Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 09 de marzo de 2021
  • Actualizado 06:46

Medicina natural y aislamiento, ‘receta’ indígena para sobrevivir al coronavirus

Charazani, Raqaypampa y Charagua, 3 pueblos indígenas de Bolivia, han encontrado en la aplicación de su farmacopea y en los encapsulamientos frente a la amenaza exógena las armas más prácticas para evitar que la pandemia los enferme y aniquile. 
Medicina natural y aislamiento, ‘receta’ indígena para sobrevivir al coronavirus.
Medicina natural y aislamiento, ‘receta’ indígena para sobrevivir al coronavirus.
Medicina natural y aislamiento, ‘receta’ indígena para sobrevivir al coronavirus

Los pueblos indígenas de Bolivia sobrellevan la pandemia de coronavirus sacando provecho de su aislamiento geopolítico, el cual les limita el acceso al sistema sanitario público, pero les concede mayor autonomía de gestión para encapsularse y cuidarse apelando a saberes ancestrales como la medicina natural.

Aunque no se conoce un levantamiento de datos integral sobre la incidencia de la covid-19 en la población indígena de Bolivia, los registros preliminares consultados para este reportaje revelan que los contagios y las muertes causados por la pandemia han sido significativamente menores en la región andina (de mayoría quechua y aymara) frente a los regis-trados en la región amazónica y chaqueña (con una mayor diversidad de naciones indígenas, siendo la chi-quitana y la guaraní las más grandes).

Esta investigación ha centrado sus esfuerzos en tres poblaciones indígenas de Bolivia: el municipio de Charazani, capital de la cultura Kallawaya, en La Paz; Raqaypampa, territorio indígena autónomo en el departamento de Cochabamba; y Charagua, municipio indígena autónomo del Chaco, en el departamento de Santa Cruz. Sin embargo, ha recogido también información de otras poblaciones indígenas de la región amazónica y tropical del país, en vista de su vulnerabilidad ante la pandemia.

El diagnóstico varía en función de las regiones investigadas. Mientras que en los pueblos indígenas de tierras altas (andinos), como Charazani y Raqaypampa, el impacto de la pandemia ha sido y sigue siendo reducido, por el número de casos y muertes reportados; en los pueblos de tierras bajas (chaqueños y amazónicos), como Charagua, el virus ha sido más agresivo, dejando más contagios y  fallecimientos, que en proporción a sus poblaciones de por sí minoritarias resultan preocupantes. 

Según el último Censo de Población y Vivienda en Bolivia, que data de 2012, la población autoidentificada como indígena en el país asciende a 2.806.592, equivalente al 40.6% de los censados. La Constitución boliviana reconoce 36 naciones indígenas. Poblacionalmente, la gran mayo-ría son quechuas (45.6%) y aymaras (42.4%), también conocidos como indígenas de tierras altas, frente a menos de un 12% de habitantes de las tierras bajas.  

Pandemia, olvido y autogestión. La pandemia llegó a Bolivia el 10 de marzo de 2020, en dos mujeres procedentes de Europa. Su estallido y expansión coincidió con el gobierno transitorio de Jeanine Áñez, que sucedió al renunciante Evo Morales en noviembre de 2019 y entregó el poder al elegido en las urnas Luis Arce, un año des-pués. Lo que se conoce como la primera ola de la covid-19 se extendió en Bolivia de marzo a noviembre de 2020, por lo que su atención corrió a cuenta del régimen transitorio.

La política sanitaria de Áñez se centró en aplicar cuarentenas rígidas y flexibles en todo el país, con un control estricto en las ciudades capitales de los nueve departamentos y con mayor densidad poblacional. Por sus limitaciones logísticas y presupuestarias le fue difícil gestionar un alto número de pruebas de coronavirus. Hasta el 6 de noviembre había aplicado poco menos de 338 mil, con 142.343 casos positivos, 1.305 sospechosos y 194.358 descartados. 

A esa limitación se atribuye que los casos oficialmente notificados sean inferiores a los reales, habiendo un subregistro que oculta la magnitud cabal de la pandemia en el país. Si el subregistro ha sido considerable en los municipios urbanos de mayor densidad poblacional, lo ha sido también en los territorios rurales con población indígena, adonde las pruebas de coronavirus han llegado en escasas cantidades o, en más de un caso, ni han llegado.

Otra muestra de la desatención del Gobierno transitorio hacia la gestión de la pandemia en las poblaciones indígenas fue la eliminación del Viceministerio de Medicina Tradicional, dependiente del Ministerio de Salud, degradado por razones de racionalización administrativa a una Dirección que por mucho tiempo se mantuvo acéfala. Asumiendo que la medicina tradicional natural es una práctica con mucho arraigo en las comunidades rurales del país, la desaparición del Viceministerio limitó sus acciones en las poblaciones indígenas que habitan en el campo. 

La degradación del Viceministerio se produjo pese a la vigencia de la Ley 459 de Medicina Tradicional Ancestral de Bolivia, promulgada a finales de 2013, que estableció el reconocimiento de médicos tradicionales, guías espirituales, naturistas y parteros y parteras, con el fin de primero registrarlos y luego incorporarlos al sistema de salud público, para que además se interrelacionen con la medicina facultativa.

Las autoridades de los tres territorios indígenas abordados en esta investigación coinciden en que la planificación presupuestaria para la atención de la pandemia corrió por cuenta de los gobiernos locales (alcaldías municipales y administración indígena). El papel de las gobernaciones departamentales y del gobierno nacional fue menor, cuando no nulo, y en algunos casos se redujo a la provisión de alimentos y algunos insumos médicos (Charagua). 

Las organizaciones comunales y los liderazgos locales fueron fundamentales para que los habitantes tomaran conciencia de la pandemia y adoptaran medidas para enfrentarla. Sin embargo, en algunos lugares, el escepticismo en torno a la existencia y los peligros de la covid-19 no han podido ser desterrado por completo.

La medicina natural tradicional ha sido el escudo más consistente de los pueblos indígenas para prevenir contagios y, en casos confirmados, para mitigar los efectos de los síntomas de la enfermedad.

Al margen de los efectos sanitarios, los pue-blos indígenas lamentan que las medidas res-trictivas, entre ellas el aislamiento y la prohibición de reuniones de gente, hayan alterado sus hábitos sociales. No solo redujeron o suspendieron sus reuniones colectivas de deliberación política, sino también las actividades festivas que son esenciales para actualizar sus vínculos sociales y con la madre naturaleza y otras deidades espirituales.

Otro capítulo merecen los estragos económicos que aún padecen las comunidades indígenas por efecto de la paralización de muchas actividades productivas y de las restricciones para desplazarse fuera de sus fronteras, una dinámica imprescindible para la generación de recursos en sus comunidades.

Ante la inminencia de la nueva ola de la pandemia, los pueblos ya asumen medidas para frenar el ingreso del virus y minimizar su impacto en términos sanitarios. Pero esperan que el nuevo Gobierno, a la cabeza de Luis Arce, con el que tienen mayor afinidad que con el transitorio, genere políticas adicionales para reactivar su vida productiva, social y cultural.

El espejo en Perú y Paraguay. Los pueblos indígenas enfrentan también un abandono estatal crónico en Perú, país con el que Bolivia comparte frontera (al noroeste), historia y culturas. En una pieza realizada de forma exclusiva para este reportaje, el desamparo que sufren se manifiesta en el déficit de cobertura sanitaria, pero también en la ausencia de datos sobre el impacto en términos de contagios y muertes, sobre todo en la región amazónica, la más expuesta a la pandemia por su proximidad con Brasil, el tercer país más afectado por la covid-19 en el mundo. La medicina natural que habita en sus bosques es lo único que tienen para resistir al virus que amenaza con extinguirlos. Sus líderes no pierden la esperanza de que la vacuna les llegue y les dé más fortaleza para vencer a la peste.

En Paraguay, con el que Bolivia limita por el sur, los índices de coronavirus son más bajos que en países vecinos, pero, aun así, el mal ha penetrado en las comunidades indígenas, dejándolas en un estado de indefensión incluso mayor al que ya enfrentaban. Otra pieza realizada de forma exclusiva para este reportaje muestra que los desalojos de tie-rras, el amedrentamiento armado, los incendios, las sequías y las inundaciones son expresiones de la extrema vulnerabilidad en que sobreviven los indígenas paraguayos, a la que la pandemia ha agregado un nuevo factor de riesgo, y no cualquiera, sino uno que apunta prolongarse sin visos de disolución a la vista. 

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NOTA: Este reportaje fue realizado gracias a una beca de investigación del Pulitzer Center. Los reportajes individuales se publicarán cada semana en la revista Así.