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  • Diario Digital | lunes, 26 de septiembre de 2022
  • Actualizado 20:58

Francia Márquez, la representante de los nadies que ocupa la Vicepresidencia de Colombia

Esta madre soltera, negra, feminista, ambientalista y activista de un municipio minero muy pobre en el Pacífico colombiano, fue el fenómeno electoral de la campaña luego de obtener la tercera mayor votación en las primarias de marzo, por encima de políticos tradicionales.

Francia Márquez,  la representante de los nadies que ocupa la Vicepresidencia de Colombia. NYTIMES-PEOPLE
Francia Márquez, la representante de los nadies que ocupa la Vicepresidencia de Colombia. NYTIMES-PEOPLE
Francia Márquez, la representante de los nadies que ocupa la Vicepresidencia de Colombia

S i Francia Elena no fuera Márquez Mina, sino una mujer de apellido con abolengo, nacida en una cuna de oro en las ciudades grandes del país, rubia, de ojos claros y con una juventud de pocas responsabi-lidades, posiblemente habría dedicado su dulce voz de soprano a las artes escénicas. Como no lo fue, hoy es la vicepresidenta de Colombia por el movimiento de izquierda Pacto Histórico; aunque ha recorrido un largo camino para llegar a este punto.

Sin importar que las personas que sí sacaron esa lotería la tilden de victimista, Francia Márquez sabe que la historia de su vida no empezó el 1 de diciembre de 1981 en el municipio de Suárez (Cauca), cuando nació. Ella se lo recuerda a la sociedad en cada oportunidad que tiene, en caso de que a sus oyentes se les olvide. 

“Soy una mujer afrodescendiente; crecí en un territorio ancestral que data desde 1636”, dijo con timidez al comenzar su discurso de aceptación del Premio Internacional Goldman para el Medio Ambiente de 2018, que le fue otorgado por organizar a las mujeres de su comunidad para detener la minería ilegal a gran escala en su territorio.

Hija de una madre partera que tuvo 12 hijos, Francia Márquez creció en el corregimiento de La Toma junto con sus hermanos y vecinos. Allí, niños y grandes se dedicaban al cultivo de maíz y frutas o a la minería artesanal al borde del río Ovejas.

Era parte del paisaje que los niños y niñas trabajaran para ayudar en casa. 

A pesar de la precariedad y el olvido, la cultura en el Pacífico es profundamente optimista y no pierde oportunidad de celebrar la vida y acompañar la muerte. En ese contexto cultural, la voz de Francia Márquez, antes de ser una voz de protesta, fue una voz cantante. “La primera vez que la vi fue en un evento de jóvenes. La invitaron a que nos cantara algunas cosas e hiciera poesía”, contó Víctor Hugo Montero a La Silla Vacía.

Francia Márquez tenía el sueño infantil de ser artista, quizá una cantante, bailarina o actriz. Incluso afirmó que llegó a audicionar para el programa de concurso musical Factor X y no fue aceptada por los jurados. 

A Márquez se le ha visto con el pañuelo verde, representativo de los colectivos feministas que buscan la despenalización del aborto en América Latina. “Hoy quienes abortan son niñas, son adolescentes, son mujeres empobrecidas, indígenas y campesinas, afrodes-cendientes, que no han tenido procesos de formación frente a la sexualidad, frente a la reproducción de la vida”, dijo. 

El embarazo adolescente es un problema de salud pública porque reduce las posibilidades de movilidad social, y esto afecta especialmente a adolescentes empobrecidas. Por otro lado, Colombia es uno de los países con más madres solteras del mundo; la red de apoyo de la madre y el hijo en esas condiciones es aún más frágil.

Ella lo tiene muy claro hoy, pero no lo sabía en la adolescencia. “A mis 16 años, yo estaba embarazada de un hombre blanco mestizo, que me vio solo como un sujeto sexual, me embarazó y ¡chao, se fue! Entonces, me tocó asumir una maternidad y paternidad a los 16 años, estando estudiando en el colegio”, confesó Francia en entrevista con Clacso.

En la misma entrevista recordó que tuvo que interrumpir sus estudios de bachillerato durante la espera. “Me tocó trabajar en la mina, así como todo el embarazo, y como hoy lo iba a parir, no fui a la mina y lo parí en la madrugada del día siguiente”, contó.

Las posibilidades de Francia Márquez para continuar la educación superior en esa condición socioeconómica eran mínimas. A la fuerza, las prioridades cambiaron. Quedaron atrás las obras de teatro de colegio. Sobrevivir se hizo primordial.

Tuvo otro hijo a los 20 años. Para entonces ya había ganado cierto reconocimiento como activista en su región. Todo empezó cuando su comunidad evitó que desviaran el río Ovejas, el mismo que les dejaba oro para recoger en sus orillas, para que sus aguas alimentaran la hidroeléctrica del embalse de Salvajina, un proyecto de infraestructura que se alimenta del río Cauca y ha sido el foco de múltiples crímenes ambientales y sociales, según denuncias de varias ONG.

Por sus participaciones en las asambleas comunitarias, la joven pero aguerrida mujer entró al Proceso de Comunidades Negras (PCN), una red de organizaciones sociales que se dedica a defender el estilo de vida digno del afrocolombiano: su cultura, sus recursos, sus derechos y su permanencia en los territorios.

En 2009, su comunidad opuso resistencia ante el posible despojo de su territorio, en el cual iniciaría la exploración minera de AngloGold Ashanti. 

Esta reacción convirtió a Francia, a sus hijos y hermanos, en objetivo de los paramilitares de la zona.

Para esa época, ella había tomado la decisión de cursar la carrera de Derecho y se matriculó en la Universidad Santiago de Cali. Tardó siete años en graduarse. Durante esa década trabajó en lo que pudo para sostener a sus hijos y conseguir el dinero de la matrícula —incluso, se desempeñó como empleada doméstica—.

El tiempo parecía escaso con tantos deberes a cuestas, pero en esos años hizo historia y entró con fuerza al debate nacional. Para 2014, los órganos reguladores de las tierras cometían irregularidades con los títulos mineros y las empresas amenazaban con explotar los territorios en cualquier momento. Tenían que hacer algo.

Lo intentaron: hubo manifestaciones, cartas y plantones, pero no encontraron mucha disposición de las entidades regionales. Los caucanos que protestaban eran los nadies y estaban fuera de la vista atenta de quienes tomaban decisiones.

Ante esa realidad, Francia decidió ir hasta la puerta de alguien más poderoso: el Gobierno. Su idea era caminar desde el Cauca hasta Bogotá para denunciar que el río Ovejas estaba amenazado de muerte, así como la subsistencia de la gente en sus orillas. Al principio, solo cuatro vecinas aceptaron.

Después de mucha labia, 15 mujeres iniciaron la Marcha de los Turbantes en noviembre de 2014. Cuando llegaron a Bogotá, 12 días y 600 kilómetros después, la protesta ya había reunido a 150 mujeres. Todas ellas tomaron las instalaciones del Ministerio del Interior durante una semana. 

La marcha logró su cometido: las mujeres pudieron sentarse a negociar frente a frente con el presidente de aquel entonces, Juan Manuel Santos, y el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo. 

En ese momento, Francia Márquez se puso en el radar de la política colombiana y la defensa de los derechos humanos de poblaciones racializadas y empobrecidas. Ganó reconocimientos como el Premio Nacional a la defensa de los Derechos humanos en Colombia.

Además, en 2016 pudo viajar hasta Cuba para poner la cuestión étnica en la mesa de diálogo con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Su gestión como delegada del PCN y la Comisión Étnica para la Paz dieron como resultado el capítulo étnico del Acuerdo Final de Paz.

Ese reconocimiento tuvo un precio: quedó bajo la mira de actores violentos en desacuerdo con sus luchas. Tuvo que dejar de vivir en la casa de su mamá y radicarse en Cali para proteger su seguridad y la de sus hijos. 

En 2018 intentó dar el salto definitivo nacional a través del legislativo: se presentó a la circunscripción afro como cabeza de la lista del Consejo Comunitario del Río Yurumangui, pero no recibió votos suficientes. No obstante, el impulso llegó de un lugar inesperado: en diciembre de ese año recibió el premio Goldman, que es equiparado con los premios Nobel en la rama de la ecología.

La ceremonia tuvo lugar en San Francisco, California (Estados Unidos). Francia invitó a su madre al evento y tuvo un curioso problema: la señora ha trabajado tanto con sus manos que ya no tiene huellas dactilares. “Le voy a sacar el pasaporte y casi ella no puede viajar conmigo. ¿Cuántas mamás en Colombia, en América Latina, han perdido las huellas de sus manos trabajando en casas de familia, haciendo lo que sea por sacar sus hijos adelante?”, dijo en aquel entonces. 

Al final de su discurso de recibimiento exclamó “¡Viva la Colombia humana!”, en un claro guiño al movimiento liderado por Gustavo Petro. El político respaldó las candidaturas del movimiento que la había avalado a ella. 

Sobra decir que Francia es una mujer que dice lo que piensa sin miedo a las consecuencias. Eso sí, al debate no ha podido —ni querido— escapar en estos cinco meses de campaña. Cuando algunas figuras del Pacto Histórico la han tratado como a ‘la negra de la foto’ —la persona a la que se incluye para fingir representación étnica sin otorgarla de verdad—, ella los ha frenado en seco.

"Que Francia esté en la vicepresidencia significa un hito histórico para las mujeres que luchan en Colombia. Ella es la cara visible y representa el trabajo colectivo de las comunidades afrocolombianas, no fue elegida a dedo, obtuvo la tercera votación más alta en las consultas", dijo a BBC Sher Herrera, estudiante de estudios afrocolombianos de la Universidad Javeriana.

El apoyo de los nadies que vieron en Francia una alternativa real a la vieja política, ciega ante los colores y los privilegios, le valió el reconocimiento que hoy se consagra en la Vicepresidencia de Colombia y augura cambios.