Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de octubre de 2019
  • Actualizado 02:24

EN CONTEXTO

Mujeres voluntarias dejan sus hogares y familias para salvar vidas

Ser parte de un grupo de salvamento no es fácil, se necesita tener vocación.

Grupo de mujeres rescatistas Fotos: Mariela Gutiérrez
Grupo de mujeres rescatistas Fotos: Mariela Gutiérrez
Mujeres voluntarias dejan sus hogares y familias para salvar vidas

Ser mujer y voluntaria de rescate o bombera no es una tarea fácil, requiere de mucho sacrificio y tener una vocación verdadera de servicio al prójimo. Muchas veces estas personas sacrifican su integridad física e incluso su vida por acudir a un llamado de emergencia. Tres mujeres valientes que forman parte de grupos de rescate y salvamento de Cochabamba tienen en común el principio de ayudar a los demás, la protección del medioambiente y combatieron el fuego en la Chitaquitanía. Son formadoras de carácter de aquellos que están iniciando en esta noble labor.


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ELVIA CLAURE (SAR — BOLIVIA)
Desde los 17 años es voluntaria en el Grupo Voluntario de Salvamento Bolivia S.A.R.


Ahora, con 32, Elvia Claure es especialista en búsqueda y rescate. Tiene capacitaciones en diferentes áreas, pero destaca en la recuperación de seres vivos. Es jefa de cuadrilla y debido a su trayectoria enseña a otros jóvenes sobre las labores que realiza.
La vocación de Elvia nace en su hogar, gracias a su madre.

“Mi mayor motivación ha sido mi mamá. Ella siempre ha sido la persona que piensa en los demás. No le importaba quedarse con lo justo y le daba a otra persona lo que tenía”, dice.

El trabajo de voluntariado no solo es para hombres, las mujeres también pueden hacerlo. Incluso hay más chicas en las cuadrillas y hemos visto desertar a varones que no aguantaron las condiciones en las que trabajamos”, dice Elvia Claure.


Su llegada al SAR – Bolivia fue por la recomendación de unos amigos y familiares. Comenzó con tareas simples de primeros auxilios, luego el área de bomberos y rescate. Ahora es una de las mujeres con más experiencia en esta especialidad.

Para formar parte de este grupo de salvataje, la capacitación dura de siete meses a un año, pasado este lapso puede portar el uniforme de la institución y salir a las calles cuando sea necesario.

Ella maneja su tiempo, trabaja independientemente y por eso le dedica gran parte de su día al voluntariado. Para Elvia, el SAR es su hogar y a su domicilio solo va de visita.

Estuvo en catástrofes locales, nacionales e internacionales. En Cochabamba, lo más destacado que hizo fue participar en la recuperación de ocho cuerpos en el derrumbe que hubo en la localidad de Chupacasa en Morochata. De la misma manera en Tiquipaya. Después, ayudó a mitigar el fuego en varios de los incendios del Parque Tunari. A nivel nacional, acudió a Caranavi en la ciudad de La Pazy a Tarija cuando se quemó la cuesta de Sama. En Chile trabajó de bombera para sofocar las llamas de una de las grandes catástrofes incendiarias del vecino país. “En 15 años he hecho tantas cosas que ahora ni me lo creo”, sostiene.

Tuvo la oportunidad de viajar a la Chiquitanía en dos oportunidades. La primera vez estuvo en las localidades de Taperas, Santa María, Lourdes, Chochis y San Javier. En su segundo ingreso acudió a Pailón, la reserva de la laguna Concepción, San Rafael, Esperancita, Mercedes y Rincón del duende. Lo más lamentable que pudo ver es la falta de conciencia de la gente. “Más allá de los trabajos que están haciendo todas las instituciones, voluntarios; la población no está tomando conciencia del daño que le estamos haciendo a la Tierra. Hemos controlado grandes incendios pero una vez que se repliega el personal vuelven los focos de calor y es gente maliciosa que está volviendo a quemar”, relata. Para Elvia fue triste ver grandes zonas boscosas quemadas y animales muertos.

Las mujeres que quieran ser voluntarias son bienvenidas, todas las instituciones reciben a las damas y no hay discriminación. Según Elvia hay más muchachas como rescatistas y cuando tienen que hacer cosas que requieren fuerza física, son respaldadas por sus compañeros.



ESTHER ROJAS (GRUPO DE SALVATAJE FUEGO Y RESCATE)

Con 29 años, Esther es uno de los miembros más recientes de la cuadrilla de Fuego y Rescate. Natural del Beni, esta joven ya tiene listo su uniforme para acudir al llamado de socorro. Cuenta que desde pequeña sintió el deseo de ayudar al prójimo, pero no encontraba una institución donde hacerlo. Vino a Cochabamba a estudiar fisioterapia. Una vez concluida su carrera, llegó al grupo de salvataje Fuego y Rescate. Hace seis meses que le dedica la mayor parte del tiempo a su formación como rescatista y a estar alerta ante cualquier eventualidad.

Equipo después de un arduo trabajo
Dentro de las actividades que realiza, Esther combina su agenda laboral con el voluntariado. En las mañanas trabaja cuidando a una persona de la tercera edad, por las tardes atiende a domicilio a sus pacientes. Sin embargo, prioriza más cuando la llaman para cualquier emergencia.

Acerca de su formación como rescatista, la joven dice que su familia la ayudó a tener la resistencia física necesaria. “Mis tres hermanos mayores me tuvieron como un soldado desde chica, por eso es que tengo resistencia. Les agradezco mucho”, resalta.

Su experiencia en la Chiquitanía fue bastante frustante por la falta de compromiso de los comunarios. Ella llegó con su cuadrilla a Cañón Verde y Tujná localidades cerca de la frontera con Brasil. En el camino vio sectores arrasados por el fuego y delimitados con llantas grandes . Lamentó la falta de colaboración de soldados en la zona y de los lugareños. “Da pena, rabia porque los animales huían o estaban muertos”, solloza.

Esther compartió con algunas madres que dejaron sus casas para ir a Santa Cruz. cuenta que sus hijos las llamaban constantemente para ver que estén bien, o viceversa, se preocupaban por sus pequeños.



MARÍA DE LOS ÁNGELES ALANES (GRUPO GEOS BOLIVIA)

Hace tres años que es voluntaria de la Fundación de Voluntarios de Salvamento y Rescate (GEOS) - “Para que otros puedan vivir”.Desde sus 19 años que está como bombera activa. María de los Ángeles, al igual que las otras voluntarias, tiene una gran inclinación de ayudar al prójimo. El 9 de abril de 2016 llegó al GEOS por recomendación de su hermana y permanece ahi desde entonces. Su familia la apoya e impulsa a seguir en esta actividad, a sabiendas del riesgo que se corre.

Ella estudia gastronomía por las noches y mezcla su vida familiar con el rescatismo. Su vocación comenzó cuando estaba en colegio, mediante las brigadas escolares de la Policía. “De 150 jóvenes, solo nos graduamos tres”, dice. Su capacitación fue desde el colegio gracias a estas brigadas.

Equipo en plena acción

María de los Ángeles está atenta las 24 horas. Sin embargo ella decide dónde y cuando acudirá al llamado de emergencia. Los acontecimientos más relevantes en los que estuvo, fueron los incendios en el Parque Tunari. De hecho, su primera intervención como bombera fue una denuncia de quema el 23 de junio de 2016. También ayudó a apagar el fuego en la cuesta de Sama, en el departamento de Tarija.

Además acudió al llamado de la Chiquitanía. Para ella fue duro ver animales muertos y cómo se quemaban los árboles. “Estuve destinada en varias comunidades de San Ignacio, San Joaquín y San Bartolo. Es cansador y triste, pero en ti queda la satisfacción de haber ayudado a apagar el incendio”, manifiesta María. El aliento y cooperación de las personas es un impulso para la joven. Esto la ayuda a seguir adelante, luchando en favor de los demás y del medioambiente.

María cuenta que el joven Ernesto Nina Mamani, fallecido el pasado lunes en la noche mientras sofocaba el incendio del Parque Tunari, fue su “yunta” cuando estuvo en Santa Cruz.

Entristecida por lo ocurrido, relata que durante su estadía en la Chiquitanía, Ernesto la cuidaba y se preocupaba por ella. “Me protegía y estaba pendiente si comía o no. Nunca me dejaba sola”, recuerda.

Según María, ellos viajaron a Santa Cruz el 18 de agosto con otros voluntarios de diferentes instituciones. Estuvieron juntos por 10 días y desde el 28 de agosto no se vieron más porque ambos fueron cambiados de destinos. “Él se fue con otra patrulla a Roboré, mientras que yo estaba en Concepción”, explica la joven.

Cuando retornaron a Cochabamba, no se pudieron ver porque Ernesto tuvo instrucción y María estaba descansando. “Ahora cuando me lo encuentro, me tocó verlo en un ataúd”, dice con tristeza.

Finalmente María se despidió de su “yunta” con estas palabras: “No es un adiós, solo es un hasta pronto hermano de fuego”.