Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 30 de mayo de 2024
  • Actualizado 09:08

Aprender a mirar aves para imaginar un futuro lejos de la calle

En San Bartolo, un balneario en Perú, un grupo de niños que vivieron en la calle o sufrieron malos tratos aprenden a avistar aves para transformar su vida. 

Aprender a mirar aves para imaginar un futuro lejos de la calle. SEBATIÁN CASTAÑEDA
Aprender a mirar aves para imaginar un futuro lejos de la calle. SEBATIÁN CASTAÑEDA
Aprender a mirar aves para imaginar un futuro lejos de la calle

“¡Es un gaviotín! ¡Está allí en ese hueco de la peña!” dice Ahren, un joven de 16 años, con entusiasmo, a primera hora de la mañana. A pesar de que este verano es algo más caliente de lo normal, sobre los acantilados de San Bartolo, un balneario a 50 kilómetros al sur de Lima, Perú, flota una leve niebla. El sol aún no descerraja sus rayos insoportables, mientras numerosas aves revolotean entre la orilla, el cielo y algunas rocas. Entre ellas, el gaviotín zarcillo (Larosterna inca) que acaba de ver Ahren.

Él se sabe el nombre científico, distingue con claridad los colores del ave (pico rojo, plumas blancas y grises) y la diferencia incluso de otras especies de gaviotines. Binoculares en mano, y a veces a simple y aguda vista, se está volviendo un observador de aves sagaz. Para él, sus hermanos y el resto de compañeros de Casa Generación, un hogar que acoge a niños y adolescentes en riesgo de exclusión, mirar al cielo es también una forma de revivir.

“Mirarlas, buscarlas, les desarrolla la sensibilidad”, explica la fundadora de Casa Generación, Lucy Borja. En los más 30 años de funcionamiento de la institución, ella dice haber acogido al menos un millar de niños que vivieron en la calle y que en ocasiones fueron maltratados, golpeados y detenidos. Ahora la organización tiene tres casas hogar en la zona de Lima. Y el programa “Saber y sentir”, puesto en marcha por su hija Lucytania Bazán, en 2021, que entrena a 25 niños y adolescentes de entre 6 y 16 años para conocer y distinguir las 50 especies de aves que hay en este balneario de hermosos acantilados.

Los primeros pobladores prehispánicos se asentaron por estas tierras hace 4.000 años. Después, vinieron las culturas Ichma, Huari e Inca, que observaban aves y las plasmaban en telares o cerámicas. Yéricko, un chico de 15 años y que vive en Generación, procura recoger ese legado mientras observa un grupo de pelícanos que se estira cerca del gaviotín zarcillo, sobre una peña blanquecina que de rato en rato es bañada por las olas.

“Mi ave preferida es el cormorán de pata roja (Phalacrocorax gaimardi)”, explica desde una casa que mira el mar. Como hace Ahren con los gaviotines, sabe distinguir a las otras especies de cormoranes. “Es chévere saber reconocer las aves. Cuando sea grande quiero estudiar en la universidad, quizás arquitectura o biología; esto me va a hacer mejorar, porque yo antes era muy rebelde”, dice Yéricko. El joven no olvida los tiempos difíciles que vivió de pequeño, cuando su madre tuvo que hacer milagros para alimentarlo a él y a sus hermanos en Lima. Llegar a San Bartolo, como le ocurrió a otros muchachos, lo invitó a ver otras posibilidades, otras rutas de vida. Y conocer las aves parece invitarlo a volar con sus sueños.

“Las aves son libres”, afirma Borja, aludiendo al espíritu de Generación. A diferencia de otras casas, esta es de “régimen abierto”, lo que significa que los chicos pueden irse cuando deseen. No está exenta de problemas (algunos adolescentes, en efecto, se fueron y no volvieron más), pero desde 1988 lucha a brazo partido para generar    esperanza.

MIRAR Y REPARAR

Lucytania Bazán, quien promueve el programa Saber y sentir, en compañía de los niños y adolescentes de Casa Generación. SEBATIÁN CASTAÑEDA
Lucytania Bazán, quien promueve el programa Saber y sentir, en compañía de los niños y adolescentes de Casa Generación. SEBATIÁN CASTAÑEDA

En la parte alta del ‘Bufadero’, una formación rocosa con grietas, Yolanda, de 14, atisba un ostrero americano (Haematopus palliatus), un ave de pico rojo y plumaje negro en la cabeza y marrón en el cuerpo. Según cuenta, sabe distinguir los gaviotines de distintas especies que hay en esta zona, como el peruano (Stemula lorata), el elegante (Thalasseus elegans) y el de pata negra (Thalasseus sandvicensis). La manera como ella y los otros jóvenes manejan los nombres comunes y científicos (a veces dudando si estos últimos los pronuncian bien) es admirable.

Lucytania Bazán cuenta que esta iniciativa les ayuda a diferenciar “lo que conocen de lo que no conocen”, y que cuando lo hacen se sienten más en su ecosistema y en su comunidad. De hecho, los participantes han percibido un cambio en su vida al pasar de simplemente “ver las aves” a entender sus secretos, su comportamiento o de qué se alimentan. “Es importante ser conscientes de la hermosura de la fragilidad”, afirma Luis Hutchinson, psicólogo de la institución. Para ellos, sostiene, esta actividad es un posible camino de reparación interior, un ver la naturaleza y verse a ellos mismos. Los sitúa, además, en un momento de una historia que viene de siglos atrás,

“Las aves son frágiles”, advierte Lucytania. “Si no eres cuidadoso, destruyes sus huevos, sus nidos”. Estos chicos, varios de los cuales crecieron en la calle o en un tormentoso núcleo familiar, también lo son. Al aprender a ser avistadores, salen un poco de sus tormentas interiores, y se sienten parte del entorno. Ven el mundo, literalmente, con otros ojos. Cambian un poco y conocen otros mundos, distintos a los que vivieron. En octubre pasado, fueron invitados a la XI Feria de Aves de Sudamérica en Cusco. Así sienten también que empiezan a ser reconocidos, algo que no pasaba en sus vidas anteriores en las que se sentían despreciados. Ahora aspiran a ir al Global Bird Fair, que se realizará en julio de este año en Reino Unido.

Al caminar con estos jóvenes por los cerros empinados, las orillas y las rocas se respira una atmósfera de entusiasmo contagioso. En Generación, también se da clases de tabla hawaiana, de capoeira, de malabares y música. Todas ellas son parte del camino para recuperar la confianza.

En otra parte de este balneario, en un lugar con botes anclados, un muchacho intenta distinguir un surf sinclodes (Cinclodes taczanowskii), ave endémica de Perú, pequeña y de color marrón. Carlos (nombre ficticio porque prefiere no dar el suyo) reconoce que recién está comenzando en el arte del avistamiento y le falta aprender. Cuando tenía 7 años, se escapó de su casa con su hermano mayor, cansado de los malos tratos. Ambos vivieron dos meses en la calle en un cerro de un distrito popular de Lima. Se ganaban la vida vendiendo caramelos. Con eso, compraban un plato de comida para los dos. Carlos pasó por varias casas hogar, por un centro preventivo de menores y finalmente recaló en Generación, donde vive hace ya algunos meses y donde su vida parece estar empezando a encaminarse.

“El avistamiento me ayuda a investigar, y el taller me ayuda a relajarme”, asegura. Este aprendizaje despierta, además, sus impulsos artísticos en un taller donde los participantes pintan las aves que ven y otras que reconocen en fotos. En uno de los talleres, Yolanda, de 17 años, muestra los tres tipos de gaviotines que ha pintado. “Se diferencian por el pico y por las patas”, explica, y muestra con orgullo sus cuadros, algunos de los cuales han aparecido en afiches y camisetas.

En el parque Miguel Grau de San Bartolo, los integrantes de “Saber y sentir” están también pintando las aves del lugar, como el violinista o tangara (Thraupis episcopus) o el gallinazo de cabeza roja (Cathartes aura) en un mural en construcción. El fin es ofrecer a los vecinos la oportunidad de saber qué aves viven su ecosistema.

Una bandada de gaviotas de Franklin (Leucophacus pipixcan) acaba de sobrevolar el Bufadero, bajo la mirada atenta de los muchachos. Se pierde entre los acantilados sin posarse aún en tierra. El día ya está bien despejado y cuesta un poco caminar por las arenas y caminos ya un poco calcinantes. Las aves siguen en tierra, en el cielo, en los peñascos, en el mar, en los árboles. José, un niño que tuvo una infancia difícil, dice que ya está aprendiendo a avistar aves. Pronuncia los nombres de algunas con dificultad, pero su rostro destila cierto brillo de futuro. Ester, otra de las niñas, explica con una dulce timidez y delante del mural, qué come la garza huaco (Nictycorax nictycorax), una de las aves preferidas de los muchachos. Y la vida sigue volando.