Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 22 de mayo de 2022
  • Actualizado 06:33

Gritos, insultos y golpes

Miguel RamÍrez Arrázola
Miguel RamÍrez Arrázola
Gritos, insultos y golpes

Para Sigmund Freud, las palabras tienen un poder mágico; pueden proporcionar la mayor felicidad o la más profunda desesperanza, Asímismo, son capaces de transmitir el conocimiento de maestro a estudiante, de despertar las emociones más poderosas e incitar todas las acciones de los hombres. 

Por medio del lenguaje podemos comunicarnos y, por tanto, este elemento esencial nos enmarca en la humanidad. A pesar de esta utilidad y el carácter benéfico del código lingüístico, suele pasar que en ciertas ocasiones se usen las palabras buscando hacer daño a otra persona. Para el psicoanálisis la violencia es el resultado de la falencia simbólica, pues en última instancia cuando las palabras no alcanzan es donde se pasa al campo de los golpes.

Tomemos como ejemplo el acontecer diario de nuestras ciudades: existen momentos dentro de la cotidianeidad citadina, donde las relaciones humanas se ven interrumpidas o deterioradas por gritos o insultos. Es ahí donde uno se pregunta por qué una persona llega a insultar a otra. Una vía de entendimiento a este fenómeno es verlo como la imposibilidad que tiene un individuo para sostener la diferencia que tiene con el otro. Los improperios son una forma de destituir o reducir a otra persona. La vida es una tensión constante con el otro y no es posible renunciar a eso, lo que da lugar a afirmar que es una angustia destinada a existir siempre. 

El psicoanálisis indica que cuanto más cerca esté una persona de lo que le angustia, se sentirá invadido y una vía para rechazar esta intrusión es la negación por medio de los insultos. Esto servirá como una forma de reafirmación personal y permitirá no enfrascarse con la angustia generada por otro individuo.

La tensión agresiva puede ser tramitada o elaborada mediante el diálogo, es decir, gracias al lenguaje, que funciona como un marco de referencia. Pero ¿qué pasa cuando ese marco de referencia se pierde? En ese punto surge la violencia.

Jaques Lacan nos dirá que la violencia se ubica del lado del acto, sucediéndose, entonces, un corte en el lazo con el semejante, donde se renuncia a la aceptación de nuestro vecino, apuntando a arremeter contra lo más íntimo del Otro.

Sin embargo, es importante señalar que la violencia contra alguien, en realidad, revela una tendencia hacia uno mismo: algo nuestro es insoportable, es un exceso que se le adjudica a otra persona y que justifica que pueda ser violentado. 

Este paso al acto de agresión (ya sea física o verbal) al rechazo o indiferencia, no obedece, por tanto, a una lógica de instinto animal sino a una que está marcada por la palabra, ya sea en su tramitación por esta vía o por su rechazo a la misma. 

Es por eso que remarcamos que la violencia está por fuera de la regulación razonable, pues diríamos que el camino para entender esta problemática es la que planteamos al poder tomar cada fenómeno de violencia e interrogarlo en la singularidad del mismo.

NOTA: Para cualquier consulta o comentario,  contactarse con Claudia Méndez del Carpio, responsable 

de la columna, al correo electrónico [email protected]  

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