Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 23 de junio de 2021
  • Actualizado 20:54

COVID-19 e indígenas en Perú: la tarea de contar con alguien que no existe

No existe data de muertos o infectados, tampoco acciones coordinadas y el pueblo indígena se siente en total abandono. Lo único que les queda es confiar en que el bosque los ayude a sanar. 

COVID-19 e indígenas en Perú.
COVID-19 e indígenas en Perú.
COVID-19 e indígenas en Perú: la tarea de contar con alguien que no existe

El distrito de Masisea tiene 121 años de creación, pero, aun así, nadie lo conoce. Está ubicado en el departamento de Ucayali, en la Amazonía central del Perú, limita con Brasil y viven algo más de 11 mil personas. Casi todas pertenecen a la etnia shipibo conibo, uno de los 51 pueblos indígenas amazónicos que  viven en este país. Para llegar ahí, hay que tomar un avión y luego uno o dos días en bote dependiendo de cómo esté el río. El 11 de mayo de 2020 murió su alcalde Silvio Valles y pocos se enteraron. La máxima autoridad de Masisea fue cazada por la COVID-19, porque no había medicina, ni oxígeno para salvarlo. 

Ucayali es la segunda región Amazónica con más casos positivos de COVID-19, alrededor de 7 mil. Según la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (Aidesep), que representa a todas las comunidades nativas del Perú, solo en la población shibipo conibo han muerto más de 300 personas.

Cuando murió Valles, el país entraba a su novena semana de emergencia sani-taria. En poco tiempo se convertiría en el segundo país con más casos en América Latina y el quinto en todo el planeta. Del mismo modo, nadie se imaginaría que, en agosto, Perú aparecería en todos los periódicos del mundo como el país con el mayor índice de mortalidad per cápita y el noveno con la mayor cantidad de muertes totales.

Después de la muerte de Valles y ante el incremento de los casos, un grupo de jóvenes shipibos decidieron salir a combatir el virus. El 15 de mayo del año pasado, cuatro días después de la muerte del alcalde, crearon el Comando Matico COVID-19 para ayudar a sus hermanos enfermos. Recurrieron al conocimiento ancestral para sanar, recuperando hasta este momento a más de 900 personas. El remedio es una combinación de matico, achiote, ajosacha, mocura, eucalipto, hierba luisa, jengibre, cebolla y ajo. La ciencia no avala estos procedimientos, pero el bosque ha sanado desde hace miles de años sin necesidad de pruebas científicas.

“Se hierve por 25 minutos y se respira el vapor. Luego, recibe un masaje con ungüentos naturales e ingiere un té de matico acompañado de paracetamol y dolocordralan. Descansa cuatro horas y luego se inicia nuevamente este procedimiento”, cuenta Jorge Soria, uno de los fundadores de este movimiento que no discrimina etnia y ubicación   geográfica. Su efectividad los hizo conocidos en redes sociales, desde donde comparten consejos y tutoriales para hacer esta medicina en casa.

“La idea es compartir nuestro conocimiento y la sabiduría que nos dieron nuestros abuelos. Las plantas son la solución de la humanidad porque muchas pastillas salen de las plantas y de la tierra, no es que caigan del cielo”, señala Néstor Paiva, uno de los 10 miembros de este grupo voluntario conformado por docentes, comunicadores y artistas. Empezaron a recibir donaciones para seguir apoyando a más gente, así como también están haciendo rifas y eventos virtuales profondos. “Nos han llamado y escrito del Perú y el extranjero”, comenta orgulloso Soria, que está convencido que desde ahora más gente conocerá sobre Masisea.

FUENTES OFICIALES 

Iquitos es la capital de Loreto y la ciudad más poblada en la Amazonía de Perú. Su esplendor se dio por el boom del caucho, a fines del siglo XIX y comienzo del XX, época de gran crecimiento económico y social, que vino acompañada del más devastador genocidio en la historia de la Amazonía. Más de 100 mil indígenas brasileños, colombianos y peruanos fueron exterminados y abusados como si fueran hormigas. Cien años después, la tragedia ronda estos bosques tropicales otra vez. No son europeos abusivos, sino un virus invisible que puede llegar en la cara de cualquier amigo.

A fines de abril de 2020, Lorenzo Chimboras Careajano, alcalde del distrito de Trompeteros en Loreto, viajó junto con 20 personas para entregar víveres a 20 comunidades asentadas al lado del río Corrientes. No llevaban mascarillas ni algún elemento de protección. Días después, se confirmó que la mitad de ellos dio positivo a COVID-19. “Desde que vinieron, varios de nosotros tuvimos una gripe bien fuerte, no supimos qué, pero estuvimos enfermos y tuvimos que atendernos con nuestras plantas”, contó Daniel Ahuite, líder indígena de la comunidad nativa Nuevo Porvenir. Desde ese momento, todas las comunidades decidieron cerrar y no dejar entrar a nadie, así vengan embarcaciones llenas de comida.

El 60% de las comunidades nativas no tiene centros de salud y las que tienen están desabastecidas de equipos y medicamentos. El 14 de abril, el por entonces presidente Martín Vizcarra reconoció que no se estaban atendiendo a las poblaciones indígenas. Recién el 21 de mayo se aprobó un plan de salud para las comunidades nativas y se asignó un presupuesto de 25 millones de dólares. Acciones tardías que no pudieron evitar los más de 70 mil contagios y centenares de muertes en las distintas etnias de la Amazonía. Para agravar los problemas, la inmovilización obligatoria, que terminó extendiéndose por tres meses y 14 días, no permitió que miles de indígenas volvieran a sus comunidades. Tampoco que puedan trabajar para ganar dinero o programar la compra de alimentos. Teniendo en cuenta que, para muchos, la tienda más cercana se encuentra a varias horas en bote, es como quedarse varado en una isla en medio del océano.

“La pandemia está afectando a los pueblos indígenas, no solo en el tema de salud, sino también en nuestra economía porque no tenemos ingresos. Con el confinamiento nos pusimos a buen recaudo y cerramos nuestras fronteras, pero eso afectó la forma de vida diaria en las comunidades”, declaró en noviembre pasado para Ojo Público, el líder indígena Berlín Diques, presidente de la Organización Regional Aidesep de Ucayali.

“No hemos aprendido nada. La atención pública sigue sin llegar a las comunidades. No hay equipos profesionales atendiendo a la población. Todo es un caos. El presupuesto nunca llegó y esta segunda ola nos está preocupando mucho. Exigimos atención, pero nuestras muertes ni nuestros problemas aparecen en las noticias, nadie nos hace caso”, enfatizó Lizardo Cauper, presidente de la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (Aidesep). “Estamos muy preocupados, ya que no solo el COVID amenaza a nuestras  comunidades, sino también la tala ilegal, el narcotráfico, la minería. Actividades que han persistido en esta pandemia y que también ponen en riesgo la vida de los indígenas. No se está haciendo nada al respecto”, recalcó Cauper, un día después de que el actual presidente del Perú Francisco Sagasti anunciara un confinamiento obligatorio del 31 de enero al 14 de febrero, debido al aumento de casos de COVID-19 en todo el país.

En el hospital de Iquitos el termómetro marcaba 32 grados centígrados, pero parecían 40. No había aire acondicionado y era como estar en un sauna con ropa y mascarilla. Desde uno de los depósitos de este nosocomio, un hedor espantaba a los que pasaban. La imagen no era cruda, era nauseabunda. Decenas de cuerpos envueltos en bolsas negras de basura sin alguien que los reclame o siquiera que los acomode. En la morgue de la ciudad más poblada de la Amazonía peruana no cabía un cuerpo más. Si eso ocurría en la capital de Loreto, los jefes de las comunidades nativas temblaban de solo imaginarse a su gente enferma sin una pastilla para aliviar el dolor. Por esos días, las organizaciones indígenas enviaron una carta a las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos (OEA), la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), denunciando al Estado perua-no por el peligro de etnocidio, debido al inexistente interés para proteger a las comunidades nativas.

En la última semana de enero, Perú ha acumulado más de un millón de infectados y casi 50 mil muertos, aunque según cifras no oficiales, los fallecidos serían más de 100 mil. Data oficial del gobierno sobre el COVID-19 en comunidades indígenas no existe. 

“No queremos que nos vuelva a suceder lo mismo. En todo este tiempo, las comunidades nos hemos ido organizando como podemos, con nuestras plantas medicinales, recurriendo al conocimiento ancestral para combatir la COVID. Esperamos que el Estado actúe rápido y no deje morir a nuestros hermanos. Estamos convocando a reunión de emergencia a nuestros dirigentes para afrontar esta segunda ola”, dice preocupado Cauper y añade: “No hay data precisa sobre nuestros muertos e infectados. Si nadie llega a las comunidades, no se sabe realmente el impacto del coronavirus en nuestra población”.

“El Estado ha sido lento y no nos ha tomado en cuenta desde el inicio de la pandemia. La COVID ha servido para visibilizar las deficiencias que tenemos las comunidades en la Amazonía. Por tal motivo, hemos pedido que el presupuesto sea integral, no  solo de COVID. Debemos aprovechar este momento para responder a la demanda de salud de las comunidades. La gran mayoría están alejadas de las      ciudades, sin forma de comunicación. Y nunca hubo un plan para ellas. No tenemos especialistas de salud en las comunidades, tampoco medicamentos, estamos muy desatendidos. Lo que veo ahora es que se está tratando de combatir la emergencia, pero no estamos viendo el fondo del asunto: que vivimos en el abandono”, afirma Julio Cusurichi, premio Goldman 2007 y presidente de la Federación Nativa del río Madre de Dios y Afluentes (Fenamad), que pone sus esperanzas en la tan ansiada vacuna. “El Estado tiene que po-ner como prioridad de vacunación a la población indígena y que no sea como siempre, que somos los últimos en ser atendidos”.

De Iquitos a Manaos, la capital del Estado de Amazonas en Brasil, hay 14 horas de viaje por el río Amazonas. Manaos tiene dos millones de habitantes y es la ciudad más poblada en toda la Amazonía y, al igual que Iquitos, su crecimiento se debió a la terrible época del caucho. Desde que se encontró el primer caso, han muerto al menos 5.800 manauenses y se han contagiado más de 220 mil. Se pensó que habían alcanzado la inmunidad de rebaño, pero se equivocaron. Una nueva cepa, más contagiosa, se ha descubierto en esta ciudad. Manaos se ha quedado sin camas UCI y se calcula que en las siguientes semanas irán muriendo alrededor 100 personas todos los días. En Iquitos y en todas las comunidades nativas de Loreto, están más que preocupados. El Estado peruano no tiene planes claros y el río más caudaloso del planeta es una vía libre para cualquiera, incluido un atrevido virus.

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