Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 22 de mayo de 2022
  • Actualizado 06:17

Consecuencias de la cuarentena: eco amplificado de viejos problemas

Lara Lizenberg 
Psicoanalista
liclaralizenberg@gmail.com
Buenos Aires-Argentina
Lara Lizenberg Psicoanalista [email protected] Buenos Aires-Argentina
Consecuencias de la cuarentena: eco amplificado de viejos problemas

Para cuando ustedes estén leyendo este artículo,  habremos aprendido a hablar en un tono mínimamente más elevado y gesticularemos un poco para paliar el metro y medio de distancia social. Los barbijos serán atuendo instalado y nuestras manos estarán más   resecas que ahora pero acostumbradas.   El virus será más conocido, la vacuna en marcha, los médicos agotados.

¿Cuáles son los efectos psicológicos de una trasmutación de la vida semejante? ¿Qué sucede con las personas que se han visto obligadas a dejar el mundo laboral, el contacto corporal, los lugares de pertenencia y diversión?

Antes de la cuarentena, la indicación de hacer vida dentro de las casas parecía, en general, una limitación angustiosa. Las noticias empezaban a indicar    lo inédito de la situación, pero nuestro pensamiento, acostumbrado a hacer encajar todo en categorías conocidas, pasaba, de asemejar el virus a otros, a la angustia, de ahí a creer que los medios de comunicación exageraban y de ahí a la angustia nuevamente.

Toda teoría conspirativa posible de ser pensada fue esgrimida como argumento de la pandemia: los chinos habrían creado el virus para ganar poderío frente a EEUU; o habrá sido una creación de laboratorios para vender la vacuna o una bomba de los millonarios del mundo para quebrar el mercado y comprar por unos morlacos cuanta empresa pudieran.

Cada explicación encajonada se desencajó en un instante. Resistencias y burla se quedaron sin sustento.

Llegado el confinamiento, efectos psicológicos se hicieron oír más aún. La puerta del hogar, barrera ilusoria contra la entrada de las pestes, solo logró un lugar aislado donde empezaran a retumbar los problemas de siempre. Hubo un desencadenamiento.

Lejos de producirse estados emocionales novedosos, acordes a la novedad de la COVID-19, en la mayoría de los casos la contingencia de un virus inesperado azotando al mundo, hizo revivir conflictos antiguos  en un escenario diferente (si es que se le puede llamar “diferente” al hecho de que algo nos tome por sorpresa, nos asuste, nos haga pensar cómo defendernos e incluso ponga arriba de la mesa la posible cercanía de la muerte).

Quienes se sentían exigidos por la realidad cotidiana, sintieron el alivio del aislamiento por un tiempo corto. Rápidamente, la misma presión se hizo sentir en el lugar más familiar y la sensación de algo inquietante, de tener que hacer algo útil, de tener que “aprovechar” el tiempo, se hizo sentir.

Las parejas con problemas licuados por una cotidianeidad urgida, se acentuaron a punto tal que los números de denuncias por violencia familiar se agudizaron severamente.

Los padres que en general, teóricamente por ocupaciones laborales no podían estar con sus hijos, sufren la convivencia full time, oscilando entre la culpa y la búsqueda de escapatoria. Nada nuevo.

Las consultas psicológicas han aumentado notablemente y lo que parecía ser para algunos un obstáculo ­las sesiones virtuales ha sido y sigue siendo una excelente herramienta para trabajar estas cuestiones.

Porque mejor que subsistir es vivir. Y a veces hace falta un sacudón, aunque sea en forma de molécula lípido-proteica, para recordárnoslo.