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  • Diario Digital | domingo, 25 de febrero de 2024
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Ecos del fascismo

Luis Darío Salamone, Psicoanalista.
Luis Darío Salamone, Psicoanalista.
Ecos del fascismo

Umberto Eco le dedicó un ensayo a lo que llama el fascismo eterno. Se trata de una forma de pensar que está siempre agazapada y al acecho. Si al hablar de fascismo pensamos en los gobiernos totalitarios que florecieron en Europa, antes de la Segunda Guerra Mundial, sería difícil verlos retornar de la misma forma, ya que las circunstancias históricas han cambiado. 

El liderazgo de Mussolini se basaba en que se trataba de un jefe carismático, en el corporativismo, en la utopía del destino fatal romano, en una voluntad imperialista, en el nacionalismo exacerbado, en un país uniformado, en el rechazo de la democracia, en el antisemitismo. 

Detrás de la ideología hay una manera de pensar, una forma de sentir, hábitos culturales, “una nebulosa de instintos oscuros y pulsiones insondables” nos dice Eco. Es decir, hay una forma de gozar. No hay en el   fascismo una ideología monolítica, sino más bien se trata de un collage de cuestiones contradictorias. 

Con el tiempo, el término fascismo se adoptó de tal forma que, si se eliminan una o más características que le son propias, igual podemos reconocerlo como algo que puede jugarse e incrementarse con el tiempo.

Algunas características típicas de ese “fascismo eterno” son el culto por la tradición (lo nuevo, lo diferente, está bajo sospecha), el irracionalismo, la no aceptación de un pensamiento crítico (el desacuerdo es considerado como una traición), el llamado y los favores a sujetos frustrados individual o socialmente para que sostengan al amo. 

Tiene estrategias, por ejemplo a aquellos que carecen de una identidad social se les dice que el privilegio es haber nacido en el mismo país (nacionalismo) y se le inyecta una obsesión por el complot (un enemigo que los une). Los secuaces deben sentirse humillados por la riqueza ostentada y por la fuerza de los enemigos. Para el fascismo no hay lucha por la vida, sino vida para la lucha. Hay un elitismo popular, cada una de las personas pertenece al mejor pueblo del mundo; se educa al ciudadano para que se convierta en un héroe, lo cual está vinculado con el culto a la muerte. 

El fascista transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales (origen del machismo); se basa en un populismo cualitativo (el individuo en cuanto individuo no tiene derechos, sino que se busca una “voluntad común”, un ejemplo de esto puede ser la televisión o internet); el fascista habla una neolengua, se repiten las mismas cosas, simplistas, que limitan el razonamiento crítico. Cualquiera de estos rasgos suelen alcanzar para que cataloguemos a alguien de fascista.  

El fascismo está a nuestro alrededor, entre quienes no toleran que se piense diferente y consideran al que lo  hace como un enemigo, al cual es preferible mantener neutralizado. El fascismo camina entre nosotros vestido en ocasiones de civil y se confunde entre las personas. Está, sin que lo notemos, en nosotros mismos, en esa intolerancia que irrumpe cuando no nos gusta algo o alguien. Se trata de prestar atención, ya que puede retornar con apariencias inocentes. 

Podemos realizar una acción política para no dejar que se instale. Se trata de sostener a ultranza la libertad de la palabra, de prensa, de pensamiento político. Se trata, nos dice Eco, de procurar desenmascararlo cada vez que nos encontramos con uno de sus rasgos, de analizar sus formas nuevas, cada día y en el lugar que nos toque vivir. Y de denunciarlo en cada parte del mundo que lo podamos ver. Agazapado y al acecho. 

El fascista tiende a que todo sea como le parece a él, a la uniformización, a la generalización; por eso el psicoanálisis es anti-fascista. Podemos utilizar una herramienta que pone muy nervioso al fascista: como lo hizo Charles Chaplin, mostrar lo que tiene de ridículo.