Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 06 de mayo de 2021
  • Actualizado 08:20

Neydi Hurtado, la boliviana que en Chile se convirtió en ‘madre ojo’

La cruceña migró a Chile en 2018, junto a cinco de sus hijos, en busca de una mejor vida. Sin embargo, en 2019, un perdigón policial dejó tuerto a su hijo Michael, trastocando por completo sus planes en el país vecino. 

Las protestas que se realizaron en Chile, en 2019, (i). Neydi Hurtado (al centro) junto a cinco de sus hijos, (arriba). Michael luego de recibir el perdigón en el ojo, (abajo). CORTESÍA FAMILIA HURTADO
Las protestas que se realizaron en Chile, en 2019, (i). Neydi Hurtado (al centro) junto a cinco de sus hijos, (arriba). Michael luego de recibir el perdigón en el ojo, (abajo). CORTESÍA FAMILIA HURTADO
Neydi Hurtado, la boliviana que en Chile se convirtió en ‘madre ojo’

El lunes 2 de marzo de 2020 caminaba sus últimos minutos y Neydi Hurtado debía estar durmiendo en Copiapó, una norteña ciudad chilena enclavada en el desierto de Tarapacá, cuando su teléfono comenzó a sonar. Sus conocidos en Mejillones, distante a 643 kilómetros, la buscaban para lo peor -o casi- que puede esperar una madre. Su hijo Michael, entonces de 18 años, había sido internado en un hospital de Antofagasta, a 65 kilómetros de Mejillones. Iban a operarlo de emergencia porque había recibido un disparo, mientras trabajaba haciendo delivery de sushi. Por lo que le contaron, la vida de Michael no corría peligro, pero, estando tan lejos, no podía quedarse tranquila y dormir. Tomó de inmediato un bus con destino a Antofagasta y, diez horas después, llegó al hospital. “Cuando llegué a Antofagasta, ya había salido de la operación y estaba en pabellón de recuperación. Para mí, eso fue un golpe muy duro, llegar y verlo a mi hijo ahí, en una cama, tirado. Hasta ese momento no sabía que él había perdido el ojo”, me relató, unas semanas después de la cirugía, la mujer que en ese momento aún tenía 39 años. “En eso a mí la vida se me desmoronó en un segundo. Nunca pensé en pasar por esto”.

Michael había recibido un perdigón en el ojo izquierdo, cuando atravesaba circunstancialmente por una plaza de Mejillones. Le había disparado un carabinero, un miembro de la Policía chilena que reprimía una protesta ciudadana. La manifestación era una de las tantas que se multiplicaron en ese país después del 18 de octubre de 2019, cuando un incremento en el costo de los boletos de metro provocó un inédito estallido social que un año después, con más de 20 muertes y de 2 mil heridos de por medio, condujo a un plebiscito para aprobar cambios en la Constitución chilena.

Casi nada de eso pasaba por la cabeza de Neydi en marzo de 2020. Porque, para empezar, ella no es chilena, sino boliviana, cruceña, para más señas. Migró a Chile en febrero de 2018, junto a cinco de sus hijos también cruceños, el mayor de ellos Michael, con el propósito de buscar una mejor vida que la que tenía en Santa Cruz. “Yo me vine a Chile para buscar días mejores para mis dos niños. Tengo dos niños enfermos”, me contó Neydi, ya a finales de mayo de 2020, a casi tres meses del hecho que dejó tuerto a Michael. “Y mire con lo que me topo: a mi hijo le desgraciaron la vida”.

VÍCTIMA DE LA CRISIS DE 2019

Solo con el paso de los días, Neydi comprendió que la desgracia de Michael no era un hecho aislado. Él es una de las más de 400 personas que, según datos del Gobierno de Chile, han sufrido traumas o lesiones oculares desde el 18 de octubre de 2019, durante las protestas sociales repelidas por los carabineros. Lo particular de su historia es que Michael sería el único boliviano que ha sufrido un daño ocular en las protestas del último año en Chile. Y como cabía esperar, fue una víctima completamente circunstancial de la refriega policial, porque él no estaba protestando ni nada parecido; tuvo la mala suerte de pasar por el lugar del conflicto mientras iba a entregar un pedido de sushi.

Tan circunstancial fue la desgracia de Michael, que la noche de ese 2 de marzo ni siquiera debía estar trabajando. “La chica que estaba repartiendo se tuvo que ir porque su hija estaba en su casa llorando por los gases lacrimógenos y los disparos. Se fue y yo fui a cubrirla a ella, al sushi. Por eso me fui a repartir”, me dijo.

Michael debía trabajar hasta la 01:00 del martes 3, así que el pedido que iba a entregar cuando pasó cerca de la protesta era el penúltimo de su turno. “Los pacos de acá de Mejillones, como son pocos, me dijeron que pase y todo tranquilo. Cuando estaba volviendo me paré en la esquina a saludar a mis amigos; me bajé de la bicicleta, llegaron los pacos de  Antofagasta y empezaron a disparar unas  bombas. Cuando escuché los sonidos de las bombas, miré (para identificar) de dónde ve-nían los disparos y, cuando miré atrás, fue cuando me llegó el perdigón al ojo”, relató con una precisión de datos que solo llegaba hasta el momento en que recibió el proyectil. “Cuando sentí el disparo, me desvanecí. Me caí de la bicicleta, al piso. Mis amigos me llevaron al hospital. Me trasladaron al hospital de Antofagasta. Llegué directo a sala de operaciones y ya después amanecí en la sala de recuperación”.

Al amanecer despertó y vio a su madre, la vio como nunca antes lo había hecho hasta entonces: con un solo ojo, el derecho. Neydi ya había hablado con el oftalmólogo que lo había intervenido. “Él me explicó que, al ingresar el perdigón, había reventado el globo ocular y que él había perdido su ojo, y no había nada que hacer”, rememoró.

El sueño de encontrar mejores días en Chile se oscurecía para Neydi, Michael y los otros cuatro hijos de ella, que forman parte de la creciente comunidad de bolivianos afincados en Chile, la cual, según estimaciones de la   Organización Internacional de las Migraciones (dependiente de la ONU) para 2020, reúnía a 41.379 personas.

Michael permaneció internado durante una  semana en el hospital de Antofagasta. Para cuando le dieron el alta al hijo, él y su madre ya no tenían trabajo. Michael no podría trabajar como repartidor ni aunque quisiera, pues  recién estaba habituándose a vivir con un solo ojo. Neydi no pudo recuperar su trabajo en un almacén en Copiapó, que debió abandonar para hacerse cargo de su hijo. Ambos volvieron a su casa en Mejillones, donde los esperaban los restantes hijos de la familia y donde pasarían la mayor parte de la cuarentena por coronavirus, decretada en Chile solo unas   semanas después, el 18 de marzo.

UN NUEVO INICIO

Mejillones, una ciudad costera de Chile que alguna vez fue parte de Bolivia y que aún se evoca en su Himno al Mar, se convirtió en el primer hogar de Neidy y sus cinco hijos en territorio chileno. A ese pequeño poblado, que hasta 2017 registraba poco menos de 13.500 habitantes, llegaron animados por la hermana de ella, asentada allí hace ya algunos años  con su propia familia. 

Tampoco tenían mucho más para aferrarse a Santa Cruz. Neidy era madre soltera y sin relación con los padres de sus hijos. La primera de sus parejas, con la que tuvo a Michael y a un hermano mayor que él aún radicado en Santa Cruz, la abandonó hace más de 13 años. Y de la segunda, con la que tuvo otros cuatro hijos más, se separó hace más de seis años. De ninguno de los padres ha recibido ayuda alguna para criar a los hijos, ni siquiera a sabiendas de que los dos hijos menores, de 10 y 7 años, sufren enfermedades graves: el primero padece un cáncer y el segundo tiene autismo.

La búsqueda de mejores condiciones de vida para sus hijos y ella la llevó a Mejillones, donde encontró un sitio para asentar su vivienda, a solo unos 300 metros de la costa del océano Pacífico al que alguna vez tuvo acceso soberano su país de origen. Inscribió a sus cinco hijos al colegio y, con el tiempo, los dos mayores consiguieron trabajos para apoyar económicamente a su madre. Neydi se ganó la vida haciendo muchas cosas en Mejillones, pero pronto descubrió que había mejores oportunidades laborales en Copiapó, una ciudad con intensa actividad vitivinícola que ofrecía puestos de trabajo estacionales a muchos compatriotas suyos.

En Copiapó estaba ella con un trabajo estable cuando un carabinero dejó tuerto a su hijo, en Mejillones. Y en esa ciudad portuaria se volvió a instalar en marzo de 2020 con sus cinco hijos, tras el alta de Michael. No podía dejarlo solo. Si hasta antes del 2 de marzo, él ya era un muchacho casi independiente, la desgracia de esa noche no solo le despojó de uno de sus ojos, sino también de su autonomía para  valerse de sí mismo. Ella debía hacerse cargo nuevamente de él, una tarea inesperada y que se sumaba al cuidado de los dos hijos menores y enfermos.

Así como a los más chicos les ofrendaba sus brazos y piernas para alimentarlos y llevarlos de un lugar a otro, brindaría sus ojos a Michael, al que solo le quedaba uno que, para más drama, muchas veces se nublaba o le   dolía y no le permitía desenvolverse con     normalidad. Operaciones tan sencillas como comer y calcular sus pasos para no caerse o tomar transporte público se volvieron una misión titánica en la que debió ser socorrido por su madre. Su madre que tomó el lugar del ojo que había perdido por la violencia  policial en un país ajeno.

Neydi destinó los pocos ahorros que tenía para surtirse de alimentos y otros enseres imprescindibles para enfrentar la cuarentena por coronavirus en Mejillones. Para sopesar los gastos recibió colaboración de amigos y conocidos, que les donaban comida e implementos de bioseguridad para facilitarles la  vida en pandemia. De los gastos médicos, al menos de la cirugía y los chequeos posteriores, se ocupó el Estado chileno.

OJOS DE CHILE

Para su fortuna apareció en sus vidas la Fundación Los Ojos de Chile, que le dio soporte material y legal, al igual que a otras víctimas de la represión policial que habían sufrido daños oculares. Su contribución -me contó ella ya en julio- fue esencial para aprovisionarse de cosas tan básicas como alimentos, pañales y hasta mascarillas para cuidarse del coronavirus.

La fundación fue también clave para encaminar el tratamiento posterior de Michael. Le permitieron acceder a especialistas oftalmológicos en Santiago para analizar la posibilidad de implantarle una prótesis a manera de ojo izquierdo. Tras varios viajes y pruebas, Michael fue finalmente operado el 22 de octubre, solo unos días después de las elecciones presidenciales en Bolivia y solo unos días antes del plebiscito constitucional en Chile. Con él viajó obviamente Neidy, que lo acompañó y lo llevó de vuelta a Mejillones, un día después.

Desde marzo hasta octubre, ella tuvo que ocuparse a tiempo completo de sus cinco hijos. No tuvo trabajo alguno ni fuente de ingresos, a más de colaboraciones. Aun así no se privó de celebrar los cumpleaños de tres de sus hijos a finales de mayo: además de Michael, dos de los menores –Fabricio y Lucio- celebraron en una misma fecha, el 29, con un pollo al horno y una torta de chocolate que ella cocinó para mimarlos.

Los meses siguientes fueron duros para    Michael, que debió lidiar con la depresión por el trauma sufrido. Solo cuando se resignó y comprendió que la vida continuaba accedió a operarse. Durante ese tiempo, su madre lo acompañó y le insufló valor para seguir adelante, sin descuidar a sus restantes hijos. Neidy no tenía dinero para cuidarlos, pero sí el coraje suficiente para mantenerlos vivos y juntos a pesar de todo.

“UN OJO DE LA CARA”

En octubre, de forma casi paralela a la operación de Michael, ella finalmente consiguió un nuevo trabajo en Copiapó, en un fundo dedicado al cultivo de uvas. Ahí volvió a irse con tres de sus hijos. Michael y el que le sigue permanecieron en Mejillones. El trabajo de ella consistía en “ralear” la uva: evitar que los frutos maduren muy próximos y se dañen en los racimos. Esperaba trabajar de temporera en la cosecha siquiera hasta mayo de 2021, pero las nuevas restricciones por la segunda ola de covid-19 le llevaron a volver a Mejillones más antes. No está en sus planes volver a Bolivia, pues ha luchado mucho para hacerse un lugar en Chile. Podría decirse, sin asomo de humor negro, que a ella y su familia la vida en Chile les ha costado más de un ojo de la cara.

Michael, que ya tiene 19, concluyó el colegio y está animado a seguir estudios universitarios de mecánica industrial en Santiago. Tienes planes de irse a la ciudad capital, pero antes necesita reunir el dinero suficiente para cubrir los gastos de sus estudios. Ha vuelto a trabajar repartiendo alimentos y otros productos. Se sigue moviendo en bicicleta y emplea antiparras para que el viento no le lastime el único ojo con el que ve ni afecte la prótesis a la que finalmente se ha acostumbrado. “Así es como majeno bici y, gracias a Dios, no me pasó ningún accidente”, me contó hace solo algunos días, más de un año después del día en que un perdigón policial les cambió la vida a él y su familia.

Neydi planea seguir buscando mejores días en Chile, mejores días para ella y para sus hijos. No reniega de su bolivianidad y hasta prevé hacer una visita a Santa Cruz cuando las condiciones sanitarias lo permitan a fin de realizar trámites indispensables para conseguir su visa definitiva en Chile. Pero, más que boliviana, ella se sabe madre y quiere seguir siendo madre. Tanto así que espera llevarse a Chile a su hijo mayor, el único que vive en Bolivia, para reunificar a toda la familia y reencontrarse con sus nietos, los hijos de su primogénito. Ella que ha sido los ojos de Michael, quiere ahora abrirle los brazos a los hijos de sus hijos.