Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 06 de octubre de 2022
  • Actualizado 23:48

Charazani: la medicina en los kallawayas y la farmacia en el campo

Este municipio enfrenta el avance del virus con sus propios recursos naturales y comparte sus conocimientos ancestrales con otras poblaciones. Este reportaje fue realizado gracias a una beca de investigación del Pulitzer Center.

Medicos tradicionales presentan sus jarabes y pomadas para combatir la covid-19
Medicos tradicionales presentan sus jarabes y pomadas para combatir la covid-19
Charazani: la medicina en los kallawayas y la farmacia en el campo

Charazani es un municipio paceño distante a 243 kilómetros de La Paz, ciudad sede del Gobierno boliviano. Llegar a su territorio toma entre seis y ocho horas de viaje por tierra, dependiendo las condiciones viales (el camino solo en parte es asfaltado, siendo gran parte de tierra) y climáticas. Ocupa 1.616 kilómetros cuadrados y se halla en la zona noroeste del país (colindante con Perú), a una altura promedio de 3.250 metros sobre el nivel del mar (msnm), que, sin embargo, sube hasta más de los 4 mil en sus comunidades más altas y desciende hasta menos de 2 mil en su región más tropical. Aunque más cerca del espectro de la cultura quechua, cuyo idioma es el más hablado de los originarios, su nación indígena es la Kallawaya, con particularidades que les distinguen de los quechuas, como el dominio de otros idiomas (además del español, el pukina y el machajuyai), su vestimenta, su música y su farmacopea. La población kallawaya asciende a 7.389 personas y representa el 0.3% de todos los indígenas del país, siendo la décimo segunda más abundante, según el Censo de 2012.

Exposición de los remedios naturales elaborados en Charazani.

Es la capital de la provincia Bautista Saavedra (de La Paz), y de la cultura Kallawaya, cuya cosmovisión y ciencia ha sido reconocida por la Unesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Su reconocimiento mundial deriva sobre todo de su medicina o farmacopea tradicional, que es ejercida por médicos indígenas que se forman oralmente de generación en generación para la aplicación de terapias naturales en las que combinan el uso de plantas, animales y minerales, además de prácticas espirituales.

Este acervo científico ha sido clave para mantener al municipio con índices bajos de coronavirus, que hasta el 18 de octubre sumaban 6 casos para un total de 13.482 habitantes, según datos del Ministerio de De-sarrollo Productivo y Economía Plural de Bolivia, actualizados al 15 de enero de 2021. El número reportado está por debajo de la capacidad hospitalaria máxima, de 12 camas, y no se ha visto rebasado, como sí ha ocurrido en los municipios urbanos con mayor población del país. El personal médico en el municipio, según la administración del Centro de Salud Integral de Charazani, es de seis profesionales (cuatro médicos y dos enfermeras).

La farmacopea kallawaya fue aplicada para combatir el coronavirus a través de la fabricación de un jarabe y una pomada compuestos con plantas, grasas animales y minerales de su territorio (que atraviesa valles, altiplano y trópico), con propiedades principalmente expectorantes y anticongestionantes. De este trabajo se ocuparon los médicos tradicionales que integran el Comité de Salvaguarda de la Cultura Kallawaya.  Alipio Cuila, uno de sus representantes, informó que durante la primera ola de la pandemia llegaron a producir por día 30 frascos de jarabe y 40 de pomada, que se vendieron dentro del municipio a 30 bolivianos (poco más de 4 dólares) y 10 bolivianos (un dólar y medio) por unidad, respectivamente.

Esta medicación tiene una finalidad eminentemente preventiva, que es también reconocida por la medicina académica o facultativa. Felipe Saucedo, médico del Centro de Salud Integral de Charazani, cuenta que las terapias tradicionales de los kallawayas tienen cualidades preventivas, para las que los profesionales en salud ofrecen orientaciones. 

Su colega Jair Reynaldo Escobar, encargado del Centro de Aislamiento y Triaje del Municipio de Charazani, explica que la demanda de los servicios de los médicos kallawayas se ha ido dando de forma espontánea. Los pobladores solicitan a los médicos indígenas que “les faciliten algunos medicamentos que ellos fabrican para que la gente se vaya desinfectando y trabajando la prevención”, detalla. 

Sin embargo, el uso de los productos tradicionales no trasciende mucho más, debido a que no hay estudios científicos que certifiquen sus propiedades terapéuticas y hay riesgos de que la automedicación pueda resultar nociva, de forma similar a lo que ocurre con los medicamentos bioquímicos. De esto es consciente el médico Saucedo, de Charazani, pero también el epidemiólogo boliviano Rodrigo Arce, investigador del Departamento de Epidemiología de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York (NYU), quien urge a que la medicina tradicional indígena boliviana pase por un proceso de desarrollo de investigación y conocimiento. “Eso haría de su uso más seguro y confiable, en especial cuando se usa en paralelo a tratamientos terapéuticos establecidos”, apunta Arce.

El epidemiólogo concede que los productos de la medicina tradicional son utilizados para mitigar síntomas de cuadros respiratorios, como antitérmicos (reducir fiebre), antiinflamatorios, analgésicos, mucolíticos (reducir la consistencia de secreciones respiratorias) y expectorantes (favorece eliminación de secreciones), por lo que podrían resultar útiles para etapas tempranas o casos leves de covid-19 u otras infecciones similares. Pero, insiste, el escenario ideal es que esos usos tiendan a ser más que “anecdóticos” y estén precedidos de estudios que validen científicamente sus propiedades y formas de consumo.

Fuera de la aplicación de elementos naturales y su uso para la fabricación de jarabes y pomadas, los médicos kallawayas han jugado en Charazani un papel fundamental para concientizar a la población de la existencia del coronavirus, de sus peligros y de la necesidad de asumir medidas preventivas para evitarlo. El médico Escobar cuenta que los sabios indígenas contribuyeron decisivamente a la “socialización y educación”, sobre todo para “llegar a las comunidades más lejanas… y para que sean conscientes de la enfermedad”. 

Vista panorámica del municipio de Chazarani.

Los más de 13 mil habitantes de Charazani están dispersos en 62 comunidades, según la Dirección de Cultura, Turismo y Territorio de la Alcaldía charazaneña. En las más alejadas, donde imperaba escepticismo respecto a la enfermedad, ha sido fundamental la palabra de los kallawayas, que conservan una autoridad moral y espiritual que ni siquiera las autoridades estatales tienen. 

La dispersión de las comunidades genera un distanciamiento natural entre los habitantes del municipio, una medida de bioseguridad recomendada para prevenir contagios de coronavirus que en las poblaciones indígenas se lleva a la práctica con más naturalidad que otras como el uso de barbijos (o tapabocas), que enfrenta más resistencia entre los indígenas, como coinciden los profesionales de salud y dirigentes locales.

El uso de los jarabes y pomadas fabricados para los días de la pandemia es adicional a la aplicación de procedimientos más domésticos y rutinarios, que están al alcance de gran parte de la población. Así lo reconoció Felicidad Carrión, una comunaria de 56 años, a tiempo de citar al eucalipto, el limón, la linaza, la miel de abeja, el ajo y la cebolla para prevenir y combatir malestares comunes como la tos, la fiebre y los escalofríos, que son también síntomas del coronavirus. Gracias a ese conocimiento herbolario “casi nunca he llegado al hospital”, cuenta orgullosa Felicidad, quien cree en la necesidad de que el Estado, a través de sus diferentes niveles, preste más apoyo para afianzar el uso de la medicina tradicional.

Comparte su criterio Édgar Quispe, dirigente de la Central Campesina de la provincia Bautista Saavedra, quien recuerda que los pobladores han sabido utilizar las plantas medicinales que guardan los tres pisos ecológicos (alturas, valles, trópico) de su territorio. “Estamos haciendo sahumerio y mates”, precisa. 

Lejos de los principales centros urbanos del país, Charazani se ha favorecido de esa lejanía, que le ha vuelto inaccesible incluso para el coronavirus, pero tampoco se ha quedado de brazos cruzados y se ha volcado a su farmacopea tradicional para plantarle cara a la pandemia. Después de todo, antes y después de la covid-19, para la cultura kallawaya –sentencia Alipio Cuila– “la medicina y la farmacia están en el campo, en los seres vivos”. l 

NOTA: Este trabajo es parte de un reportaje que refleja la realidad los pueblos indígenas y la COVID-19. Los reportajes individuales se publicarán cada semana en la revista Así.