Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 17 de octubre de 2021
  • Actualizado 06:19

Sapanani: la comunidad que creó un modelo económico sostenible a partir del riego tecnificado

Los comunarios se capacitaron e implementaron la técnica de riego por aspersión y por goteo; además, multiplicaron sus ganancias y producción, y compraron un mercado para vender su papa. 

Javier Bellott cosecha la papa que está lista para vender (i). Sembradíos de papa waycha en Sapanani (d). LESLIE LAFUENTE
Javier Bellott cosecha la papa que está lista para vender (i). Sembradíos de papa waycha en Sapanani (d). LESLIE LAFUENTE
Sapanani: la comunidad que creó un modelo económico sostenible a partir del riego tecnificado

En la puerta de la casa de Eusebio Ustáriz flamea una wiphala, que, según dice, está desde antes de que Evo Morales llegue al poder y la popularice. Al igual que aquella bandera multicolor que combina con el paisaje, el sumaq kawsaypaq (el buen vivir) es parte de su comunidad hace años. La esencia del trabajo comunitario se refleja en Sapanani, Sacaba, donde los pobladores tecnificaron el riego de sus sembradíos de papa, multiplicaron su producción, sus ganancias y mejoraron su calidad de vida de forma sostenible, hace ya 15 años. 

El trabajo de cuatro organizaciones logró concretar el cambio en el lugar mediante la dotación de herramientas materiales e intelectuales. Uno de los artífices esenciales del proyecto es Javier Bellott; lejos de su posición actual como presidente de la Federación de Entidades Empresariales Privadas de Cochabamba (FEPC), conoce el lugar de extremo a extremo, dialoga con los comunarios en quechua y es, como dicen ellos, un poblador más desde que subió el empinado camino hasta la cima de las montañas en 2004. 

Sapanani pertenece al municipio de Sacaba, comprende 4.500 hectáreas y está a una hora y media en automóvil desde Cercado. El camino es curvo, bordea la montaña hasta llegar a la cima, a 3.650 metros sobre el nivel del mar —altura similar a La Paz—, donde las flores amarillas del nabo combinan con el tono morado de las papas, la alfalfa verde y el cielo azul. El clima es frío, pero, contra todo pronóstico, los comunarios se dan modos para producir flores, frutas y verduras. 

La organización del lugar se inspira en los ayllus, se distribuyen el poder y la participación de forma igualitaria. La Subcentral Sapanani está dividida en cinco sindicatos, cada 1 de enero se renueva la directiva y asume el líder del grupo que corresponde, según la alternancia. Asimismo, dentro de cada sindicato hay un sistema de rotación  interno para elegir a su representante.

El lugar no posee mucha agua, lo que siempre perjudicó su producción agrícola y su alimentación. "Había qhochas (charcos), de ahí tomábamos el agua, a veces con los      renacuajos más”, dice Eusebio.

Ustáriz, de 54 años, vivió toda su vida en Sapanani, solo alcanzó a terminar el bachillerato, pero su gran conocimiento y experiencia le permiten enseñar y capacitar sobre riego tecnificado en universidades. “Yo no tenía recursos para estudiar y uno de mis compañeros me preguntó ‘¿qué vas a hacer?’, y yo le dije que apoyaría aquí porque no había agua potable, ni camino, ni salud, no había nada”, cuenta sobre el deseo que tenía en su juventud que, años después, cumplió.

A inicios del 2000 llegó un grupo de miembros de la Iglesia proveniente de Europa. Con el apoyo del español José Benjumea García inició el proyecto de riego que cambió la vida de los pobladores. El primer paso fue conformar la ONG Sumaq Kawsaypaq. “Lo que el Evo hizo después, nosotros ya lo habíamos hecho todo aquí. La wiphala es nuestra insignia”, afirma Eusebio. “Nosotros nos capacitábamos, aprendimos, todo el mundo sabe manejar la electricidad, igual el agua potable, hemos hecho los proyectos picota en mano”, añade. 

La alianza estratégica de la ONG Sumaq Kawsaypaq —creada por los comunarios de Sapanani—, la Asociación por la Solidaridad y la Paz (ASPA) proveniente de Andalucía, España, el municipio de Sacaba y la empresa Tecons Minería Agregados SRL. permitió que Sapanani se convierta en una comunidad modelo sobre economía sostenible. 

PROYECTOS DE IMPACTO

papa 1

Sapanani cuenta con dos fuentes de captación de agua. La primera es un río que tiene una capacidad de 40 litros por segundo; sin embargo, a la comunidad solo llegaba 1 litro por segundo, el resto se perdía en el camino. Bellott explica que el suelo del lugar es bastante permeable, lo que dificulta que llegue todo el caudal. 

El primer proyecto realizado fue el Mejoramiento Agrícola Sapanani (MAS), en 2005. El objetivo era que aquellos 40 litros que bajaban desde la cuenca lleguen hasta los sindicatos más alejados. La inversión ascendió a 200 mil euros. 

La otra fuente de agua son las lagunas que están distribuidas en la cumbre, a unos 10 kilómetros del pueblo, estas tienen una capacidad de 1.000 litros por segundo. Antes, los pobladores liberaban todo el líquido para que riegue, por inundación, sus sembradíos, pero solo llegaba alrededor de 100 litros por segundo, lo que implicaba un mal aprovechamiento del agua y provocaba que las plantas mueran y el terreno pierda su fertilidad. 

Mediante el MAS instalaron un sistema regulador de presas, de 6 hectáreas que se regaban antes, subieron a 69 en toda la comunidad, pero todavía no era suficiente. 

Así, en 2010, nació el proyecto Mejoramiento Agrícola Integral Sapanani (MAIS) con una inversión cerca de 1 millón de euros y con cinco componentes. El primero consiste en aumentar la capacidad de las lagunas para que no falte agua; el segundo implica transportar el líquido elemento de las lagunas hasta el lugar de distribución; el tercero aplica el sistema de riego tecnificado; el cuarto consiste en el mejoramiento de la producción con sistemas de fertilización y buenas prácticas agrícolas; y el quinto punto está enfocado en la comercialización. 

Actualmente, las 12 lagunas que están en Sapanani almacenan más de 2 millones de metros cúbicos que riegan, mediante aspersión (lluvia de oro) y goteo, las 1.500 hectáreas productivas. 

Bellott indica que, antes, con el riego por  inundación utilizaban 200 litros por hora por metro cuadrado; con la técnica por aspersión emplean 14 litros; por goteo se reduce hasta 7 litros. Se aprovecha casi 30 veces más. “Te garantiza que el suelo no se deteriore, alta eficiencia en el uso del agua y se puede estudiar cómo se comporta el cultivo”, explica. 

Este proyecto logró un cambio positivo en varios niveles. La producción de papa aumentó, antes sembraban entre 7 y 8 cargas de semillas, ahora utilizan de 18 a 20 cargas. La época de siembra también aumentó, de una cosecha anual pasaron hasta a tres.

La papa waycha es su especialidad, además producen papalisa, arveja, quinua, avena, cebada, cebolla y repollo, entre otros. 

Visiblemente emocionado, Bellott relata que el proyecto fue esencial en su vida y rememora cómo creció la comunidad desde que empezó el trabajo. “El ingeniero ha dado gran parte de su vida por nosotros, nos capacitaba día y noche, nos ayudó en todo”, dice Eusebio sobre él. 

La comunicación fue clave para lograr conjugar las técnicas hídricas con los conocimientos ancestrales. “Cuando empezamos a trabajar había grandes dificultades de orden cultural, la gente no quería aprender a usar la tubería, eran reuniones interminables. Lograr de que la gente entienda fue muy difícil”, asegura Bellott, quien llegó a convivir con los pobladores durante años. 

Wilson Carvallo, otro poblador, dirigente y miembro de la subcentral cuenta que aprendió a manejar el riego, colocar tuberías y caudalimetría. Alrededor de 220 familias son beneficiadas. El impacto del MAIS incluyó salud y, sobre todo, educación. 

“Hay médicos, agrónomos, ingenieros, de todas las áreas o, mínimo, son bachilleres. Antes iban a España, ahora van a Chile”, afirma Eusebio y relata que los jóvenes que salieron de su comunidad producen verduras u otros alimentos. “No van de peones nuestra gente, ni de empleados ni de carretilleros, nuestra gente va a hacer empresa donde sea”, añade orgulloso. 

UN MERCADO PROPIO

papa 2

En la costumbre indígena, el hombre se encarga de trabajar la tierra y de producir los alimentos. Entre tanto, la mujer riega, comercializa los productos y administra el dinero. Por eso, ellas atravesaban una odisea al vender la papa. 

Los comunarios son expertos en superar obstáculos. Una vez que aumentaron su producción, la comercialización fue el problema. Luciana Heredia, esposa de Eusebio, relata en quechua las sendas luchas que tenían con las vendedoras del mercado El Triángulo para vender, el espacio que les daban era muy pequeño, no les dejaban exhibir el producto, lo que provocaba que unos vendan más rápido y, la desesperación de no quedarse con su cosecha, las obligaba a bajar al mínimo el precio. 

Hasta que, luego de una pelea que terminó con los sombreros de las comerciantes en el techo del mercado, la carne en el piso y la papa desparramada, decidieron comprar un terreno en la avenida Oquendo y Aroma y crear su propio centro de abasto que comprende más de 1.000 metros. Los 196 socios pusieron alrededor de 3.000 dólares, vendieron otras cosas más y lograron comprar el lote. “Desde ese día hemos dicho que íbamos a tener un mercado y lo hemos logrado”, afirma Eusebio.

“Ahora estamos tranquilos, no peleamos con nadie, tenemos nuestros propios espacios, nos organizamos y nuestra venta es normal. Nos quedamos a dormir si es necesario y lo más importante es que el precio es justo”, dice Luciana. 

Venden por mayor los días de feria; sin embargo, tiene la intención de que otras comunidades utilicen el lugar los demás días para ayudarse mutuamente. “Ahora nosotros ponemos el precio porque ya nadie nos dice ‘fuera de aquí’, antes nos botaban”, refuerza la pobladora. 

Otro de los problemas que enfrentaban antes del MAIS era que las revendedoras les pedían cargas de 140 kilos, luego traspasaban a otros empaques estándares y ganaban hasta el 50% más. Con el proyecto   crearon sus propias bolsas de 100 kilos, como se vende en el mercado regular. “Ya no hay engaño. Eso era parte del deterioro de las comunidades campesinas. Con este simple cambio se mejoró el nivel de ingresos”, asegura Bellott. 

Y, para demostrar con creces la diferencia, Eusebio cuenta que antes sacaban de ganancia 1.000 bolivianos por parcela, lo que solo les alcanzaba “para vivir”. Ahora, recaudan, en los mejores casos, hasta 15.000  dólares, dependiendo de la situación. 

Los pobladores no dejan de trazarse metas, son empresarios agrícolas y tienen miras a seguir creciendo. “Queremos exportar o entrar a restaurantes, hoteles porque la papa es buena, llegar con todos nuestros productos hasta las casas mediante el internet”, dice Eusebio. 

Sapanani, esa comunidad de clima frío que recibe a sus visitantes en medio de neblina, flores multicolores, papa y verduras, es un modelo de economía sostenible en Bolivia. Hace 15 años todo comenzó como un sueño; hoy, los pobladores disfrutan su esfuerzo y siguen soñando. 

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