Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 09 de agosto de 2020
  • Actualizado 16:12

LECTURAS SUTILES

Enseñanzas de “El Guasón”

Viviana Berger
Viviana Berger
Enseñanzas de “El Guasón”

Todd Phillips nos propone una versión artística, crítica y subversiva de nuestros más crudos síntomas contemporáneos. Para construir su interpretación, Joaquin Phoenix realizó un estudio de personajes, de individuos que sufren de risa sardónica y leyó atentamente sobre los asesinatos políticos y las motivaciones del crimen. Declaró que la película “Se siente única, es su propio mundo de alguna manera, y tal vez (…) podría ser la cosa, eso te asusta más” –“asusta más”  porque es absolutamente real–.

Así el filme logra un tratamiento humano de lo que podría resultar la “monstruosidad” o la “criminalidad”, develando las entrañas de la tragedia más profunda de estas historias. “El Guasón” nos enseñará sobre el tormento de encarnar el chivo expiatorio del real social, que se asegura en ellos. Esa risa, que de gozo y felicidad no tiene nada, resulta el singular signo de eso, patético, doloroso, que habita el lenguaje, fuera de sentido, de la estructura que amenaza, que asedia de muerte, que se quiere hacer callar y solo convoca a la segregación.

A falta de escucha, Arthur escribe en su diario íntimo: “Espero que mi muerte tenga más sentido que mi vida”.      Se anuncia la antesala del desenlace: para no morir, matará –lo cual es una forma de morir–. Debemos preguntarnos, ¿de quién es el rechazo?, ¿de qué se trata?

La tragedia se precipita con el develamiento de una verdad delirante: él sería, además, el hijo ilegítimo de Thomas Wayne, Penny no sería su madre biológica, lo recogió del Hospital Estatal de Arkham. La confrontación con la locura de ella y su novio abusador producen el derrumbe subjetivo que deja en evidencia la cualidad delirante del relato de la vida de Arthur, que el espectador creyó, a lo cual le sigue la serie de crímenes letales.

Sin embargo, aun cuando parece encerrado y determinado a realizar el acto violento, en cada momento el sujeto elige. Estos lapsos de elección subjetiva son, incluso, los más tensos de la película, los de mayor suspenso: mata al hombre en el tren, en el vértigo de la defensa; a su madre, en el arrebato de la desesperación y, finalmente, al comediante, representante de su ideal, cuando ya asumiendo la determinación de su destino, se entrega a la identificación absoluta con el Joker, consintiendo a la sonrisa sanguinaria. ¿Es esta nueva nominación una solución a su goce?

Con la caída de la versión del hijo ilegítimo de Thomas Wayne, ¿cómo ser nombrado en algún lugar? ¿En qué discurso será alojado? El Joker parece el nombre condensador del goce, la elección de asumir la pulsión de muerte y realizarla vía el acto criminal, en un acto público y –como no podía ser de otra manera– frente a las cámaras. La sonrisa encarna el elemento siniestro: trabajar en una agencia de payasos cuyo lema es “No olvides sonreír” es el orden de una genialidad, y que su madre lo llame “Happy” es un chiste espeluznante del destino. Y más aún, que la invasión del goce psicótico se presente bajo la forma de una risa sardónica, totalmente fuera de sentido y lugar, que lo asalta incontrolablemente, ¡da escalofríos! Luego, se comprende que el recurso del sujeto pase por intentar encontrar alguna solución al dolor de su existencia vía la identificación absoluta con el comediante. El punto es por qué lo mata también a él.

Si el psicótico adviene como objeto real, si cuando el Otro se aleja, cae y se ve empujado al acto suicida en un impulso a unirse a ese objeto de desecho, y si no se mata a sí mismo, entonces mata en el afán de recuperar en el otro el objeto A, estamos hablando de otras cárceles, se trata del encierro en las cárceles del propio goce.


Viviana Berger
Psicoanalista
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NOTA: Para cualquier consulta  contactarse con Claudia Méndez Del Carpio (psicóloga), responsable de la columna, al correo 

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