Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 17 de mayo de 2022
  • Actualizado 07:21

Historias de enfermos renales que encontraron una nueva oportunidad en el Instituto del Riñón

El centro médico trabaja con personas de escasos recursos que requieren hemodiálisis. Su meta es hacer trasplantes. Algunos pacientes esperan años por un riñón nuevo y otros rehúyen a la idea por no pedírselo a sus familiares. 

Pacientes que reciben hemodiálisis en el Instituto del Riñón. NOÉ PORTUGAL
Pacientes que reciben hemodiálisis en el Instituto del Riñón. NOÉ PORTUGAL
Historias de enfermos renales que encontraron una nueva oportunidad en el Instituto del Riñón

Hace una década, ser diagnosticado con insuficiencia renal era, para     algunos, casi una sentencia de muerte. Recibir un tratamiento para la enfermedad implicaba gastar hasta 5.000 bolivianos por semana, una cifra exorbitante que, la mayoría, no podía cubrir. 

Pese a que ahora el Estado subvenciona la hemodiálisis, aún sigue siendo un tema delicado que requiere mucha fortaleza para enfrentar el diagnóstico. Sin embargo, los pacientes encuentran una nueva esperanza de vida en centros médicos como el Instituto del Riñón, donde llegan desde diferentes partes de Cochabamba y el resto del país para recibir atención. 

Las personas con enfermedad renal tienen distintas historias, aunque la mayoría comparte patologías, como la diabetes, que agravan su situación médica. Pese a eso, en aquella sala de diálisis, con paredes de color claro que sirven como escudo ante el virus que deambula en el exterior, todos buscan un mismo resultado: seguir viviendo. 

El Instituto del Riñón comenzó a funcionar hace siete años de la mano del matrimonio conformado por Marcelo Quinteros y Claudia Valerio, quienes decidieron invertir sus ahorros para crear este espacio. 

El médico explica que conjugaron sus especialidades —él es nefrólogo y su esposa, nutricionista— para poder construir desde los cimientos un centro que brinde un servicio médico integral y que, a la par, tenga impacto social en la región. 

Luego de regresar al país desde Argentina, donde Quinteros hizo su especialidad, se encontró con un panorama poco favorable para los enfermos renales. El Gobierno, a través del Ministerio de Salud, aún no financiaba el     tratamiento, así que la única manera de acceder era de forma particular en los pocos centros que había en la ciudad. “Esta enfermedad es catalogada como catastrófica porque involucra a muchos especialistas, los tratamientos son costosos, en general, y lleva tiempo de evolución que depende de la alimentación, el medioambiente, condiciones sociales, etc.”, explica.

En ese entonces, cada sesión de hemodiálisis costaba alrededor de 1.500 bolivianos. Tomando en cuenta que una persona requiere dializar tres veces a la semana, suma 15 sesiones mensuales —o más— de por vida, lo que suponía más de 22.000 bolivianos cada 30 días.  

“Cuando uno hablaba de diálisis, era decir que estaba desahuciado. Uno pensaba que iba a perder todos sus recursos, su casa o su auto, o pensaba en comprarse riñones. Era un drama”, cuenta Quinteros. 

En 2013, se creó la Ley N° 475 de Prestaciones de Servicios de Salud Integral que dispone que los enfermos renales accedan a la diálisis y a los trasplantes de riñón de forma gratuita. Actualmente, en Cochabamba, alrededor de 3.000 personas se benefician. 

Por su parte, el Instituto del Riñón recibe a 65 pacientes de forma gratuita; la mayor tiene 84 años y la menor, 17. 

Entre ellos está doña Martha, de 67 años, una de las pacientes más antiguas del departamento. Inició su tratamiento hace más de una década y a lo largo de ese tiempo ha sorteado todo tipo de malestares y adversidades, como el coronavirus. 

En unos minutos de las cuatro horas que debe permanecer dializando, cuenta que ha estado bien, no se contagió con COVID-19 y se mantuvo estable. 

“El enfermo que dializa no es que se olvida, sino que hay otros problemas que hay que controlar. Por ejemplo, más de la mitad de nuestros pacientes son diabéticos”, explica Quinteros. 

Entre los enfermos renales que además deben combatir otros problemas está Benjamín Josué, considerado uno de los más queridos del Instituto. El joven, de 23 años, es sordo y tiene síndrome de Down, que lo lleva a tener una mentalidad de cuatro años, según Quinteros. 

Llegó desde el pediátrico cuando cumplió la mayoría de edad. En principio, su mamá tenía temor por el hecho de que comparta el espacio con personas adultas, pero él pudo adaptarse y ganarse el cariño de todos. “Es una dulzura. Es un aporte emocional a nuestro  centro. Todos los pacientes le consideran la wawita del lugar. Él es sorprendente, es un milagro, es muy tranquilo”, añade el médico.

La insuficiencia renal afecta a las personas en edad productiva, entre los 30 y 50 años, lo que también tiene un impacto social porque les impide realizar sus labores habituales. “La mayoría de nuestros pacientes son gente pobre, que tiene que trabajar para sobrevivir”. 

Hortencia es otra de las primeras pacientes del Instituto. A sus 54 años dice que “gracias a Dios estoy muy bien”. Desde que comenzó la pandemia reforzó sus cuidados lo que la mantuvo alejada del virus.  

RECORRER KILÓMETROS POR SALUD

La enfermedad no discrimina, dice un dicho. Y lo saben bien quienes llegan desde el interior de la región o de otros departamentos para acceder a la atención médica.

Algunos pacientes vienen a Cochabamba desde Oruro, Santa Cruz, Potosí o La Paz, pero también desde otros municipios como Punata, Tarata, Parotani o Suticollo, entre otros lugares más. “Por la ubicación geográfica, Cochabamba es estratégica en cuanto a salud. Brinda la posibilidad de acceder a centros médicos. Hay buenas condiciones para que el paciente del interior llegue”, dice Quinteros. 

Uno de los casos es de don Jorge, quien viene desde Tarata cada vez que tiene que dializar. Pese a sus 77 años, aún labra la tierra. “Tenía duraznos, ahora tengo maíz. En Carnavales tienen que ir y vamos a comer. Ahora el Valle Alto está en lo mejor”, dice pícaramente, mientras está echado en la cama y tiene una mano conectada al aparato que le hace la diálisis. 

Comenzó su tratamiento hace cuatro años. Aunque se lo nota cansado, su voz muestra ánimo, porque como él mismo dice: “Yo estoy como un joven”. 

Otra de las pacientes que llega desde otro municipio es Elizabeth. Ella viaja tres horas —ida y vuelta— para llegar a Cochabamba desde Punata cada vez que le toca recibir su tratamiento. Con la voz algo cansada, quizá por el viaje o por la misma realidad que vive, cuenta que en febrero se cumple un año desde que comenzó su diálisis. 

A sus 52 años, comenzó a tener fallas en el riñón luego de padecer durante largo tiempo diabetes. “Ya estaba 10 años con la diabetes. Me operaron de la vista, ahora veo todavía, ya no estaba pudiendo”, asegura. 

El apoyo de sus hijos es fundamental para que ella realice su tratamiento sin interrupción. Antes de que empeore su situación médica, ella se dedicaba a vender artefactos para el hogar, en Punata; ahora sus hijos y su esposo se encargan del negocio familiar. 

Quinteros cuenta que Elizabeth es una gran postulante para recibir el trasplante de riñón de parte de su hija, pero para ella esa no es una opción. “Mi hijita me quiere dar, pero no quiero sacrificarle. Ella es joven. Yo quiero que disfrute todavía su vida. Yo ya no, así no más ya quisiera vivir”, relata entre lágrimas.  

UNA ENFERMEDAD EN PANDEMIA 

Bolivia vive a pleno la cuarta ola de la COVID-19. Desde que llegó el virus al país se vivió diferentes etapas. Quinteros cuenta que durante la primera ola las personas no tenían mucha información sobre la gravedad del virus. “Tuvimos varios pacientes con COVID. Algunos han fallecido en su domicilio”. 

Además de la diálisis, se requiere una serie de medicamentos específicos que a veces son difíciles de conseguir y la cuarentena rígida fue una barrera aún mayor. 

A partir de la segunda ola, la situación de los pacientes mejoró a la hora de hacer el triaje y tomar las medidas necesarias para el aislamiento. Respecto a la tercera ola, fue una etapa más tranquila porque inició la vacunación y ellos fueron de los primeros en recibir las dosis por su condición médica. “Eso disminuyó el impacto”. 

“En esta cuarta ola no hemos tenido ni un solo paciente con COVID en el centro. En otros lugares sí hay, pero leves. La vacuna ayudó bastante. Por eso, la recomendación es vacúnese, sin pensarlo dos veces”, recomienda Quinteros. 

El cuadro médico delicado que tienen los enfermos renales los convierte en víctimas de virus como la COVID-19. En caso de contagiarse, se teme que puedan presentar complicaciones severas.

Otro de los problemas, según Marcelo, es que sufren, a veces, discriminación en los centros médicos por su situación y que hay estigma en torno a ellos debido a que tienen una enfermedad grave y no les quieren brindar atención. 

Asimismo, desde que comenzó la pandemia, la COVID también los golpeó. Muchos de los pacientes fueron perdiendo a los familiares que los acompañaban en su diálisis debido al virus. 

Actualmente, el Instituto del Riñón también cuenta con el servicio de más de 10 especialidades que son importantes a la hora de detectar la insuficiencia renal, como cardiología, gastroenterología o medicina interna. 

“Las enfermedades están fuertemente ligadas con el corazón, los pulmones, la parte metabólica. Entonces, se trabaja todo por partes”, explica. 

El sueño a futuro del matrimonio, luego de convertir el instituto en fundación, es crear un espacio de hospitalización para realizar trasplantes u otras intervenciones quirúrgicas. Asimismo, también desean continuar haciendo investigación que aporte al departamento. 

Como parte de esa idea, está la implementación de la diálisis peritoneal, que es más fácil de aplicar que la hemodiálisis porque cada paciente puede hacerlo de manera individual. Esta es una opción para los que viven lejos de la ciudad y que, por diversos motivos, no pueden llegar.

Se espera que el Ministerio de Salud también subvencione este tratamiento. 

Mientras tanto, pacientes como Lizandra se preparan para recibir un nuevo riñón. La paciente, de 23 años, comenzó a dializar hace un año. Es hija única y luego de hacerles estudios a sus papás, determinaron que su mamá es la mejor opción. 

Está haciendo los trámites para que le asignen un centro trasplantador y sigue con los estudios médicos mientras dure el proceso, que puede ser entre tres y seis meses. 

Pese a la felicidad que puede suponer recibir un nuevo riñón, ella tiene una mezcla de emociones, sin perder la esperanza de continuar su vida. “Tengo un poco de miedo, pero estoy confiada en que saldrá bien”, finaliza.