Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de septiembre de 2020
  • Actualizado 18:14

Jeanine Áñez, la mujer que dirige Bolivia y afronta desafíos 

Su llegada al Gobierno estuvo marcada por la polémica. La beniana de 52 años asumió la Presidencia de Bolivia para pacificar el país.

Jeanine Áñez, presidenta transitoria de Bolivia. PRESIDENCIA
Jeanine Áñez, presidenta transitoria de Bolivia. PRESIDENCIA
Jeanine Áñez, la mujer que dirige Bolivia y afronta desafíos 

Era domingo 10 de noviembre. Faltaban pocos minutos para que el reloj marque las cinco de la tarde. A través del canal de televisión nacional Bolivia TV, el entonces presidente de Bolivia, Evo Morales Ayma; el vicepresidente, Álvaro García Linera, y la ministra de Salud, Gabriela Montaño, salieron en la pantalla para hacer un anuncio. Después de 21 días de movilizaciones en todo el país,  ambos mandatarios oficializaron sus renuncias. 

La convulsión social que ya existía en el país empeoró y, sin saberlo, una mujer que se encontraba en Beni tenía en sus manos la posibilidad de pacificar el país.  

En la ciudad de Trinidad, la segunda vicepresidenta de la Cámara de Senadores, Jeanine Áñez, estaba pendiente de su teléfono. Des-pués del vacío que dejó Morales, varios especialistas y políticos analizaban la posibilidad de que ella asumiera el cargo de acuerdo a la sucesión constitucional establecida. 

Luego de algunas horas de debate, el 12 de noviembre Áñez salió al balcón de palacio Quemado, acompañada de sus más allegados, para convertirse en la segunda mujer Presidenta de Bolivia, después de Lidia Gueiler (1979). 

La Primera Mandataria comenzó su carrera política hace más de 10 años, específicamente en 2006. En aquel entonces y, quizás hasta hace unos meses, ella jamás imaginó que sería la mujer más importante de Bolivia y que tendría en sus manos la posibilidad de devolverle la estabilidad al Estado. 

El 12 de diciembre cumplió un mes de gestión. Durante ese tiempo se la vio derramar lágrimas y regalar sonrisas. Su camino no ha sido fácil y el desafío que afronta es fundamental. 

DE SAN JOAQUÍN A PALACIO QUEMADO 

Jeanine Áñez Chávez nació en San Joaquín, un pueblo en Beni, el 13 de agosto de 1967. Es la menor de ocho hermanos. 

La Mandataria contó que cuando era niña soñaba con ser presentadora de televisión o radialista. Después de obtener su título como secretaria ejecutiva, se casó y comenzó a estudiar Derecho, carrera que concluyó en 1991. Sus ansias por crecer sobrepasaban cualquier impedimento.   

La perseverancia la llevó a cumplir uno de sus deseos: durante un tiempo se desempeñó como conductora y directora del canal Totalvisión del Beni. El día en que Áñez fue nombrada Presidenta, la acompañaron las dos personas más importantes de su vida: sus hijos Carolina, de 29 años y José Hernando, de 24. 

A través de sus redes sociales compartía los momentos que pasaba con su familia, sus mascotas y las actividades que realizaba. Aunque, desde que asumió el cargo presidencial, su agenda diaria se divide entre los compromisos políticos y sociales que tiene, por lo que su espacio libre se ha reducido a casi nada. 

La sensibilidad se le nota a flor de piel. Se declara una amante de los animales. Durante este último mes adoptó a Pitita, su nuevo compañero de cuatro patas.  

Con su llegada al Palacio, también ingresó la biblia, un elemento que está presente en su día a día desde que se convirtió en evangélica. A pesar de las diferentes críticas que recibió por parte de muchos grupos contrarios a su ideología, ella continúa firme en sus creencias. Además, para lograr la reconciliación con los pueblos indígenas, también incorporó la wiphala y la bandera de flor de patujú.  

Después de casi 14 años, los bolivianos vieron el rostro de alguien diferente al mando del país. Esto ocasionó alegrías, por un lado, y lamentos, por el otro. La estadía de Áñez quedó lejos de ser tranquila. Durante una entrevista con la revista Forbes contó cuál fue el momento más difícil que vivió hasta ahora: “La noche en la que fallecieron ocho personas fue la más dura, porque fue un momento que nosotros tratábamos de evitar, no queríamos que suceda. (...) Fue un acto muy macabro”, explicó sobre los enfrentamientos entre cocaleros, Policía y militares en el municipio de Sacaba, en Cochabamba. 

A pesar de ello, sostuvo que la salida del Ejército era necesaria para darle tranquilidad a los ciudadanos que vivían momentos de terror. La desinformación ocasionó una histeria colectiva a nivel nacional. 

No fue la única ocasión en la que mostró determinación. También fue clara al referirse a las relaciones políticas del país con Venezuela, Cuba, Argentina y Estados Unidos. Criticó al denominado “socialismo del siglo XXI” y confirmó sus intenciones de retomar los lazos con EEUU. 

Su posición no generó ninguna sorpresa. Desde sus inicios fue opositora al Gobierno de Morales. Cuando comenzó en 2006 era miembro de la Comisión de Organización y Estructura para la creación de la nueva Constitución del Estado, donde se desarrolló como abogada en el poder judicial. Su primera participación como senadora fue en 2009, junto al partido Plan Progreso de Bolivia-Convergencia Nacional. 

Debido a su vocación política, apostó por postular nuevamente al mismo curul. Esta vez de la mano de Unidad Demócrata, con el que se mantiene actualmente.

Ahora, Áñez y su gabinete tienen la tarea de devolverle a Bolivia el orden. Su gestión transitoria debe terminar cuando el proceso de elecciones concluya y el país tenga, por fin, un nuevo mandatario. En reiteradas ocasiones se le consultó sobre su interés de participar en los próximos comicios. Sin embargo, aseguró que no era su prioridad, pero no descartó esa posibilidad en un futuro. 

En un breve contacto de OPINIÓN con la Presidenta, a través de correo electrónico, explicó cómo se visualiza en un futuro: “No se me ocurre. Todo ha cambiado en pocos días. Por ejemplo, en octubre. Lo que sí tengo claro es que quiero que me vean como una mujer que, desde la Presidencia, trabaja sin descanso por un objetivo muy particular: la reconciliación de los bolivianos. (...) Es una responsabilidad porque no puedo fallar. No quiero defraudar”.

Desde el exilio, Evo Morales y sus seguidores calificaron el nombramiento de Áñez como un golpe de estado. Otros, apoyaron sus medidas y aseguraron haber recuperado la democracia. Sin lugar a dudas, lejos de cualquier juicio de valor sobre su mandato, es seguro que quedará marcado con tinta indeleble en los anales de la historia de Bolivia.