatras, psicólogos, nutricionistas y estudiantes decidieron no cobrar un centavo por empatía. Libran la guerra más dura. Atienden gratis, dan medicamentos y visitan asilos.
Algunos integrantes de Cochavoluntaria, grupo esencial en el rastrillaje en el valle.Cortesía
Algunos integrantes de Cochavoluntaria, grupo esencial en el rastrillaje en el valle.Cortesía
Trabajo sin sueldo: cuando el coraje tapa los baches de la política

Mientras algunos eligen encasillarse en su zona de confort, en aquella que les genera la sensación de seguridad ante la crisis pandémica, hay otros que, aun con la sombra del temor marcando sus pasos, optan por cruzar la trinchera y salir al campo de guerra con el coraje y el amor como únicas armas.

El miedo es natural. Todos lo sentimos. Sin embargo, están quienes trepan el muro y se animan a divisar la esperanza a través de la acción. Para ellos, no existe alternativa. En un momento en el que las miserias y egoísmos humanos han saltado a la escena, en contrapartida y por fortuna también lo han hecho la solidaridad y el coraje. 

Parte del equipo de Ángeles contra el COVID. Cortesía

Parte del equipo de Ángeles contra el COVID. Cortesía

Es aquí donde toma fuerza el concepto del voluntariado en Bolivia, tan bastardeado desde siempre. Estos grupos -que se mueven sin la intención de percibir ganancias- encaran la misión de descomprimir la crisis. Desde sus lugares y sus posibilidades, claro está.

Algunos lo vienen haciendo con la bata blanca, atendiendo en predios o galpones prestados que a estas horas emulan ser centros hospitalarios casi de segundo nivel. Allí no solo brindan asistencia médica, sino que también regalan medicamentos, alimentos y hasta abrigos. Los doctores generales, muchas veces, también deben hacer de psicólogos fugaces. No hay tiempo para formalidades. “Recuerdo que llegó una señora con sus dos niñas. La mujer falleció. No había familiares ni Defensoría que recogiera a las pequeñas. Tampoco, autoridades que buscaran el cadáver. Fue una situación terrible para las niñas”, señala la doctora Lorena Guamán, quien forma parte del grupo Ángeles contra el COVID, red que trabaja sin cobrarles un solo centavo a los pacientes de Cochabamba y Santa Cruz.

Otros ayudan desde su lugar de ciudadanos. Han resuelto integrar distintas agrupaciones con el propósito de servir al otro. Es el caso de, por ejemplo, Cochavoluntaria y Ayúdanos a Ayudar, entre otras.

“TENEMOS QUE SALIR” 

La psicóloga Jimena Ramírez, quien junto a la pediatra Evelin de Pardo comanda el equipo Déjame apoyarte, está convencida de que es ahora o nunca. “Estamos en una guerra y tenemos que salir porque está colapsando todo. Hay médicos y enfermeras dados de baja; clínicas y hospitales saturados. Es hora de que nos pongamos fuertes y tratemos de apoyar a la gente”, sugiere.

El grupo, en el que intervienen más de 30 especialistas (psicólogos, terapeutas, psiquiatras y religiosos), orienta vía WhatsApp gratuitamente y también lo hace de forma presencial. Lleva medicamentos y alimentos a los pacientes. “Tenemos nuestro centro de acopio. De ahí vamos dividiendo (lo recaudado) en los lugares que más necesitan”, relata Ramírez.

Los profesionales voluntarios se organizaron por brigadas. Algunas de ellas se encargan exclusivamente de juntar víveres y fármacos paraluego dejarlos en las casas de quienes merecen asistencia rápida.

Déjame apoyarte salió al rescate de los ancianos que se encuentran en el Hogar San José (este establecimiento se vio golpeado por el coronavirus y perdió a 10 abuelos), del circo que se sitúa en el kilómetro 8.5 de la avenida Blanco Galindo y comenzó una campaña para colaborar con el Hogar Santa Teresa de Jornet.

La labor voluntaria no surge de otro lado si no es del corazón. Así lo entiende Ramírez, quien reconoce, con una sonrisa de por medio, que dejó de lado acciones cotidianas como peinarse por su afán de seguir en la lucha desinteresada. “Hemos dejado nuestras vidas. Ando como bruja, sin peinarme. Todas las brigadas que tenemos están en la misma situación. Uno pierde el tiempo de uno mismo, pero es lindo devolverle a la vida un poco de lo que nos dio”, cuenta la licenciada, para luego anticipar que muy pronto estará disponible una aplicación que canalizará todas las inquietudes de los pacientes. Allí, cada especialista y terapeuta podrá contar con un número independiente. De momento, es Ramírez quien recibe y deriva las llamadas de acuerdo con las necesidades. La app permitirá que el trabajo sea más directo.

En la misma línea van los integrantes del proyecto Ángeles contra el COVID, una red que surgió en Santa Cruz y que se replicó en Cochabamba, con dos centros.

Lo que comenzó de forma improvisada en una escuela estatal, ahora se constituye en un espacio equipado que funciona con base en las donaciones de la sociedad. La doctora Lorena Guamán, una de las impulsoras de la red, describe que tuvieron que mudarse del colegio en el que empezaron luego de experimentar inconvenientes con el Servicio Departamental de Salud (SEDES). Después, el Comité Pro Santa Cruz facilitó su sede. De pronto, llegó la mano de un empresario, quien prestó un galpón. “Hoy en día parece un hospital de tercer nivel. Esto fue gracias a la ayuda de la población”, celebra la médica.

Actualmente, Ángeles contra el COVID, que también cuenta con voluntarios no profesionales de la salud, atiende alrededor de 420 personas por día solo en Santa Cruz. En Cochabamba, la asistencia alcanza a 150. La proyección es socorrer a más de 400 por jornada en los dos recintos instalados en el valle (uno de ellos, en Ushpa Ushpa). “Es un movimiento bonito porque todo se hizo con la solidaridad de la gente, el desprendimiento ciudadano”, cuenta Guamán.

LA SANGRE JOVEN, EN PRIMERA LÍNEA

Los profesiones de la salud no son los únicos que libran la batalla. También lo hacen otros actores con perfil bajo. Se trata de las agrupaciones ciudadanas con fuerte presencia de la juventud. Han estado siempre. Han luchado por distintas causas a través del tiempo. Y lo siguen haciendo. Pero esta vez, la frase en la bandera es otra: ser útiles en el momento de crisis sanitaria.

Diego Buendia tiene 24 años y es abogado. Junto a Sofía Rocha llevó adelante el proyecto Cochavoluntaria desde junio. Está muy satisfecho con las primeras tareas realizadas por el equipo en la pandemia. Una de ellas fue la del rastrillaje casa por casa. La agrupación ciudadana encontró respuesta en la Alcaldía de Cochabamba. A partir de allí comenzaron las labores. A partir de allí, la entrega de las brigadas.

Todo inició con la inquietud de Diego, que motivado por su deseo de actuar buscó personas que compartieran sus mismos ideales. Así dio con Sofía, su aliada en el plan.

“Rescato la predisposición de los voluntarios. Reunimos a 250 que estaban dispuestos a ayudar. Pondero la valentía que tuvieron al saber que debían utilizar un mameluco y máscara facial durante toda la mañana bajo el sol. Era una labor extenuante”.

Una de las conclusiones que celebra el abogado es el hecho de que se derribaran el prejuicio y el miedo insertados en las personas. Es más. Relata que las familias devolvían la visita con algún alimento.

La creación de ese grupo, al igual que sucede con otros en los que colabora Diego como Ayúdanos a ayudar y Covida, se estableció como un medio de canalización para aquellos que deseaban actuar y no sabían cómo hacerlo.

TAPANDO VACÍOS

Los voluntarios ciudadanos y profesionales de la salud trabajan como pequeños tapones que van llenando los agujeros ocasionados por las falencias en las políticas dirigidas desde las autoridades. Así lo entienden Diego y la doctora Guamán. “El voluntariado está pudiendo dar respuesta a esas necesidades y a muchas carencias que las autoriades no cubren. Es el voluntario el que se encuentra en primera línea”, sostiene el joven abogado.

“Esto es desprendido. Los voluntarios llegan (a sus casas) a las 19.00 o 20.00, después de atender en los centros, y van a las brigadas nocturnas hasta las 3:00 o 4:00. Ahora todo tiene que ser voluntariado porque las autoridades que deberían atender estos casos no lo hacen”, completa Guamán.

También el teletrabajo ha cobrado mayor valor en estos tiempos. El director del centro Anorexia Bulimia Bolivia, Santiago di Valda, señala que las labores a distancia, que allí son gratuitas una vez al mes, han crecido. “Antes no se valoraba mucho el tratamiento a distancia mediante la teleconsulta. Con las dificultades que hay, se maneja como opción”.

Dicha institución también sumó su aporte a través de terapias mensuales sin costo. Si bien la entidad se concentra en trastornos alimenticios, también asiste a personas que han manifestado ansiedad, depresión o alguna adicción. No solo intervienen psicólogos. Se compactó un equipo multidisciplinario integrado por nutricionistas, médicos y psiquiatras, entre otros.

“MUEREN MIENTRAS NOS HABLAN”

La médica Andrea Badani, pediatra endocrinóloga parte de la Red Médica Solidaria, lamenta que los decesos estén vinculados con las experiencias frecuentes que tanto ella como el resto de los doctores que integran la lista (son más de 70) enfrentan cuando brindan asistencia por WhatsApp.

Los galenos se organizaron para atender un día a la semana. La alternancia les permitirá estar enteros. Inicialmente, el plan era coadyuvar para “evitar el colapso en hospitales”. Sin embargo, lo programado se desbarató frente al contexto crítico. “Hubo llamadas de gente que fallecía mientras nos hablaba”.

Colapsado el sistema sanitario, los médicos cambiaron la ruta de lo planificado y salieron.

Al igual que Déjame apoyarte, ellos han acudido a asilos, munidos de medicamentos. También se presentaron en el psiquiátrico. Todo sea por salvar vidas, aun cuando la de ellos esté en riesgo.

Badani describe que algunos de sus colegas del grupo se enfermaron.

Y allí van ellos, intentando llenar los baches de la crisis con la bandera de la empatía, la solidaridad y el coraje