Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 02 de octubre de 2022
  • Actualizado 17:58

Guerra: poder, destructividad y miseria

Favio Javier Sandoval, psicologo.
Favio Javier Sandoval, Psicologo.
Guerra: poder, destructividad y miseria

La guerra es una de las tantas manifestaciones de aquella hostilidad primaria que, según el psicoanálisis, es parte inherente del ser humano. Al ser, por tanto, una expresión de la agresividad, es tan antigua como la humanidad misma y se encuentra en los albores de la cultura. Para Freud, violencia y sociedad están íntimamente ligadas, pues cuando el padre del psicoanálisis especuló acerca del origen de la sociedad humana configuró la idea de que una primera alianza se originó en torno al siguiente hecho: los hijos asesinan al padre de la horda primitiva para acceder a las mujeres del clan y la realización del plan supone el más absoluto secreto. Así, un grupo afianza sus vínculos en torno a la agresión hacia un agente externo al que considera una amenaza. 

La guerra presenta similitudes con esta situación. En la antigüedad, esta se originó a partir de la existencia de clanes que pregonaban su fuerza mediante la coacción de otros grupos menos favorecidos, a los cuales les expropiaban territorios y riquezas, permitiendo que esas pocas familias se enriquecieran y lograran construir imperios grandiosos, con los cuales se identificaban una infinidad de súbditos y vasallos. Vemos de esta forma que la guerra se presenta como práctica que mantiene la unión social de un grupo, pues no solo posibilita el engrandecimiento de un imperio, sino que, en ocasiones, proporciona esclavos que sostengan la base del mismo.

La aparición de estos nuevos reinos supuso algo más: el surgimiento de los ejércitos, es decir, guarniciones de hombres equipados que están al servicio del monarca y que reciben una remuneración económica por el hecho de estar listos para librar batallas o invadir una región. De esa forma la guerra se transforma en un estado permanente que experimenta la humanidad.

Nuestra sociedad ha crecido convencida de que la guerra es un estado natural del humano, pues se cree que la misma responde a las convicciones de una cultura que tiene a la fuerza y al dominio del otro como expresiones de valor y poderío. La literatura está plagada de ejemplos de esta índole: quedamos maravillados con el valor de Aquiles, encolerizado, profanando el cadáver de Héctor; nos subyuga la obediencia divina de Arjuna, el protagonista del Bhagavad Gita, que, a pesar de su renuencia, da muerte a sus seres queridos cumpliendo el dharma propio de su casta; nos conmociona el carácter intrépido de los soldados en las guerras mundiales y los aclamamos como héroes. 

A pesar de toda la grandiosidad que la literatura y la propaganda expresan al respecto, convengamos que la guerra es una porqueria. Me adscribo a lo que afirma Svletana Alexievich en su novela “La guerra no tiene rostro de mujer”: la guerra puede ser vivenciada a partir de dos sensibilidades, hay quienes afirman que se trata de un evento donde emerge lo más sublime del humano, su amor incondicional a una causa abstracta y para ello es válido cualquier fin, como matar y destruir. Pero, por otro lado, este actuar conlleva consecuencias y miserias en todos los participantes, abundan la muerte y el dolor y la heroicidad es una falacia. Alexievich afirma que son los hombres los que glorifican la guerra y que las mujeres viven de otra forma este evento. Yo no diría que la guerra es una cosa solo de hombres, sino que responde a una forma de concebir el mundo que ve como perspectiva de desarrollo el dominio y la violencia y esto es independiente al género de un sujeto. Por otro lado, es algo que hemos aprendido en algún momento y que, también, se podría desaprender, pero mientras me planteo esta digresión, las bombas siguen cayendo en Kiev y Jarkov dejando centenares de muertos y heridos, confirmando eso que Freud afirmó hace muchos años atrás: “El hombre es el lobo del hombre”.  

NOTA: Para cualquier consulta o comentario, contactarse con Claudia Méndez del Carpio (psicóloga), responsable de la columna, al correo [email protected] o al teléfono/WhatsApp 62620609. 

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