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  • Diario Digital | lunes, 21 de septiembre de 2020
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Sean Connery: el futbolista que triunfó como actor

El escocés   que interpretó al agente 007 en la  primera versión  cinematográfica, hace poco  cumplió 90 años. Se retiró en 2003, después de más de 50 películas.
Sean Connery - FOTOS- ORT: IBAE: EUROPRESS
Sean Connery - FOTOS- ORT: IBAE: EUROPRESS
Sean Connery: el futbolista que triunfó como actor

Un tal Matt Busby, entrenador del Manchester United, anda buscando futbolistas talentosos. En un aburrido partido del East Fife, un club de segunda del fútbol escocés, ningún jugador parece impactarle hasta que un alto y robusto delantero recibe un pase y con habilidad llamativa mete un golazo. Luego del pitazo final se acerca para ofrecerle un contrato. El muchacho lo escucha más sorprendido que halagado. Mientras Busby habla, piensa que cumplió 23 años y que con suerte jugará hasta los 30. Decide declinar el ofrecimiento para dedicarse a su otra pasión: la actuación. Ese día el fútbol perdió un jugador, pero el espectáculo ganó un actor: Sean Connery.

La vida del que fue considerado “el mejor James Bond de todos los tiempos” comenzó en un humilde barrio de Edimburgo, un 25 de agosto hace 90 años. Thomas      Sean Connery fue el primogénito de Joseph —algunas veces obrero, otras camionero y siempre católico— y de Effie, una empleada de limpieza de religión protestante. La familia la completó Neil, el hermano menor.

En la primaria, Tommy, introvertido e inseguro, pasaba desapercibido. De contextura pequeña, a los 13 años “pegó el estirón” y a los 18 medía 1.88 metros. 

Eran tiempos duros para la economía familiar. Vivían en una casa de dos ambientes. El baño estaba en una cervecería y se compartía con los vecinos de la cuadra. Abandonó la escuela para trabajar en lo que podía y no en lo que quería. Repartió leche, condujo un camión, puso ladrillos, fue guardavidas y hasta pulidor de ataúdes.

Le encantaba jugar fútbol, boxear y sumó una disciplina poco conocida: el fìsicoculturismo. En unos meses logró un cuerpo digno de ser esculpido, tanto que consiguió trabajo como modelo, posaba desnudo por 15 chelines en una academia de arte. 

Sin trabajo fijo probó suerte en la marina británica. La instrucción la recibió en un portaaviones, soñaba con cruzar los siete mares, pero su destino fue una desolada base en Portsmouth, al sur de Inglaterra. Aguantó tres años, le diagnosticaron una úlcera y le dieron de baja. Otra vez desempleado, pero con brazos fuertes, un amigo lo recomendó como tramoyista en King’s ¬Theatre. Entre bastidores descubrió que ese mundo era el suyo. Por eso, cuando dos años después lo quisieron reclutar para el Manchester United dijo “no”, pero cuando le ofrecieron trabajar de extra en la obra “Sixty Glorious Years” dijo “sí”. No solo colgó los botines, abandonó el Tommy para convertirse en Sean Connery.

A los 27 años le llegó su primera gran oportunidad. El director de la BBC, Alvin Rakof, buscaba el protagonista de “Requiem por un peso medio”, cuando una actriz le sugirió contratarlo porque “a las mujeres les gustará”.

Su nombre y su indiscutible belleza comenzaron a ser conocidos. Mientras alternaba sus apariciones en cine con interpretaciones en la televisión inglesa y obras de teatro, en las librerías causaban furor las novelas escritas por Ian Fleming y protagonizadas por un agente secreto inglés cuyo nombre era Bond… James Bond.

El personaje de 007 era tan atractivo que a dos productores se les ocurrió llevarlo a la pantalla grande. Encontrar al actor indicado no era tarea fácil. Debía ser capaz de parecer sofisticado, vestir impecable, seducir a cuanta muchacha se le cruzara y matar villanos con la misma distinción que bebía un dry martini.

Cubby Broccoli y Harry Saltzman, los productores, barajaron 200 nombres, y sin estar convencidos convocaron a Connery. El día que, desde la ventana de su oficina, lo vieron llegar “caminando como una pantera”, el papel fue suyo sin necesidad de prueba de cámara. Eso sí, tuvieron que pasar varias semanas enseñándole a comportarse, andar, hablar e incluso a comer como un caballero inglés y no como un guerrero escocés.

Connery inauguró la serie de James Bond con “Agente 007 contra el Dr. No”, en 1962, junto a Ursula Andress. Fleming, que en un principio no lo quería por su acento, quedó tan maravillado que introdujo en la saga un padre oriundo de Escocia como reconocimiento. El intérprete escocés se puso en la piel del espía británico en siete ocasiones hasta que le sustituyó Roger Moore.

Como el espía inglés, el actor mostró cómo ser magnético y seductor sin esfuerzo. Su personaje lo convirtió en un referente de la moda. Bond/Connery demostraron que un traje bien llevado puede ser un arma mortal de seducción.

A los 20 comenzó a perder el pelo. Durante varios años trabajó con peluquines, pero, al comprobar que lo único que parece detener la caída del cabello es el piso, en vez de de-sesperarse decidió lucir canas y calva. Lo logró con creces: a los 69 años lo eligieron como “el hombre más sexy del siglo”.

Aunque Bond le trajo fama y éxito, también cierto encasillamiento. Esto lo llevó a detestar a su personaje, tanto que afirmó que si pudiera lo mataría. Obsesionado con darle un nuevo rumbo a su carrera trabajó en “Robin y Marian” con Audrey Hepburn, y, junto a Michael Caine, en  “El hombre que pudo reinar”.

En la revista Vanity Fair, el director Fred Schipisi contó cómo es trabajar con el escocés: “Es una de esas pocas personas cuyas cualidades de la vida se traducen en la pantalla. Tiene una energía fantástica, una bonhomía. Tiene una generosidad, y una amplitud, que se transmite a una audiencia”.

Connery también carga fama de exigente. “No es la persona más tolerante”, lo defendió el dramaturgo británico Tom Stoppard. “Es un cliché, pero realmente no soporta a los tontos con gusto. Es una persona capaz y espera que los demás también lo sean”. El actor reconoció que “el único problema que tengo son los traseros que crean más problemas de los que resuelven. No tengo ego cuando hago una película. Espero que todos con los que estoy trabajando den el 100% porque yo lo hago “.

De sus amores, se sabe que se casó en 1962 con la actriz Diana Cilento, hija de un médico con título nobiliario. Cuando la conoció, Connery vivía con la fotógrafa Julie Hamilton. Ella dejó a su marido para casarse. La boda fue en Gibraltar con dos taxistas de testigos, no habían pasado nueve meses que nació su hijo Jason. En 1973, el mismo año que su padre murió y la crítica lo destrozó por su rol en “La ofensa”, se divorció.

Su segunda esposa y gran amor es la pintora franco marroquí Micheline Roquebrune. Se conocieron en Marruecos, en un club de golf durante unas vacaciones lejos de sus parejas e hijos. “Los cuatro días que siguieron a nuestro encuentro, continuamos jugando al golf como dos extraños y después nos reuníamos para hacer el amor como dos locos. La realidad es mejor que cualquier fantasía. Ningún hombre ha tenido ese efecto en mí”, relató Micheline.

Dejaron de verse por dos años, hasta que el actor volvió a contactarla y la invitó a pasar unos días en Marbella. Se casaron en 1975 y desde entonces están juntos. “Para todo el mundo Sean es una gran estrella, pero para mí es, por encima de todo, el hombre de mis sueños”.

A comienzos de este siglo decidió que era mejor una retirada digna que una permanencia patética y jubiló su vida de actor. En 2007 oficializó su retiro en con un argumento contundente: “Me cansé de tratar con idiotas. En Hollywood es cada vez más grande la brecha entre los que saben hacer películas y los que las financian”.