Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 23 de enero de 2022
  • Actualizado 01:21

Sofía Loren, el regreso de un ícono

Tras una década alejada del celuloide, la italiana vuelve bajo la dirección de su hijo Edoardo Ponti en  “La vida por delante” de Netflix.
La actriz junto a sus dos hijos.
La actriz junto a sus dos hijos.
Sofía Loren, el regreso de un ícono

Mientras medio planeta permanecía confinado a causa de la pandemia, Sofía Loren (86 años) entró en las casas de todos los italianos a través de la televisión. “Gracias a Italia, que, una vez más, resiste”, decía la voz serena y firme de la actriz en un anuncio publicitario de una conocida marca de pasta que trataba de transmitir esperanza a un país devastado. “Es difícil para todos. Cada día que pasa escuchas nuevas noticias y la ansiedad te agota”, me cuenta al teléfono la intérprete desde su casa de Ginebra, donde vive desde hace décadas. El coronavirus obligó a parar las vidas y proyectos de millones de personas. También los suyos. 

Una vez terminado el obligatorio paréntesis, la intérprete ha vuelto al trabajo con la misma ilusión con la que hace 70 años se plantó en Roma acompañada por su madre con una maleta llena de sueños y el estómago vacío. Tras una década alejada de la gran pantalla, Sofía Loren regresa al cine de la mano de su hijo menor, Edoardo Ponti, en una película basada en “La vida por delante”, la novela que el francés Romain Gary escribió en 1975. “Mi hijo me dijo que quería rodar esta historia. Cuando leí su versión, quedé fascinada. Es maravillosa y merecía ser contada de nuevo”.

En la cinta —que ya está disponible en Netflix— la actriz interpreta a madame Rosa, una superviviente del Holocausto que se ocupa de los hijos de las prostitutas en su apartamento. También acoge a Momo, un niño senegalés, de 12 años, a quien conoce después de que la intenta robar. 

SOBREVIVIENTE DE LA GUERRA

Loren vivió la Segunda Guerra Mundial mientras era aún una niña y esta cinta le trajo muchos recuerdos sobre esa etapa. “La guerra no se olvida nunca. Aunque lo intentes. Todas las noches que nos íbamos a la cama y sonaba la sirena, teníamos que salir corriendo por la calle porque caían bombas. Mi hermana María perdía siempre los za-patos y llegaba a casa con los pies ensangrentados. Traerlo a la memoria produce mucho dolor”, cuenta y añade cómo superó esos terribles años. “Yo viví toda mi infancia durante la guerra en Pozzuoli, cerca de Nápoles. Mi refugio era mi abuela, que nos contaba cuentos. Ella quería hacernos creer que la vida era maravillosa e intentó que viviéramos en un mundo que en realidad no existía. Y aunque era pequeña, yo sabía que no era así, pero no quería que ella se disgustara y nunca se lo dije. Ahora me estoy emocionando recordándolo porque aquellos momentos no se olvidan”.

Nonna Luisa fue para la pequeña Sofía como una segunda madre. De hecho, no fue hasta los cinco años que descubrió que su abuelo materno, Domenico, no era su verdadero padre. La actriz nació en 1934 en Roma, en un ala del hospital reservada a las madres solteras. Su madre, Romilda Villani, una joven y guapa napolitana, había ganado con 16 años un concurso de belleza como doble de Greta Garbo. El premio era un viaje a Estados Unidos para iniciar una prometedora carrera como actriz. Una aventura a la que sus padres se opusieron, truncando para siempre sus sueños. Esa fue la primera desilusión de su vida. La segunda no tardaría en llegar. Siendo aún casi una adolescente, se enamoró de Riccardo Scicolone, un estudiante de Ingeniería hijo de un marqués siciliano del que se quedó embarazada. Después de un breve periodo de tiempo juntos en el que nació Sofía, la pareja se separó y Romilda volvió embarazada de nuevo y sola a Pozzuoli. El hombre se limitó a dar su apellido a la pequeña Sofía, se negó a reconocer a su hermana y se fue a vivir con otra mujer. Romilda tuvo que sacar adelante sola a dos criatu-ras en una Italia pobre, hecha pedazos tras la ocupación alemana y profundamente puritana, donde ser madre soltera era algo de lo que avergonzarse.

Años después, cuando Sofía Loren era ya una estrella, Riccardo volvió lleno de deudas, pidiendo perdón y dinero. La actriz se lo dio a cambio del reconocimiento paterno hacia su hermana pequeña. “Gracias a su trabajo, mi hermana nos salvó del hambre. Y a mí me permitió tener un apellido que le costó dos millones de liras”, cuenta María Scicolone.

Las frustraciones adolescentes y la posterior decepción amorosa convirtieron a su madre en una mujer obsesionada con la idea de ver triunfar a su hija. Con 15 años, Sofía quedó segunda en un concurso de belleza en Nápoles, Princesa del Mar. Tras aquel éxito y con 20.000 liras de premio, Romilda pensó que era el momento de intentar una nueva vida en la capital. “Mi madre quiso ver a mi padre para intentar mejorar nuestra vida y fuimos a Roma, donde él vivía. Pero mi padre no estaba de acuerdo con las aspiraciones de mi madre, que era increíblemente bella. Alquilamos una pequeña habitación por la que pagábamos muy poco y conocimos a personas que nos empezaron a ayudar. Entré en el mundo del cine de puntillas”, recuerda la actriz.

Todas las mañanas Romilda y Sofía acudían a Cinecittà, el Hollywood del Tíber, como se la conocía en la época. Allí se ganaban un dinero apareciendo como extras en las superproducciones que se grababan en los estudios romanos, mientras esperaban una oportunidad. “En ese momento estaban rodando ‘Quo Vadis’ y me contrataron como figurante al lado de Deborah Kerr”, recuerda. 

EL NACIMIENTO DE UNA ESTRELLA 

Por aquel papel, Sofía recibió 50.000 liras con las que la familia pudo comer durante dos semanas. La película no tuvo éxito, pero le permitió empezar a soñar con un futuro mejor. Una nueva vida que no tardó en llegar. No ganó Miss Italia. Según el jurado era “demasiado alta y delgada”. 

Carlo Ponti —quien fue su esposo y el amor de su vida—, le presentó a su socio, el productor Dino De Laurentis, y su carrera comenzó a despegar. Entonces, con el nombre artístico de Sofía Lazzaro. “Hacía pruebas y la gente decía: ‘Bueno, no está mal’. Y así, poco a poco, me convertí en Sofía Loren. Cambié hasta el nombre porque no me podía llamar Sofía Scicolone”, relata y cuenta quién la bautizó artísticamente: “El productor Goffredo Lombardo. Él estaba haciendo una película con la actriz sueca Märta Toren, que en ese momento era una gran estrella. Me dijo: ‘Sofía es un bonito nombre, lo dejamos, pero el apellido no puede ser’. Cambió la T del apellido de la intérprete sueca por la L y me convertí en Loren”.

Ponti, que falleció en 2007 con 94 años, era exactamente lo opuesto a su padre. “Él me dio mucha confianza, me enseñó todo y me sentía protegida. Al principio era una relación de amistad porque éramos muy jóvenes”, puntualiza. En realidad, las crónicas comenzaron a especular más pronto que tarde sobre un romance entre ambos. Lo suyo era un amor imposible para la moral y las leyes de la época. El productor estaba casado con la hija de un general del Ejército, tenía dos hijos y 22 años más que ella. Para la Italia puritana de los cincuenta, donde el divorcio no existía, la relación entre los dos suponía tal escándalo que hasta el Vaticano amenazó con excomulgarlos.

En 1957 la pareja contrajo matrimonio civil en México, en un intento de formalizar su relación. Pero para las leyes italianas, Ponti seguía casado con su primera esposa y podía ser acusado de bigamia en Italia. Decidieron entonces cruzar los Alpes y solicitar la nacionalidad francesa. En el país galo el productor pudo divorciarse y casarse con Sofía en una sencilla ceremonia civil celebrada en 1966, en París. Con él se le abrieron las puertas de Hollywood y cumplió el sueño de convertirse en madre —primero con Carlo (1968) y más tarde con Edoardo (1973)—, después de intentarlo sin éxito durante años.

“Tengo dos hijos maravillosos que están siempre cerca de mí aunque vivan lejos, sobre todo porque el padre ya no está”. Confiesa que se siente sola. “Pero ellos me consuelan. ¡Mamma mia! me están viniendo a la cabeza tantos momentos que me estoy emocionando. Me entran ganas de llorar de alegría. La vida ha sido buena conmigo, pero no ha sido fácil”, dice.

Pese a recibir muchas ofertas, nunca quiso mudarse a Hollywood. “Mis padres siempre separaron su vida profesional de la familiar. Nos quisieron proteger de la vanidad, del glamour, de las tonterías que rodean al mundo del cine pero que no tienen nada que ver con él. El cine es ponerte al servicio de una historia, como un artesano. Todo lo demás no importa”, dijo su hijo Edoardo, desde Los Ángeles, donde reside con su familia. En realidad, su padre siempre tuvo la ambición de trasladarse a la meca del cine, pero la actriz nunca cedió. “La fuerza de mi madre es no haber olvidado jamás de dónde viene. Es ita-liana al 100%, de Pozzuoli y de Nápoles”. En realidad, no fue necesario que hiciera las maletas. En los años sesenta Loren triunfó en Hollywood sin abandonar el cine  patrio. Trabajó con Cary Grant —que le pidió que se casara con él—, John Wayne, Burt Lancaster y Anthony Quinn. Mientras en Italia, cineastas como Mario Monicelli, Dino Risi o Ettore Scola se la peleaban. Con Vittorio De Sica colaboró hasta en ocho ocasiones y junto a Marcello Mastroianni formó una pareja inolvidable.

En 1962 Loren fue candidata al Oscar a la mejor actriz por su papel en “Dos mujeres”, una adaptación dirigida por De Sica y producida por Ponti. Pero decidió no acudir a la ceremonia en Los Ángeles. “No creía que pudiera ganarlo”, dice con total naturalidad. “La nominación es una cosa, ganarlo otra”, añade.

Eso sí, casi 60 años después, la intérprete aún recuerda perfectamente aquel momento. “Yo estaba en mi casa con Vittorio De Sica cuando a las seis de la mañana sonó el teléfono. Era Cary Grant, que me dijo: ‘Sofía, ¿estás preparada para escuchar lo que tengo que decirte? ¡Has ganado!’. Me dieron ganas de llorar, pero no podía hacerlo. Fue un momento bellísimo, Cary fue fantástico. Después Vittorio De Sica me entregó el Oscar en mi casa de Roma, donde vivía ya con Carlo”, rememora. 

Loren es hoy una mamma y abuela orgullosa de su familia que acaba de cumplir 86 primaveras. Hace 10 años todavía le seguían lloviendo ofertas para ponerse delante de las cámaras, pero optó por parar.

 Antes de convertirse en reina de la belleza, de ser Sofía Lazzaro, de conocer a Vittorio De Sica, de enamorarse de Carlo Ponti y de ganar dos Oscar —el segundo en 1991—, Sophia Loren era solo Sofía Villani Scicolone. Una niña delgada, larguirucha y con la tez morena. Un “patito feo”, como se describe en su biografía, que se convirtió en cisne. “Estoy muy contenta por todo lo que he conseguido en mi vida, miro hacia delante y pienso en todo lo que me queda por hacer. Porque la vida es bellísima. Soy feliz”.