Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 15 de agosto de 2022
  • Actualizado 17:38

Sobrevivientes de las llamas; el terror de los animales en la Chiquitanía

Las especies más afectadas son el chancho tropero, puerco espín, tatú, oso tamandúa, tortuga, tapir, ciervos y loros. Además de sortear el fuego, deben enfrentarse a la sequía y la agresión de algunos pobladores.

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Un cocodrillo muerto producto de las llamas. EFE
Sobrevivientes de las llamas; el terror de los animales en la Chiquitanía
En medio de llamas de fuego que se acercaban cada vez más a ellos, solo podían correr de un lado al otro para salvarse. Al final, encontraron una cueva bajo la tierra y se escondieron ahí hasta que el horror pase. Las cuatro  crías de tatú entraron primero y su mamá se quedó afuera, como una guardiana. Luego de unas horas, el médico veterinario Jerjes Suárez encontró al grupo de animales: la madre murió calcinada, pero logró salvar a sus crías.

Ellos son solo uno de los miles de casos de especies que viven en la zona de la Chiquitanía, en Bolivia, y que perecieron ante las llamas o, en todo caso, viven un calvario después de salvarse: tienen quemaduras, no tienen comida ni tampoco agua.  

Uno de los lugares que sufrió la implacable agresividad de las llamas es el Santuario de Chochís, donde Suárez encontró a los tatús y otras especies más.

A principios de julio, se prendió la alerta de incendios en el país en los mismos lugares donde el año pasado se vivió luto después de que más de dos millones de hectáreas fueran consumidas por el fuego. En lo que va de este 2020, ya se igualó la marca anterior y suman más de cuatro millones de hectáreas de flora y fauna perdidas.

Las víctimas de esta situación se cuentan por miles, pero hay un grupo en específico: los animales, quienes no solo sufren el terror de ver cómo se destruye su hogar, sino también la sequía y la violencia que encuentran en los pueblos a los que llegan buscando refugio.

HUÉRFANOS Y SIN CASA

Suárez vive en Roboré y se especializa en atender animales silvestres. Asegura que murieron alrededor de ocho o nueve ejemplares por hectárea quemada, entre mamíferos, aves y reptiles.

La Chiquitanía alberga más de 1.200 especies, una gran variedad que nutre la naturaleza boliviana, pero, con los últimos sucesos, se teme que la cifra baje y algunas desaparezcan. Entre las más afectadas están el chancho tropero, puerco espín, tatús, oso tamandúa, tortuga pata roja y amarilla, tapir, ciervos, loros y parabas.

Suárez cuenta que atendió a 20 tucanes, con serias lesiones, en los dos últimos meses; cuatro tenían el mismo problema que el caso de Tuki Tuki: el pico quebrado a pedradas. Los cuadros del resto implicaban alas rotas, fracturas en las patas, pérdida de plumaje, etc.

Uno de los casos que más marcó al veterinario fue el rescate de un hurón, de 35 kilos, que sufrió quemaduras de primer grado. Eran alrededor de las tres de mañana y Jerjes escuchó un ruido, se levantó y solo encontró la jaula de metal derribada; el animal ya no estaba. La Policía está media cuadra de su casa, así que fue a pedir ayudar y entre ocho personas lograron encontrar al hurón y retenerlo para poder curarle las quemaduras. Luego, lo liberaron. “El quería volver al bosque, aún así herido. Me conmovió tanto, me sentí muy mal al ver su desesperación. Me dio tanto dolor que llegué a deprimirme”, asegura.

Así, se suman los casos de estos seres vivos que sufren las consecuencias del desastre que vive el medioambiente en Bolivia.

Las cuatro crías que Suárez encontró en el Santuario de Chochís permanecen con él hasta que estén totalmente rehabilitadas; como no pudieron alimentarse con leche materna, tienen bajas defensas.

Las especies que no murieron, tienen un proceso largo de recuperación hasta sanar las quemaduras. Además, el tratamiento es costoso y complejo, dura entre seis y ocho meses dependiendo del grado; debe estar acompañado de una dieta especial que también implica un costo.

Suárez indica que los medicamentos subieron de precio debido a la pandemia y es más difícil conseguirlos. Lo que antes compraban en 12 bolivianos, ahora cuesta hasta 25.

La vocación de ayudar hace que el veterinario destine gran parte de sus ahorros para socorrer a los animales. indica que toda la ayuda que se recolecta en la ciudad pocas veces llega hasta quienes verdaderamente lo necesitan.

El veterinario es un defensor de la liberación de animales. Considera que ellos se adaptan a las circunstancias y que eso es parte del proceso evolutivo de la naturaleza.

Sin embargo, además de sobrevivir al fuego, las especies deben enfrentarse a otro problema: el ser humano.  

DESPUÉS DE LAS LLAMAS

Luego de los incendios, todo queda muerto y es muy difícil que se recupere rápidamente. “Hay muchos que piensan que cuando ya verdeó los árboles está todo bien, pero es todo un ecosistema. Tenemos bosques secos, eso demora unos 20 o 30 años en dar frutos, eso se quemó, se calcinó”, explica Suárez.

Esta situación ahonda la crisis de los animales sobrevivientes ya que quedan sin alimento y deben migrar a los pueblos cercanos.

“Puede haber verde, pero eso solo comen los venados, no todos. Al no haber la fruta, los animales migran a la ciudad para buscar comida y ahí los matan, los cazan. Nadie se ha preocupado por la veda”, enfatiza.

Casos como el del tucán Tuki Tuki se ven a diario por el lugar. En esa lucha desesperada por sobrevivir, los animales se encuentran con más dolor en las ciudades.

“Era típico del camba andar con su onda en su bolsillo, y parajito que pillaba, lo voleaba como parte de la tradición. Hay quienes no han terminado de madurar y se dedican a la cacería por deporte”, cuenta Rubén Darío Arias, presidente del Comité Cívico de Roboré.

Para entender mejor la situación, Suárez asegura que las especies del oriente están sujetas a dos problemáticas: los incendios y la sequía.

Hace poco se dio a conocer la situación de la laguna Concepción —se encuentra en la serranía de la Chiquitanía y tiene un diámetro de 27 kilómetros de largo por 10 kilómetros de ancho — que quedó totalmente seca y miles de peces murieron. Pero, ese no es el único problema, también era una fuente importante de agua para los animales de alrededor, que quedaron a la deriva y con todo quemado.

Todas las hectáreas consumidas por el fuego dañan el oxígeno porque ya no hay plantas que purifiquen el aire y el monóxido de carbono se concentra en exceso, lo que origina que los animales mueran de inanición y otros queden aturdidos y caigan a las llamas.

QUÉ SE PUEDE HACER

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Suárez asegura que las acciones que se tomaron para frenar la depredación fueron muy pocas y reclama que las autoridades no se preocuparon por mantener los proyectos de protección animal y vegetal para evitar este tipo de desastres porque ahora se presentan con más fuerza que antes.

“Ha dos años ya se han quemado más de cuatro millones de hectáreas y hasta ahora solo ha quedado en charlas. Ningún Gobierno, sin acusar al uno o al otro, no ha hecho nada. No les interesó. No hay repoblamiento de especies, ni de semillas”, dice.  

El Presidente del Comité Cívico de Roboré coincide con el veterinario y cuenta que algunos hoteles aprovecharon la situación y acogieron animales para luego exhibirlos a los visitantes a cambio de un costo.  

Arias es coordinador de la Reserva Tucabaca y miembro de la Coordinadora Nacional de Defensa de Territorios Indígenas  Originarios Campesinos y Áreas Protegidas de Bolivia (Contiocap), desde donde hizo seguimiento a las denuncias que se realizó a los dueños de estos hoteles y la falta de atención de los municipios circundantes.

“Es responsabilidad de la política de Estado extractivista e irresponsable, que todo el tiempo está dotando a grandes empresarios que venden sus tierras a extranjeros que depredan grandes cantidades de monte”, afirma.

Por su parte, Suárez reflexiona que el cambio debe empezar desde abajo e involucrar a toda la sociedad desde diferentes instancias. “La educación lo es todo. Se debería poner en la currícula de los niños alguna materia medioambiental. Pero, si no trabajamos con los niños y no les enseñamos a que no hay que prender fuego, matar a las aves, nunca se podrá hacer nada”.

Mientras tanto, en uno de los llanos más grandes de Latinoamérica, como la Chiquitanía, cada año se pierden millones de especies de flora y fauna, sin contar con el tortuoso camino que deben recorrer los sobrevivientes de las llamas.

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