Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 22 de enero de 2022
  • Actualizado 05:33

Frustración - agresión

Oscar Arlex Quilla Zurita. Docente-Investigador.
Oscar Arlex Quilla Zurita. Docente-Investigador.
Frustración - agresión

Cuando se presenta el título de psicología social “Frustración y agresión” inmediatamente se tiende a pensar que todo se reduce a la relación causa y efecto de ambos conceptos y no es tan simple como eso, dado que la complejidad de las personas, la heterogeneidad de las relaciones sociales, los contextos socio-culturales y de situación son tan diversos como el tiempo-espacio de esas interacciones y las correspondientes variables multifactoriales incidentales que se deben considerar. Esta teoría psicosocial planteada en principio por Dollard, Miller, Doob, Orval, Mowrer y Sears, en 1939, postula que la agresión es el resultado de bloquear o frustrar los esfuerzos de una persona para alcanzar un objetivo o su meta, de tal forma que la frustración es la "condición que existe cuando una meta-respuesta sufre interferencia", mientras que la agresión se define como "un acto cuya meta-respuesta es dañar un organismo (o un organismo sustituto)".   

En ocasiones, la frustración causa agresión, pero cuando no se puede desafiar la fuente de la frustración, la agresión se desplaza hacia un objetivo distinto. Como cuando frustraciones de orden laboral son trasladadas al contexto familiar y ocasionan un ambiente de tensión y/o agresión en formas diversas. En 1964, Leonard Berkowitz afirmó que si bien un estímulo agresivo puede ser altamente contingente, una persona extremadamente enojada mostrará agresión incluso si la señal está ausente, el comportamiento agresivo se origina, entre otros, en fuerzas internas como la ira, los hábitos agresivos, pero también en los estímulos externos. Por su parte, Miller y Sears (1941) expresaron que si bien la frustración crea la necesidad de responder, alguna forma de agresión es un resultado posible. Por lo que la frustración provoca un comportamiento que puede o no ser agresivo; esta, por sí misma, no siempre es suficiente, sino una condición necesaria para la agresión. Cohen (1955) confirmó que la arbitrariedad de una situación afecta el nivel de agresividad; sin embargo, existen factores como las normas sociales y la relación con el agente frustrante. Las personas tienden a responder de manera menos agresiva si el agente frustrante es una figura de autoridad, en lugar de un amigo, y que las personas responden a la frustración de esa manera si las normas socialmente aceptadas así lo requieren.

Este estudio demostró también que ciertas personas no responden agresivamente a la frustración dado sus antecedentes personales, morales y educativos. Como vemos, es preponderante considerar la individualidad de los seres humanos. 

En este orden, Dixon y Johnson (1980) aseveran que dos personas pueden responder de manera diferente a los mismos estímulos de frustración. Por ejemplo, “algunos podrían responder de manera agresiva mientras conducían en la carretera después de haber sido interrumpidos por otro automóvil, mientras que otros con un temperamento diferente no pudieron reaccionar.” 

Es relevante la argumentación de Pastore (1952): él pondera que se debe distinguir entre situaciones arbitrarias y no arbitrarias, ya que las situaciones no arbitrarias disminuyen la agresividad de una respuesta agresiva a la frustración.  Es en consecuencia, muchas veces, la  arbitrariedad de la situación un factor importante para provocar un comportamiento agresivo en situaciones frustrantes que inducen a más agresión.

La frustración, así como la agresión, forman parte de los llamados aprendizajes disposicionales, son parte “per se” del proceso integral de la vida, son compañeros constantes, íntimos y habituales en la relación yo-mundo social; al saberlos tratar y relacionarse con ellos, también se aprende.