Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 05 de diciembre de 2020
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Guardianes del maíz: preservar los granos originarios en tiempos de semillas transgénicas

Guardianes del maíz: preservar los granos originarios en tiempos de semillas transgénicas

Una ligera brisa levanta las cenizas y trata de avivar los restos de lo poco que queda de la q’oa sobre una parcela de tierra muy suave, trabajada y lista para cultivar. La ofrenda a la Pachamama, madre tierra en quechua, es un ritual tradicional que se remonta al tiempo de los tatarabuelos, que al igual que sus consanguíneos, pertenecientes a los sindicatos agrarios del municipio de Toco, en Cochabamba, realizan antes de comenzar con el arado, antes de que se realice el primer surco preparando el terreno para la siembra de maíz. Es casi medio día de finales de septiembre, el sol brilla y quema casi desde el punto más alto del cielo. Un hombre empieza a dibujar trazos en la tierra guiando a dos bueyes que, uncidos con el yugo, forman la yunta que sostiene el timón del arado, deslizándose acompañado de dos mujeres, una que sostiene un balde rojo de plástico que en cada movimiento que realiza con su mano arroja entre tres y cinco semillas al suelo, mientras que la otra echa abono químico.

Casi todo el trabajo que realizan para la producción de maíz sigue siendo manual, sin uso de maquinarias y sin agroquímicos. A 37 kilómetros de la ciudad de Cochabamba, los productores de Ana Rancho, considerado como el primer sindicato agrario revolucionario de Bolivia –fundado en 1936 en el Valle Alto cochabambino–, y los productores de Sobre Ana Rancho, reafirman su vocación de guardianes de siete variedades de maíz: hualtaco, willkaparu, chuspillo, el maíz waqaychuru, chejchisara, el qulli sara y el arrocillo.

El trabajo de producción de maíz originario en Toco, que se remonta a cientos de años, se da en una coyuntura inusual. Primero por la pandemia del coronavirus, que, a pesar de la cuarentena y el confinamiento, la cadena productiva de alimentos del campo a la ciudad en Bolivia no se ha detenido, y a pesar de las limitaciones y problemas –logísticos y de movilidad principalmente–, además de los altos niveles de contagios en los diferentes municipios, la labor de los productores agrícolas ha tratado de seguir con normalidad para que no haya desabastecimiento en los ejes metropolitanos. Pero no solo los riesgos a la salud a causa de la COVID-19 pusieron en alerta y ha generado preocupación en el campesinado, sino también algunas políticas que han nacido a raíz de esta situación desde el Gobierno interino de esta nación.

Los comunarios realizan el arado de tierra de forma tradicional.

Ha generado polémica y malestar el Decreto Supremo 4338, publicado el pasado 22 de septiembre, que da lugar a la identificación de las áreas que constituyen centros de diversidad de maíz y las zonas de cultivo para maíz amarillo duro generado por cualquier tecnología, además de la coexistencia de cultivos convencionales y genéticamente modificados. Esta última norma dictada por el Ejecutivo ha sido interpretada como un paso más que da el    país hacia la apertura e ingreso de semillas transgénicas.

“Los campesinos del Valle Alto no hemos aceptado (los decretos) y queremos seguir con la tradición que tenemos. Estas variedades de maíz en esta comunidad no las vamos a perder porque son una herencia que data de hace cientos de años”, afirma el secretario general del Sindicato Agrario Sobra Ana Rancho, Freddy Veizaga. Es de tez blanca, viste un sombrero beige tipo safari que combina con la camiseta manga larga que lleva encima, que contrasta con su pantalón negro y zapatos cafés. Habla sobre la producción del maíz con mucha confianza y la experiencia que ha ganado trabajando como productor de la zona desde sus nueve años, cuando empezó a ayudar a su padre con el arado y      preparación de la tierra para el cultivo.

Veizaga mueve la yunta con experticia en su parcela de tierra que prepara para sembrar. Les habla a los bueyes para guiarlos en el trabajo, con firmeza en su tono de voz, pero también con cariño: “¡Vamos, surca negros! Surca, papitos, tira. ¡Vamos, negros, parejo!  Surca negrito, surca papacho, tira, tira”.

La producción del maíz hualtaco, que será consumido como choclo entre enero y febrero del próximo año, no se detiene a pesar de la zozobra que puede generar entre los productores las políticas que lleva a cabo el Gobierno interino. Sin embargo, según explica Veizaga, la vocación hacia el cuidado de su tradición y las especies originarias que producen es irrefutable: “Venga lo que venga, tenemos que cuidar lo que hemos heredado de nuestros ancestros”.

El director de la fundación Productividad Biósfera y Medio Ambiente (Probioma), Miguel Ángel Crespo, dice que la producción de maíz de Bolivia no es mejor que la de otros países, ya que se encuentra muy por debajo. Para Crespo, el rendimiento del maíz se basa en cuatro premisas: tener una buena semilla, un suelo apto, un buen manejo del cultivo y el clima que acompaña. “Debería promoverse la investigación e innovación tecnológica para mejorar las variedades que tenemos según sus características. Hay muchos conocimientos que se pueden rescatar de los guardianes del grano del maíz”, precisa.

El secretario del sindicato Sobre Ana Rancho, Juan Carlos Ortuño, junto al comunario Freddy Veizaga.

Edwin Arispe, secretario general del sindicato Ana Rancho, se encuentra cerca de una parcela que es trabajada por dos yuntas. Ve cómo van uno tras de otro, acelerando el trabajo al momento del arado. Uno de los operadores de los bueyes tiene un prominente bolo de coca que resalta en su mejilla izquierda. Lleva su celular en el bolsillo frontal de su camisa, que reproduce la canción “Piensa en mí”, en su versión en portugués interpretada por Leandro y Leonardo, que le pone el toque musical mientras trabaja.

Después de surcar, ida y vuelta, unas cuantas veces, retorna al encuentro de Arispe y se detienen para refrescarse por un momento. Un adolescente que ayuda con el trabajo se acerca con un balde de chicha amarilla y les comparte la bebida en una tutuma a las trabajadoras, a los trabajadores y al secretario general del sindicato Ana Rancho. El consumo de la bebida alcohólica a base de maíz fermentado es parte del proceso de siembra, no solo para consumirla sino también como una ofrenda para la Pachamama. Como norma de los sindicatos, cada familia debe producir su propia chicha, ya que está prohibido el consumo o la compra de esta bebida proveniente de otro municipio cuando se trabaja la tierra.

Arispe lleva igual un sombrero tipo safari de color plomo, una chompa verde de algodón y el cuello de su polo desarreglado por encima. La resolana del sol sobre la tierra le obliga a cerrar parcialmente los ojos, mientras escucha a otros dirigentes sobre las implementaciones necesarias que se necesita para mejorar el cultivo del maíz en el Valle Alto de Cochabamba. Interviene en la conversación y hace hincapié en cómo el cambio climático ha afectado al cultivo y producción de maíz. Dice que antes para preparar el terreno había abundante agua.  Recuerda que ni bien se procedía con la cosecha, se llenaban con agua los terrenos en el mes de abril y el barbecho, técnica muy usada en la rotación de cultivos por algunos agricultores que buscan que se repongan los nutrientes y la composición         química del suelo antes de otro tiempo de cosecha, permanecía desde el mes de abril hasta la siembra, alrededor de agosto y octubre.

“Hoy por hoy no hay agua de riego, agua abundante, ahora preparamos los terrenos con los pozos, con agua clara y tal vez eso mismo le está afectando al terreno, no tiene mucho elemento”, afirma Arispe.

A raíz de una acción popular presentada contra los decretos 4232 y 4338, que aprueban "de manera excepcional" y con "procedimientos abreviados" el uso de semillas genéticamente modificadas de maíz, caña de azúcar, algodón, trigo y soya, diversos representantes de la agroindustria en Santa Cruz se declararon en emergencia argumentando que la petición pretendía prohibir la agrotecnología en Bolivia. Esto generó confusión, ya que a través de los pronunciamientos de la Cámara Agropecuaria del Oriente y la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo, no establecen una diferenciación clara entre biotecnología y transgénicos agrícolas, según explica Marcos Nordgren, cientista ambiental y miembro de la plataforma Frente al Cambio Climático.

“Están tratando de confundir deliberadamente sobre lo que realmente es la biotecnología, ya que es muchísimo más que los transgénicos. Los transgénicos agrícolas comerciales, que son aquellos que se están implementando en el mundo, son una fracción insignificante de la cantidad de biotecnología que utilizamos”, precisa Nordgren.

El especialista indica que las semillas transgénicas han sido diseñadas para tener tolerancia a cierto tipo de herbicidas o para producir  algún tipo de pesticida en su interior, que evita o puede reducir el ataque de algunas plagas. Sin embargo, enfatiza que el efecto no es permanente porque la tolerancia por parte de los insectos y las malezas ha demostrado que “no es una solución”. “Lo que hace esto es solo patear el problema para más adelante aumentar el consumo de herbicidas, pesticidas y obliga a mirar a un nuevo paquete tecnológico con mayor tolerancia”, añade.

Variedades de maíz que se producen en Toco.

Heber Arauco, economista responsable de la unidad de organización e incidencia regional del   Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), argumenta que, si se permite el uso de semillas transgénicas de maíz, se pone en riesgo a las especies nativas por la polinización del cultivo y la contaminación genética. “Se ha visto en pruebas en campo que es imposible evitar la contaminación de las variedades nativas con el polen por la fertilización de estas semillas por variedades transgénicas”, explica Nordgren.

Desde el Instituto Boliviano de Comercio Exterior proponen la coexistencia de cultivos, pero, además, la “regionalización” de la producción con maíz genéticamente modificado que, según aclara Gary Rodríguez –gerente de esta institución–, no es para consumo directo, sino más bien para alimentación animal, aves, principalmente, siendo que Bolivia se ha convertido en los últimos años en el país de más alta tasa de consumo en la región. “Hay métodos para impedir que ocurra un ‘cruzamiento’, por ejemplo, la siembra en tiempos diferentes y el distanciamiento de cultivos”, dice.

Lo cierto es que la cultura culinaria en la Llajta está relacionada al consumo del maíz, basta con ver un fin de semana un chicharrón acompañado de mote; o el consumo de api en la mañana; la chicha o la huminta, entre otros preparados. La Mancomunidad del Valle Alto está constituida por 15 municipios del departamento de Cochabamba. Desde Capinota hasta Arani se produce maíz, según da a conocer el gerente de la mancomunidad, Franolic Huanca.

Presume de los logros que han tenido como región y cómo el sistema de trabajo comunitario de carácter familiar, “que lo hacen nuestros hermanos y hermanas productores de maíz”, ha conseguido una calidad bastante importante. Esto ha resultado en la posibilidad de mandar el maíz a Argentina para que su calidad sea analizada y cualificada. El objetivo es que a través del país ríoplatense se pueda llegar a exportar a otros países. “El requisito fundamental es tener un silo, una pirhua –como le llamamos aquí–, de calidad, que pueda generar las condiciones mínimas y necesarias de almacenamiento para hacer la exportación a otros países”, afirma Huanca.

Según datos de la Encuesta Agropecuaria 2015, comparados con información de las encuestas de hogares y/o de consumo de la canasta básica, desde CIPCA dan a conocer que el 93% de los alimentos frescos consumidos por todos los bolivianos son garantizados por la agricultura familiar. Este dato, según Rhimer González –responsable de agrobiodiversidad y conservación in situ de CIPCA–, es uno de los puntos fundamentales, pese a que hay un incremento casi exponencial de la agroindustria en términos de superficie para la exportación.

“Si se da una mayor inyección de recursos, en términos de políticas para el fortalecimiento de la agricultura familiar, esta puede ser bastante competitiva, y los beneficios sociales, ambientales y económicos son visibles”, dice Arauco, a lo que González complementa y sentencia: “El maíz ha sido y es un cultivo básico y fundamental para el sustento de las formas de vivir. Un cultivo básico y fundamental es un argumento más ético y moral de por qué seguir luchando contra la intromisión de estos eventos transgénicos, principalmente en estos cultivos en los que Bolivia es un centro de origen de la biodiversidad”.l

Los productores de Toco  no renuncian a sus tradiciones y creencias para la producción de este cereal en medio de la polémica por el ingreso de la transgénesis a Bolivia