Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 10 de agosto de 2022
  • Actualizado 16:43

Cruces de arcoíris: el cristianismo LGBTIQ+ que resiste en América Latina y el Caribe

A falta de lugares seguros donde profesar su fe, la comunidad cristiana LGBTIQ+ de América Latina se ha dado a la tarea de crear sus propias iglesias y comunidades para darle paso a un cristianismo seguro y activista, que resiste a los prejuicios y abraza a todas las personas.

En América Latina y el Caribe hay al menos 24 iglesias inclusivas identificadas.CORTESÍA DISTINTAS LATITUDES
En América Latina y el Caribe hay al menos 24 iglesias inclusivas identificadas.CORTESÍA DISTINTAS LATITUDES
Cruces de arcoíris: el cristianismo LGBTIQ+ que resiste en América Latina y el Caribe

El pastor David de Jesús Pascual creció influenciado por los valores de la Iglesia Pentecostal del barrio de Tigre, en Buenos Aires, Argentina. Su fe y espiritualidad le “hacían bien a la psiquis”, al menos hasta que cumplió 19 años. A partir de entonces, su homosexualidad comenzó a atormentarlo. 

“Me recuerdo arrodillado, llorando, pidiéndole a Dios que me cambiara”, recuerda. “Le preguntaba por qué yo era así y él no hacía absolutamente  nada”.

El hecho “pecaminoso” de ser gay y el rechazo de su comunidad llevaron a David a “divorciarse” de su iglesia. Al principio buscó refugio en antros y clubes de drag queens, lugares donde “nadie te dice nada”. Pero, pese a sentirse libre y acompañado, se dio cuenta de que allí tampoco encontraba la tranquilidad espiritual que buscaba. 

Esa paz la encontró poco después en una Marcha del Orgullo LGBTIQ+, cuando le dieron un folleto que decía “Dios sabe que eres gay y te ama igual”. Así entró en contacto con la Iglesia de la Comunidad Metropolitana (ICM), un colectivo internacional de comunidades cristianas fundado en 1968 en Estados Unidos para dar una alternativa a los creyentes de la comunidad LGBTIQ+. 

Aunque se habla poco del tema, la ICM no es la única iglesia inclusiva presente en la región. En las últimas décadas, a falta de lugares seguros donde profesar su fe debido a los dictados del Catecismo Católico y al avance del evangelismo, la comunidad cristiana LGBTIQ+ de América Latina ha creado iglesias y comunidades donde las personas sexualmente diversas pueden profesar su fe sin sufrir ningún tipo de violencia. 

Este equipo de Distintas Latitudes encontró que existen al menos 24 iglesias inclusivas de denominación cristiana o católica presentes en 15 países de América Latina y el Caribe. Según nuestro subregistro, México es el país con mayor cantidad de iglesias de este tipo, seguido de Cuba, Puerto Rico y Argentina.

Con cerca de 27 templos dispersos en ocho países, la ICM es una de las iglesias inclusivas con mayor presencia en la región. De acuerdo con su página oficial, la mayoría de sus miembros pertenecen a la comunidad LGBTIQ+.

“¡La idea de que Dios ama y acepta completamente a las personas gay, lesbianas, bisexuales, trans, pansexuales, intersexuales, asexuales y varias personas queer NO es nueva para nosotres! Siempre hemos acogido a la comunidad LGBTQ+”, puede leerse en su sitio web.

Tanto la ICM como el resto de iglesias inclusivas permiten a los creyentes LGBTIQ+ crear espacios donde reconciliarse de manera segura y amorosa con Dios. No obstante, muchos de sus templos y parroquias suelen estar concentrados en las capitales u otras grandes ciudades. 

De las 24 iglesias inclusivas encontradas en América Latina y el Caribe por este equipo, al menos 15 tienen presencia únicamente en las capitales. Esto ha propiciado que algunos creyentes hayan creado alternativas en sus propios territorios. 

Es lo que sucedió con el pastor David, quien debía hacer un trayecto de más de una hora en transporte público desde Tigre hasta Flores para participar en los encuentros de la ICM. Lo hacía por devoción, “porque me hacía bien y lo necesitaba”, dice. Pero en 2019 se dio cuenta de que quería llevar esta manera de profesar la fe a su barrio. 

Así, acompañado por líderes pastorales como el reconocido teólogo Hugo Córdova, llevó a Tigre la cobertura ministerial de la Iglesia Antigua de las Américas, que aglutina pequeñas iglesias y comunidades en todo el continente. Desde entonces, allí suele reunirse una docena de personas que se identifican dentro del espectro LGBTIQ+. Con David como pastor, comparten sus experiencias, realizan lecturas de la Biblia y buscan congeniar la práctica de la fe con la vida comunitaria. 

IGLESIAS INCLUSIVAS EN EL CARIBE

A pesar de ser un territorio pequeño, el Caribe hispanohablante cuenta actualmente con al menos nueve iglesias inclusivas en sus territorios, según la información recopilada por este equipo. Con representación de al menos cinco de ellas, Cuba parece ser uno de los países de América Latina con mayor cantidad de opciones para los creyentes LGBTIQ+. 

Adiel González Maimó es un joven teólogo y líder de la Iglesia Bautista de la Fraternidad del Naranjal (IBFN), una de las comunidades que conforman la Fraternidad de Iglesias Bautistas de Cuba (FIBAC). 

Desde su fundación en el 2000, la IBFN ha potenciado la formación de comunidad en el suburbio de El Naranjal, en Matanzas, a través de una teología “bastante moderada, progresista y de acogida”, explica Adiel. 

Además de contar con mujeres y personas de la comunidad LGBTIQ+ dentro del ministerio pastoral, los miembros de esta iglesia estudian la Biblia mediante “lectura popular” y participan en igualdad de condiciones en la creación de su propia comunidad. “Es una teología que parte de la comunidad y no desde los pastores, teólogos o maestros”, explica González. “Así es como debería ser cualquier iglesia: una donde todos los miembros tienen voz y voto”.

No obstante, González afirma que las iglesias cubanas abiertamente incluyentes no están registradas oficialmente y por lo general son muy pequeñas, razón por la cual califica su alcance como “muy limitado”. 

Como ejemplos señala a la Iglesia de la Comunidad Metropolitana, la Iglesia Verdad y Refugio Inclusivo, la Iglesia de los Cuáqueros, la Iglesia Católica Antigua y la Iglesia Católica Eucarística. Su principal tarea, dice, es crecer, expandir su credo y formar nuevos líderes para combatir el fundamentalismo cristiano. 

A pesar de que la Fraternidad de Iglesias Bautistas (a la que pertenece su comunidad) y la Iglesia Presbiteriana Reformada se autodenominan progresistas, González asegura que ambas permiten que algunos pastores y congregaciones hagan resistencia al tema LGBTIQ+, creando divisiones en lo interno. 

Esta marginación, asegura, es más evidente en iglesias marcadamente conservadoras, incluso fundamentalistas, como la Convención Bautista Occidental, la Convención Bautista Oriental, la Iglesia Pentecostal Asambleas de Dios, la Liga Evangélica y la Iglesia Metodista. 

Según González, estas iglesias, que están entre las más poderosas del país, mantienen un ataque sostenido contra la existencia, legitimidad e influencia de aquellas de naturaleza inclusiva.

“Pienso, por ejemplo, en la entrevista que le hizo en 2020 Russia Today a la pastora principal de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana. La reacción del fundamentalismo cristiano fue atroz. Ella recibió amenazas de todo tipo, ofensas graves a su persona”, explica.

Además, “son las que han encabezado la campaña anti-gay en Cuba”, dice. Y es que Cuba  está a las puertas de realizar un referéndum sobre el nuevo Código de las Familias, un texto que ha llevado a debate la posibilidad de garantizar los derechos de adopción y matrimonio a la comunidad LGBTIQ+. 

Esto aumenta la necesidad de posicionamientos firmes y estratégicos de las iglesias inclusivas. Sin embargo, de momento la realidad es otra. “Las iglesias, como siempre, están quedando atrás. No están dándose la oportunidad de debatir sobre estos temas al interior de sus congregaciones”.  

Aunque las iglesias inclusivas de Puerto Rico tienen un rol social más activo que las cubanas, también son proclives a sufrir distintos tipos de violencia. 

George González Medrano es el pastor de la Iglesia Comunitaria Metropolitana Cristo Sanador de San Juan, en Puerto Rico, una de las iglesias que componen el movimiento de puertas abiertas, término utilizado por las congregaciones que reciben a cualquier persona sin importar su orientación sexual o identidad de género.

Sus miembros realizan actividades para visibilizar experiencias LGBTIQ+, participan como organización eclesiástica en diferentes marchas y protestas sociales, y abogan contra proyectos de ley que buscan restringir los derechos de la comunidad sexodiversa.

Estas acciones han convertido a González en blanco de insultos, graffitis con frases despectivas, ventanas rotas y hasta amenazas de muerte. Cada uno de estos ataques evidencia en cierta forma el impacto negativo del tradicional discurso judeo-cristiano, altamente homofóbico y estigmatizante para los creyentes LGBTIQ+. 

En este sentido, vale recordar que al menos 3.461 personas LGBTIQ+ fueron asesinadas en América Latina y el Caribe entre 2014 y 2020 por motivos de su orientación sexual o identidad de género, según Sin Violencia LGBT, un grupo de organizaciones civiles dedicadas a la defensa de los derechos de la población sexodiversa. 

ABRIRSE CAMINO ANTE EL DOGMA

En el Perú, todavía son pocas las iglesias y comunidades cristianas que dan pasos hacia la inclusividad. Una de ellas es la Comunidad Luterana del Perú (CLP), fundada en 2021 por una colectiva feminista y Enrique Vega-Dávila, un pastor luterano de la ciudad de Lima.  

En 2011, después de 26 años identificándose como católico, Vega-Dávila descubrió la Comunidad El Camino, un espacio ecuménico cristiano que reconcilia la fe con la orientación sexual. Con él, inició su recorrido espiritual hacia el luteranismo, corriente que abraza desde entonces y una de las pioneras en abrir sus puertas a la comunidad LGBTIQ+ no solo en Perú, sino también en otros países andinos como Ecuador y Chile.  

No obstante, al sentir que en la Comunidad El Camino no había espacio para los feminismos ni las diversidades sexuales y de género, Vega-Dávila se dio a la tarea de fundar la CLP.

“Es una propuesta que parte desde las disidencias sociales y de género, con el interés de recuperar los pequeños relatos que no han sido considerados en las narrativas religiosas y, a partir de allí, cuestionar tanto la hétero-norma social como el patriarcado que se ha impuesto desde siglos”, explica. 

Bajo el lema “Sin diversidades y feminismos no hay reforma”, la CLP tiene una única sede en Lima, a la que asisten personas de la capital, Huancayo y Arequipa. 

“Esta comunidad surge de la necesidad de una teología cuir alimentada por los feminismos, a los que debemos nuestras posturas más críticas frente a la iglesia y la sociedad”, sostiene Vega-Dávila.

Para el pastor luterano, es necesario ir hacia una teología cuir más política. Por eso hace hincapié en utilizar el término con “c”. “La ‘c’ es de todas las experiencias negadas: la marica, la leca, la traca. Es una crítica decolonial que propone una nueva expresión para aglutinar una serie de experiencias que no han sido tomadas en cuenta”, afirma. 

“Que sea signo también de contradicción, que incomode, moleste, haga ruido y plantee la posibilidad de generar alternativas”, añade. 

EMPEZAR LA RECONCILIACIÓN 

En el caso de Bolivia, el equipo no encontró una iglesia abiertamente inclusiva. Sin embargo, a finales de 2021, nació la comunidad Latidos, un espacio fundado por dos jóvenes católicos con el objetivo de dar una opción a personas LGBTIQ+ que quieren predicar su fe sin sentirse reprimidos. 

Jesús Calderón, uno de los coordinadores y fundadores, explica que él integraba al Movimiento Eucarístico Juvenil (MEJ), perteneciente a la comunidad jesuita de la iglesia La Merced, en Santa Cruz. 

Dentro de la iglesia, casi el 80% de los integrantes se definía como diverso. Así se mantuvieron durante un tiempo hasta que el rechazo se hizo más notorio por parte de los demás miembros de la iglesia. "Nos dijeron ' aceptamos como son, como viven, pero traten de no exponerlo mucho. Esa limitación hizo replantear hasta dónde uno puede llegar con su fe siendo diverso. A partir de ahí nos desligamos", indica Calderón. 

Luego de ese desencuentro –que incluyó arremetidas violentas contra algunos integrantes LGBTIQ+– decidieron separarse e iniciar un propio camino. 

Latidos se define como una comunidad “de personas diversas católicas, que creen en Dios, y desde su espiritualidad y su fe tienen la vocación de servir”. Su objetivo principal es que la comunidad LGBTIQ+ se sienta segura. 

Se reúnen dos veces al mes y hacen ejercicios espirituales leyendo la Biblia y compartiendo sus experiencias. Además, realizan actividades solidarias. 

Empezaron con 7 personas; actualmente suman casi 20. Calderón sostiene que aun para ellos es difícil difundir la “palabra de Dios” porque hay rechazo hacía la religión.

Para el líder, es importante identificar a Dios como queer. Eso ayuda a generar mayor aceptación dentro de la comunidad LGBTIQ+. 

Añade que es un reto iniciar este tipo de espacios en Bolivia y que se inspiran en otros países, como Argentina, donde ya están más consolidadas las iglesias inclusivas. El camino aún es largo, pero ya empezó. 

BUSCANDO EL COBIJO DE CRISTO

Lamentablemente, hay ocasiones en las que puede parecer que no existe necesidad de construir espacios seguros porque aparentemente ya los hay. 

Es el caso de Agustín, quien por razones personales pidió cambiar su nombre para la publicación de este texto, sobre su experiencia en Courage Latino, una organización presente en diez países de América Latina y el Caribe que forma parte, a su vez, de Courage International, un apostolado aprobado por el Vaticano en el que buscan personas que “experimentan atracciones hacia el mismo sexo” (llamadas AMS). 

En teoría y como lo establecen en su página web, Courage busca que las personas con AMS se integren en comunidad para vivir una vida “casta, marcada por la oración, hermandad y apoyo mutuo”. Sin embargo, para Agustín, el objetivo es más “curar” que hacer comunidad. 

Originario de Chihuahua, estado desértico y montañoso de la frontera norte de México, Agustín llevaba años creyendo que sus sentimientos homosexuales por uno de sus amigos iban a costarle el desprecio de Dios. En 2007, cuando tenía 14 años, sintió que el fallecimiento de su abuelo y su tía eran culpa suya. Aunque le dijeron que Dios no castiga de esa manera, no pudo evitar sentirse responsable. 

A sus 22 años, solo pensaba en casarse con una mujer, estudiar Comunicación y legislar política pública “pro-familia”. Pensó haber encontrado la respuesta a su homosexualidad en una convención católica de 2016, cuando le dijeron que su caso era “positivo”, ya que solo tenía un “dos por ciento de homosexualidad”, por lo que podía ser erradicada. 

Agustín describe a Courage como un proceso de conversión muy sutil que hace uso de la violencia psicológica. “Llega un momento en el cual tú ya no tomas decisiones. Como si no tuvieras criterio propio”, señala.  

La historia de Agustín es uno de los tantos testimonios de abusos físicos y psicológicos que enfrentan las personas LGBTIQ+ sometidas a los Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual y la Identidad de Género (Ecosig), popularmente conocidas como terapias de conversión. 

A pesar de que se ha documentado exahusitvamente que los Ecosig representan una clara violación a los derechos humanos, solo siete países de América Latina y el Caribe prohíben actualmente las terapias de conversión. Se trata de Argentina, Brasil, Ecuador, Uruguay, Chile, México y Puerto Rico, aunque en estos dos últimos países la legislación no es nacional.  

Agustín, por ejemplo, vive en un estado donde la legislación contra este tipo de prácticas sigue congelada. En Courage le vigilaron aspectos muy básicos de su vida personal: desde el tipo de música que escuchaba y los libros que leía hasta sus actividades de los sábados por la noche y las personas con que hablaba. Todo con tal de “evitar” que se volviera “más gay”. 

“La fe tendría que ver con la libertad”, dice hoy. “En Courage nos metían muchos miedos irracionales. Hasta que me di cuenta de que lo que me proponían era que siguiera mintiendo”. 

En junio de 2017, después de años de abuso psicológico, abandonó definitivamente el grupo. Desde entonces, ha encontrado soporte espiritual y emocional en el colectivo Kadima, integrante de la Red Católica Arcoíris, una organización mexicana que busca convocar a todos los grupos de la iglesia católica para impulsar una transformación social y religiosa de la institución. 

Aunque este tipo de espacios son todavía minoritarios en América Latina y el Caribe, los creyentes cristianos de la comunidad LGBTIQ+ siguen buscando alternativas donde converger su religión con la diversidad sexual y de identidad. Mientras tanto, la resistencia en los espacios ya construidos seguirá siendo fundamental para proteger el evangelio de las personas LGBTIQ+.

Este reportaje hace parte de #IglesiasLGBTI, un ejercicio  de periodismo colaborativo realizado por un equipo de la 6ta generación de la Red LATAM de Jóvenes Periodistas.