Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 29 de octubre de 2020
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Antígona pide una tumba para su hermano

Favio Javier Sandoval López
Psicólogo
Favio Javier Sandoval López Psicólogo
Antígona pide una tumba para su hermano

Antígona yace a los pies del cuerpo insepulto de su hermano Etiocles. Un edicto del monarca de Tebas, el impiadoso Creonte, prohíbe rendirle los respectivos homenajes fúnebres. Es cierto que sobre el linaje edípico pesa la maldición del padre; es verdad también, que la angurria de Etiocles lo llevó a atentar belicosamente contra su “polis” y, sin duda, su espada dio muerte a Polinices, su hermano, héroe defensor y orgullo de los cadmios, a quien, en contraste, la ciudad celebra solemnes y grandiosos funerales, pero: ¿eso condena a Etiocles a despojarse de su humanidad y a convertirse en un deshecho despreciable, en vil carroña? 

Antígona, sintiendo el llamado de la sangre, está, como quien dice, entre la espada y la pared: su piedad la lleva ser declarada enemiga de la ciudad, pero si no enterrara a su hermano: ¿cómo responder a los dioses por tal indiferencia?, ¿no son castigados en el Hades, los fratricidas, los indiferentes y los abúlicos que ven pasar todo sin inmutarse? La elección de Antígona es una decisión ética en toda ley, y es irremediable, pues le supone un final trágico. Sófocles en su genialidad, plasmó esta tensión en una obra que no pierde actualidad, a pesar de que han transcurrido siglos desde su estreno. No por nada, hoy veo en nuestra ciudad una situación tan horrenda y trágica que busco en las palabras de esos antiguos griegos, capaz, un sentido a las miserias de la vida.

¿Desde cuándo enterramos a nuestros muertos? Hay vestigios de que este ritual data del Paleolítico. En ese tiempo inmemorial, ya se pueden evidenciar tumbas en las que los primeros seres humanos depositaban los cuerpos de sus hermanos difuntos, una práctica quizás más antigua que la agricultura y que implicaba, al parecer, un pensamiento mágico-religioso profundo. En el imperio egipcio este culto a los muertos cobro notoriedad, y de hecho las ruinas arquitectónicas más impresionantes de esta cultura, el complejo piramidal de Giza, constituye un claro ejemplo. No hubo civilización que no rinda culto a los muertos. En nuestro país, en noviembre hay una festividad llamada “Todos santos”, donde se rememora a los difuntos, elaborando una mesa en la que se sirve aquello que gustaba comer al homenajeado. Es innegable pues, que la práctica de ritos fúnebres, tan antigua como la humanidad misma, responde a nuestras necesidades esenciales.

Freud, en su afán por describir la dinámica energética individual y cómo se relaciona en el mundo, narró los efectos psíquicos producidos por la pérdida real, es decir por fallecimiento, de una persona importante en nuestra vida, un proceso que denominó duelo. Se trata de un evento caracterizado por el ánimo triste y el desinterés por las actividades cotidianas. No es algo fácil quitar los afectos guardados en una persona querida y es normal que dure un tiempo. A veces, porque administramos pésimamente los afectos, ya que el amor no sabe de lógicas, dura mucho más que un tiempo, pero al final de cuentas, algún día se acaba el dolor, aunque nunca del todo. En este proceso, el rito fúnebre cumple una función primordial. La carga simbólica que supone saber que un ser querido “reposa” pacíficamente en un lugar es tranquilizador. Una lápida quizás no signifique nada para un observador cualquiera, solo es un nombre que se pierde entre otros, pero para un doliente esa “nada” inscribe una vida y esa existencia está presente para quien la recuerda y la ama.

Esta reflexión me ha surgido debido a la situación que vivimos en nuestra ciudad. Si esto es como la tragedia de Antígona, ya no se trata de Antígona contra la comunidad y sus autoridades, esto es las autoridades contra nosotros. Creonte no era tan impiadoso como estos nuevos reyes, que prefieren embriagarse en dimes y diretes antes que emprender una acción sobria. Me espanta que la gente muera en sus casas y que los deudos del difunto deban convivir con el cadáver debido al colapso de los cementerios. Incluso, hay quienes son expulsados de sus barrios por esta situación. A los griegos solo les copiamos el ostracismo. En otros casos, ni siquiera el enfermo muere en su hogar, se desploma en las calles, yendo de un hospital a otro. Es difícil no indignarse ante el cruce de brazos de los gobernantes, que siguen haciendo negocios en nuestras narices, sin disimular siquiera. Mientras tanto, el sufrimiento es para quienes no pudieron rendir a ese cuerpo una despedida digna, algo inherente al ser humano desde siempre.


Favio Javier Sandoval López

Psicólogo

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