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  • Diario Digital | domingo, 16 de junio de 2024
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Colegios: la dictadura de la apariencia

Los cuerpos de los y las estudiantes están normados: hombres deben verse de una forma, mujeres de otra. Cualquier disidencia está prohibida: uñas pintadas, tops, calzas, piercings, faldas cortas. El prestigio del colegio y la disciplina son los argumentos de la administración del establecimiento y la junta escolar. El alumnado no tiene voz.

/ LA BRAVA
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Colegios: la dictadura de la apariencia

Ana (nombre cambiado), de 17 años, terminó en la Dirección del colegio evangélico en el que se educa, en Santa Cruz, para ser amonestada. Su delito: lucir el cabello teñido de rojo y, como observó el director al tenerla enfrente, andar trepada en zapatos de plataforma y llevar aretes larguísimos.

Zapatos y aretes pueden guardarse para otra ocasión, pero quitarse el tinte y evitar una sanción no es tan fácil. Al menos no como despintarse las uñas de inmediato, que para eso hay un quitaesmalte en la misma Dirección. ¿En qué perjudican zapatos altos, tintes o aretes en el desempeño escolar? “Nuestro objetivo es que se concentren en los estudios, que eviten distracciones”, responde una maestra de un colegio de Sopocachi, en La Paz.

Martín (17 años) tiene una barba poblada y, aunque preferiría dejar de distraerse con el afeitado frecuente, en el colegio católico privado de la zona central de La Paz no se lo aceptan. Una de sus profesoras aceptó  hacer una nota en la que aboga por Martín con el argumento de que, como están preparando una obra teatral, lo necesita barbado. “Ojalá acepten”, dice la maestra que sabe que debe vigilar por el cumplimiento de las normas internas del colegio “que buscan borrar diferencias entre los alumnos”. “Es una cuestión de prestigio, de imagen del colegio y de nuestros hijos”, explica la mamá de una alumna que estudia en una unidad educativa de la zona 16 de Julio, de El Alto. La señora cree que si se impusieran las ideas de los alumnos, como acaba de escucharse en la elección del uniforme de la promoción, “harían el ridículo con esos pantalones chupados”.

Las normas deben traducirse en un reglamento interno que los padres y madres de familia firman al momento de inscribir a sus hijos o hijas en determinado establecimiento. La Resolución Ministerial 001/2024 del Ministerio de Educación recuerda que los colegios privados deben contar con “planes de convivencia pacífica y armónica”, en el marco del Código Niña, Niño y Adolescente. Y Belinda Callari, secretaria de Educación de la Confederación de Estudiantes de Bolivia (CEB), precisa que todas las unidades educativas, privadas, fiscales y de convenio, deben tener un reglamento interno que garantice dicha convivencia.

El medio La Brava revisó el reglamento de siete establecimientos escolares de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, algunos de los cuales están disponibles en internet. En los puntos referidos a obligaciones, hay invariablemente normas referidas al uniforme. Al    respecto, es cierto que la resolución 001/2024 aclara que su uso “no es obligatorio”; pero que “sí puede ser obligatorio” si hay un consenso en asamblea de padres y madres de familia.

Ese consenso define mucho más que el uso de ciertas prendas y llega a establecer una serie de prohibiciones que recaen en el cuerpo de los chicos y, sobre todo, de las chicas.

Por ejemplo, en el reglamento de un colegio de convenio de la provincia Guarayos de Santa Cruz se dispone: “Mujeres: mandil blanco hasta debajo de la rodilla (…) cabello sin tinte y amarrado o recogido con moña blanca, sin maquillaje en el rostro, sin accesorios extravagantes, sin piercing en cualquier parte del cuerpo, sin uñas pintadas y deberán estar bien recortadas, ni cejas recortadas, todos los días de clase. Varones (…) calzados negros bien lustrados, cabello sin tinte con recorte adecuado varonil no extravagante ni diseños y sin aros en las orejas o piercing, ni cejas cortadas y sin uñas largas o pintadas”.

En otro establecimiento se restringen los cortes de cabello que “no correspondan a los cánones normalmente aceptados”. Y en otro más se apela a la Biblia para determinar que los varones “deben tener un corte moderado y decoroso”.

Mariel (17 años) dice que hace lo posible por evitar la mirada inquisidora de la regenta de su colegio de Villa Copacabana, pues no es suficiente llevar chompa y pantalón azules. El año pasado, la mujer la reprendió a grito por llevar un jopo llamativo. “Si no sabes ni peinarte, cómo piensas trabajar; vas a fracasar en la vida”, la habría sentenciado antes de enviarla al baño a “peinarse bien”.

CONTROLES MÁS EXPOSICIÓN IGUAL VIOLENCIA

“Claro que es agresión la que se ejerce contra los y las estudiantes cuando se los expone así”, dice Elizabeth Machicao, cabeza de la Casa del Adolescente, entidad que, en La Paz y El Alto, trabaja para prevenir los distintos tipos de violencia a los que están expuestas las personas jóvenes.

En ese espacio se escuchan preocupaciones sobre rechazo, aislamiento, depresión, acoso, autolesiones y otras agresiones que se dan sobre todo entre pares. “Hay situaciones mucho más graves que las de llevar un uniforme –dice Machicao–, pero, ciertamente, ese tipo de presiones son una arista de una sociedad que considera a los menores de edad como sujetos sin derechos”.

Somos “una sociedad adultocentrista”, concluye Machicao, “que puede enviar a la cárcel a una persona de 14 años, porque se es punible desde esa edad, o expulsar a los acosadores de un colegio para que vayan a otro a seguir con la misma conducta, pero que es incapaz de trabajar protocolos para prevenir el acoso escolar”.

La maestra Odalys, que da clases en un colegio de la zona de Obrajes, cree que las agresiones entre adolescentes tienen que ver, en parte, con la imagen de rechazo que se promueve respecto del que luce diferente. “Quien tiene un cabello teñido o lleva una falda corta o usa uñas largas es visto como el malo, la provocadora, el ‘maricón’, mientras que el muchacho de pelo corto es el bueno. Es así como se planta y riega la semilla del rechazo mutuo y del bullying”.

El pedagogo Israel Lahor refuerza lo dicho por la maestra. Si todos en un grupo tienen el cabello corto y un alumno lo lleva largo, y si no se está sensibilizando a la comunidad estudiantil en cultura de paz, es posible que el cabello sea causa de bullying.

CUESTIÓN DE DERECHOS 

El debate sobre los derechos a la imagen propia de las y los adolescentes en el espacio educativo llegó, en Colombia, hasta la Corte Constitucional el año 2001. Un estudiante reclamó porque se le había amonestado por   llevar un piercing. El magistrado Rodrigo Escobar argumentó entonces que “las limitaciones a la identidad personal y a la imagen propia son inconstitucionales”.

La Corte afirmó “que el largo del cabello, la forma de un peinado, la utilización de aretes y cualquier otro adorno personal hacen parte del derecho a la propia imagen y toda persona está autorizada para autónomamente decidir cómo se presenta ante los demás”. Por tanto, “el piercing, arete que los jóvenes utilizan en las cejas, los labios, la nariz, el estómago y hasta en la lengua, no podrá ser prohibido por los colegios públicos y privados del país”.

En la Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia, que de manera general defiende el derecho a la identidad y la no discriminación, la sección referida a la niñez y adolescencia reconoce “derechos específicos inherentes a su desarrollo, a su identidad étnica, sociocultural, de género y generacional”. Y “prohíbe y sanciona toda forma de violencia contra las niñas, niños y adolescentes, tanto en la familia como en la sociedad”. “Córtate el cabello”, “este tinte, no”, “lávate la cara” e imperativos de ese tipo atacan y devalúan a la persona de 12 a 18 años, dice Fabiola Lanfranco, psicoterapeuta de la Casa del Adolescente, quien puede ver en su trabajo cuánto golpean esas órdenes en la autoestima de personas que están en proceso de construirla. Y el pedagogo Lahor añade que al restringir al adolescente se le resta identidad, se le coarta la creatividad, la iniciativa y la adaptación.

EL CUERPO FEMENINO, ESA TENTACIÓN

“Las prohibiciones recaen sobre todo en las mujeres”, se queja Rosa (15 años), que junto a Kattya es alumna de un establecimiento cercano a la plaza Riosinho, en La Paz. Y, ciertamente, en los reglamentos revisados por La Brava hay coincidencias en cuanto a poner límites al largo de las faldas de las chicas, como resalta en los colegios Santa Teresa , Adventista, San Agustín y La Salle. A veces, se abunda en identificar como inconveniente el uso de lo que se llama “ropa inadecuada o “extravagante” y se enumeran poleras transparentes, escotadas y tops.

En el colegio San Agustín se recomienda a las chicas el uso de “ropas moderadas” porque es un “establecimiento mixto”, así que “hay que evitar llamar la atención de manera provocativa a los estudiantes varones” y malos comentarios de las compañeras.

¿Y SI SE ESCUCHA A LOS ALUMNOS/AS?

Un colegio que aprobó su reglamento interno con la participación de estudiantes y padres de familia es el Adela Zamudio, de El Alto, donde quien fuera director, Juan Carlos Nina (2018-2020), implementó el proyecto “Haciendo escuela en comunidad”, hoy cancelado.

Nina recuerda que en el proceso de elaboración del reglamento se tocó el tema del uniforme. Y habría sido uno de los estudiantes de pelo teñido y pantalones anchos quien expresó que si a él le exigieran vestir el uniforme, acataría, pero que esa obligación debería ser para todos.

Según Nina, en ese ir y venir de ideas, lo de uniformarse nació de los propios estudiantes, entre otras razones, porque reconocieron que quien   lleva tintes o piercings es fácilmente relacionado con algún “grupo” de no muy buena reputación. Al final, el reglamento no incluyó prohibiciones de apariencia.

El pedagogo Lahor afirma que si un reglamento no se socializa, los y las estudiantes no se sentirán comprometidos con la normativa y seguramente se rebelarán, más en una etapa de la vida cuando la independencia y la autonomía personal se están construyendo.

La psicoterapeuta Lanfranco entiende que mantener la disciplina en aulas con hasta 40 estudiantes es difícil cuando los maestros carecen de herramientas para desarrollar su trabajo. Ahí entran en juego las reglas que resultan de acuerdos entre la administración del colegio y los padres y madres. Sin embargo, dice, para un proceso educativo es determinante saber qué piensan los adolescentes.

EL CONTROL LO EXIGEN LAS FAMILIAS

Es posible que otros directores estuviesen interesados en promover la participación de las y los estudiantes en la toma de decisiones, dice Nina. Pero, ahí están las juntas escolares. En un exliceo de señoritas, hoy establecimiento mixto de la sede de gobierno, la vigilancia de las y los progenitores ha desanimado al director a brindar mayor apertura. “Podría perder mi trabajo”, pues padres y madres “son quienes exigen disciplina, sobre todo aquellos exalumnos que quieren para sus hijos lo que ellos vivieron en su tiempo” y que, si sienten que se afloja, reclaman que “los funcionarios no trabajan; así que yo mismo me sumé al control de uniformes y peinados”.

Quien ha dejado de quejarse “y de sufrir” es Julián, quien a sus 15 años y con el apoyo de su familia dejó el colegio privado para asistir a un nocturno de Obrajes, mientras que por la mañana estudia música, su pasión. “La forma de vestir es de uno y si te obligan a cambiar es como si te quitaran tu forma de expresión”, afirma el futuro artista que el primer viernes de abril fue elegido en las urnas Defensor del Estudiante, como otros 7.363 en todo el país.l