Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 31 de octubre de 2020
  • Actualizado 18:47

Quino: el crítico, tímido y libertario padre de Mafalda

Un día después del aniversario de su hija de papel, se despidió del mundo. Su historieta solo duró 10 años, pero la profundidad de los temas que trataba le valieron un legado eterno. 
Quino
Quino
Quino: el crítico, tímido y libertario padre de Mafalda

La semana pasada, aquella niña que conquistó el corazón de gran parte del mundo se despidió de su papá, Quino. El dibujante creador de la legendaria Mafalda soltó su lápiz y alzó vuelo.

Quino era un tipo conocido por su timidez. Casi no le gustaba dar entrevistas. Unas de las imágenes más recientes que se tienen de él las lograron Boy Olmi y Jonathan Herzfeld en el documental “Buscando a Quino”, que fue rodado en 2018 y fue estrenado en mayo de este año. Allí, aparece inmóvil, en una silla de una sala con vista a un montón de viñedos. Tiene un saco gris, los ojos cerrados —para entonces había perdido mucha movilidad y estaba casi ciego—. “A mí me encanta escucharte hablar", le dice entonces el entrevistador. "Una vez te oí decir que cuando empezó a correr mucha sangre en la Argentina, Mafalda tuvo que dejar de hablar. ¿Por qué?”.

Se refiere a las dictaduras de los 70 que dejaron miles de muertos y desaparecidos en Argentina. Entonces Quino, con su voz pausada, casi en un susurro, dice: “Porque Mafalda no podía callarse todas las barbaridades que ocurrían en ese entonces y tampoco podía ponerse de juez de cosas que uno no entendía bien”.

EL DIBUJANTE CRÍTICO

Nadie conocía a Quino por su nombre. Se llamaba Joaquín Salvador Lavado Tejón y tenía 88 años. Sus dos padres eran españoles y le decían así, Quino, un apodo de infancia por el que empezó a conocerlo todo el mundo. Sobre todo cuando comenzó a publicar sus primeros dibujos en semanarios y revistas de Argentina: el primero salió en uno que se llamaba “Esto es”.

Quino, desde que era un niño, sabía que lo que quería en su vida era dibujar, un oficio que aprendió de su tío, un publicista, en una época en que la publicidad no se hacía en computadores, sino en papel y tinta china. De hecho, él siempre fue un purista en ese sentido: “Con la computadora no puedo manejarme”, dijo hace 15 años una vez en una entrevista con lectores de El País. “Trato de utilizar buen papel, que cada vez es más difícil, uso una lapicera rotring y tinta china. Y goma de borrar, porque borro muchísimo. Primero dibujo a lápiz y luego paso a tinta”.

Estudió en Bellas Artes en la universidad de Cuyo. No llegó a terminar, pero alcanzó a absorber los conceptos básicos del dibujo y de las proporciones.

Quino se casó con Alicia Colombo en 1960 y nunca se separaron, hasta finales del año 2017 cuando ella murió. Fue en ese momento en el que el autor decidió dejar su residencia de Buenos Aires para volver a establecerse en Mendoza, donde aguardó atendido por sus sobrinos hasta reunirse con su esposa.

Quino y Alicia huyeron a Italia tras el golpe de Estado en Argentina en 1976 y se instalaron en Milán. Anduvieron durante su     exilio (1976-1983) por Milán, Nueva York, Buenos Aires y Madrid, entre otros. 

A Alicia le dedicaba sus galardones, como el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades que recibió en 2014.

El estilo simple y potente de Quino lo hizo conquistar lectores en todo el mundo de habla hispana. Medios desde Chile hasta México y España le daban páginas enteras a sus dibujos en las que un pequeño hombrecillo sin nombre aparecía en situaciones donde se criticaba, a través del humor, las relaciones de poder con el jefe o con el Estado, el machismo, la violencia. Eran dibujos con pocas palabras que, sin embargo, lograban transmitir mensajes de maneras muy poderosas. Tanto que cuando sus obras comenzaron a ser publicadas en España, cuando todavía estaba vigente la dictadura de Franco, debían llevar un rótulo que las categorizaba “para adultos”.

No era la primera vez que se enfrentaba a la censura. En una entrevista que publica en su página web explica que en 1954, cuando llegó a Buenos Aires a buscar una carrera como dibujante, se enteró de cómo funcionaba la opinión en su país: “Chistes con la religión no, con sexo tampoco, con mi-litares no, que atenten contra la familia (que no sé bien qué quiere decir) tampoco. No había un ente censor, pero el secretario de redacción por ahí te decía ‘No, esto mejor lo guardamos’. Era una especie de autocensura, pero se sabía que venía de más arriba”. Eso, para un hijo de una familia española con opiniones muy fuertes en contra del franquismo, lo hizo desarrollar un humor cada vez más ácido e inteligente.

Sin embargo, fue Mafalda la obra que lo convirtió en un autor ícono. Esa niña pelinegra, inteligente, independiente y liberal, que amaba a los Beatles y entendía el pacifismo mejor que muchos adultos, lograba desde su visión infantil hacer profundas críticas sociales que involucraban muchos temas vigentes en los años 70, como el FMI, las tensiones entre potencias mundiales y la desigualdad. “Me pregunto cómo es posible que yo haya dibujado hace tanto tiempo cosas que siguen pasando hoy”, dijo en el 2004 en la Feria del Libro de Buenos Aires.

Esa atemporalidad de sus dibujos fue clave. Mafalda fue traducida a más de 20 idiomas y convirtió a Quino en un autor conocido para varias generaciones. La historia de este personaje, el favorito para casi todo el mundo, es particular: el primer dibujo de Mafalda fue producto de un encargo para una campaña publicitaria de electrodomésticos Mansfield que nunca vio la luz. Luego, Quino creó una tira cómica alrededor de ella: al principio era una niña que les hacía preguntas que sus papás no sabían cómo responderle, pero luego llegaron varios personajes que mostraban distintos ángulos de la sociedad.

En algún momento, apareció la sopa. Era la única comida que Mafalda odiaba y que, según explicó Quino en varias ocasiones, era una alegoría a la dictadura que a los argentinos les imponían.

La tira pasó también al cine, con un largometraje de dibujos animados hecho en Argentina, de 75 minutos, en el cual los personajes reproducían en lenguaje sonoro los escritos que su creador les había dado. Pero a Quino no le parecía algo tan satisfactorio, ya que al salir del estreno oyó que algunos decían: "¡Pero ésa no es la voz de Mafalda!". Así que la traspasó al cine mudo.

Mafalda se dibujó desde 1964 hasta 1973, luego de 1.928 tiras. Los dibujos 'viejos’ que nunca perdían vigencia seguían publicándose en periódicos de todo el continente. Quino solo le volvió a dar voz en contadas ocasiones: una de ellas fue en 1987, tras el fallido golpe de Estado de 1987 contra el presidente Raúl Alfonsín, cuando apareció una viñeta de Mafalda diciendo: “¡Sí a la democracia! ¡Sí a la justicia! ¡Sí a la libertad! ¡Sí a la vida!”.

Un grito simple que podría resumir la filosofía de ese dibujante que, con sus obras y su pensamiento, marcó a cientos de miles de lectores.l