Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 29 de octubre de 2020
  • Actualizado 17:51

Cuando el miedo ya no es solo obsesivo, sino “real”

Las personas con Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) que viven con la preocupación excesiva por la limpieza y el pavor hacia los virus han recrudecido sus cuadros. Ahora, inmersos en la pandemia, sufren temores concretos.   
Persona usando barbijo.  SHUTTERSTOCK
Persona usando barbijo. SHUTTERSTOCK
Cuando el miedo ya no es solo obsesivo, sino “real”

Chema Ortiz empieza el ritual de llegar a casa. Se frota los pies en el primer felpudo, el que está justo a la entrada. Cuando gira la llave, salta y cae sobre el segundo felpudo. Estira la mano hacia su derecha, donde tiene colocado un zapatero, y agarra un palito para repasar las suelas. Después pasa un trapo de usar y tirar. Se pone las zapatillas de andar por casa. Se limpia las manos concienzudamente. Se cambia de ropa. Se vuelve a limpiar. Termina su protocolo y respira en su “zona de confort”. Chema, con 36 años, sufre un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) diagnosticado a los 13 que le provoca una preocupación excesiva por la limpieza, los virus y las bacterias. Ahora, en tiempos de pandemia, su temor se multiplica. Con la COVID-19, sus años de terapia han saltado por los aires.

LOS MIEDOS DE SIEMPRE

Chema se cuida para no contagiarse y para no contagiar a los demás. “Y eso que yo no tengo ninguna enfermedad física, pero siempre procuro dar todo limpio, ordenado, perfecto”, advierte. Necesita convivir consigo mismo. Dice que eso lo hace ser muy esclavo. Busca la perfección, la limpieza absoluta, la simetría y se viste siempre de manera conjuntada. Hoy toca el verde. Pantalones verdes, camisa a cuadros verde y camiseta interior verde.

La ducha es un suplicio. La mente le hace pensar que lo que sale de las tuberías no es agua limpia, sino miles de bacterias. Cocinar, un horror. Todo puede estar podrido. Las relaciones sexuales ya las ha descartado. Todas sus novias lo han dejado. Hace tiempo lo hacía “por complacerlas” pero, minutos antes, a escondidas, se tomaba un Lexatín. Y no funcionaba. Descubrió que el miedo a contaminarse superaba al deseo. Incluso cuando empezó a ir a las discotecas con los amigos, visitar al baño se convertía en un conflicto. Suciedad, orín, olores… gastaba demasiado papel para evitar tocar cualquier superficie.

Utiliza un móvil con tapa, sin WhatsApp, para tocar las teclas lo imprescindible. Solo para descolgar y llamar. Su ordenador tiene las letras borradas de tanto limpiar el teclado. Usa un pequeño aspirador para que las motas más insignificantes no se cuelen por ninguna rendija. Que no quede nada. Todo debe estar perfectamente limpio.

LO REAL AÑADIDO

El confinamiento le hizo revivir experiencias que creía tener controladas. Habla de un cortafuegos que su mente había conseguido organizar antes de la pandemia para frenar el pánico. Agradece el trabajo de Violeta, su psicóloga, con quien ha seguido una terapia de exposición y prevención de respuesta, y había alcanzado un equilibrio “entre lo que piensas y lo que haces”. Aguantaba mejor el desorden, salía a la calle con ciertas prevenciones. Llegó la pandemia y también los malos recuerdos.

Se remonta a 2006, cuando tuvo un confinamiento autoimpuesto que duró dos años en “una cárcel de lujo”, su casa, de la que salió un par de veces “por razones médicas”. Su cabeza explotó, se adentró en una profunda depresión y se encerró. Se estabilizó después con trabajo, psicólogos y medicación: “Tomo antidepresivos porque me doy cuenta de lo que tengo”.

En 2008 empezó a salir a la calle con guantes. Evitaba rozar barandillas, pomos o asientos comunes. Recuerda que para volver al exterior se ayudó de un manual de la NASA que explica cómo los astronautas vuelven a acostumbrarse a la brisa en su cara o al sol en la piel.

De pequeño lo expulsaron del colegio por faltar a clase cada cierto tiempo y de mayor lo han despedido de varios trabajos por necesitar “recargarse” en casa tras días de “exposición”.

Si sale un día, esa noche el estómago se le cierra, no cena, y necesita 24 horas para desinfectarse. 

El coronavirus lo trastocó. Ver alcohol en gel en cualquier rincón, los guantes, las mascarillas y las noticias sobre un virus que no ha desaparecido, tienen un resultado demoledor en su anterior cortafuegos: es como darle un gramo de cocaína al adicto.

LA TORMENTA PERFECTA

“Muchas personas tienen miedo a retomar la vida anterior al coronavirus. No se atreven a salir de casa”, explica Adriana Sanclemente, coordinadora de la Federación de Salud Mental Madrid. Javier Prado, psicólogo clínico y vocal de Anpir (Asociación Nacional de Psicólogos Clínicos y Residentes), piensa que el virus ha supuesto una “tormenta perfecta” para Chema y pacientes como él. Se prevé que los profesionales en primera línea sufrirán entre un 5% y un 15% de trastorno de estrés postraumático. También experimentarán reacciones otros colectivos por la cuarentena o la pérdida de seres queridos. “A los pacientes con TOC les está costando desescalar. Ya no se trata de un miedo infundado”, explica Prado