Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 27 de enero de 2022
  • Actualizado 16:04

El quita penas: la toxicomanía como síntoma actual

María Elena Cano Torres, Analista Practicante.
María Elena Cano Torres, Analista Practicante.
El quita penas: la toxicomanía como síntoma actual

PARTE 2

… La apuesta del psicoanálisis es orientar ese goce destructivo hacia una satisfacción más cercana a la vida y no una satisfacción inmediata, desenfrenada, que lo lleva a un paso agigantado a la destrucción y la muerte.

El psicoanálisis posibilita un espacio a cada sujeto para hablar contando con los instrumentos de “una escucha singular, una ausencia de referente normativo, una abstención a la hora de juzgar aquello de lo que cada uno tiene que curarse, si acaso lo desea”, reflexiona Gustavo Dessal. Además, plantea que cada uno tiene algo que ver con el tejido que hace de su historia.

El sujeto que presenta una adicción no lo vive frecuentemente como un problema, sino lo niega rotundamente con argumentos bien fundados o raros, especificando que no tiene ninguna adicción, que puede dejarlo y poner límites cuando quiera, que es el otro el que está exagerando. Esta posición hace difícil que se cuestione y asocie su comportamiento al problema de toxicomanía o algo igual o peor.

Cuando el sujeto está tomado por la droga repite esa acción una y otra vez, quedando a merced de ese objeto, siendo consumido al consumir. Es decir, se encuentra un empuje a gozar, sin poder detenerse en el camino hacia  la muerte. En palabras de Fabian Naparsteck: “El sujeto al principio maneja la relación con la sustancia, después esta lo maneja a él".

Uno puede pensar que solo es cuestión de que decida dejarlo, que solo es su voluntad, de enseñarle, de hablarle, de amenazarle, de privarle de cosas, de “romperle”, de presionarle para que lo deje y se dé cuenta y ya. Pero lo cotidiano y el trabajo clínico psicoanalítico muestra que no es así, que hay algo más que tiene un aspecto tóxico. Esto visibiliza lo que el psicoanálisis descubrió: que hay algo paradójico en la satisfacción humana, ya que se encuentra esa sensación en lo que no hace bien. J.A. Miller específica: “hay algo en el sujeto susceptible de no trabajar para su bien, para lo útil, sino para su propia destrucción”. 

Lacan, en su texto “La Familia”, definió algunas toxicoma-nías como una forma no violenta de suicidio, un envenenamiento lento. 

La familia, por su lado, se angustia y muchas veces revela dificultades para ver, sin saber qué hacer, con sentimientos de vergüenza y negación. Cuando puede verlo, es a veces una situación muy crítica porque el sujeto está muy tomado por lo tóxico, con efectos muy notorios en su cuerpo, en su relación con el otro, a nivel personal, familiar y social.

Es claro, no se trata de evitar dificultades, de ocultar faltas y satisfacer todos los pedidos o caprichos de un sujeto sin que medie ningún límite de “no todo es posible” y saber que hay responsabilidad de actos y decisiones de cada uno. No se trata de victimizarlo, tener pena, o de responsabilizar a los genes heredados de papá o mamá, o a algo muy significativo que paso en su historia. 

Habría que estar atentos a los cambios que presenta, por ejemplo, un adolescente y no solo atribuirlo a la “edad    del burro”, o lo insoportable que es porque no quiere hacer nada, o dice y hace cosas raras que no se entienden. Aspectos que indican que algo pasa y que habría que consultar con un profesional.

Cada sujeto puede decidir preguntar para trabajar sobre las cosas que repite y repite y le hace sufrir; no es necesario, como dicen, “estar loco”. Se trata, si desea, de empezar a construir un saber hacer más vivible frente a ese “destino” o “suerte”.