Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 20 de enero de 2022
  • Actualizado 00:43

Adriana Espinoza, de estudiar Lingüística a vivir del maquillaje

 Comenzó desde abajo y, con mucho esfuerzo, logró convertirse en un referente del maquillaje a nivel nacional. Tiene un talento innato que transmite a las chicas que trabajan con ella. 
Adriana Espinoza,   de estudiar Lingüística  a vivir del maquillaje. MARCO COSSÍO- CORTESÍA
Adriana Espinoza, de estudiar Lingüística a vivir del maquillaje. MARCO COSSÍO- CORTESÍA
Adriana Espinoza, de estudiar Lingüística a vivir del maquillaje

Hace poco, Adriana Espinoza celebró 10 años de trabajo como maquilladora profesional. Sentada en su estudio, mira atrás y se emociona al recordar todo lo que alcanzó y cómo construyó su camino con base en esfuerzo y dedicación. Aquella joven que iba de peluquería en peluquería para ofrecer su servicio, hoy es un referente nacional del maquillaje y abrió el espacio a muchas personas que comparten su ilusión.

En Cochabamba no era común dar una atención exclusiva en maquillaje; sin embargo, Adriana fue una de las pioneras en implementar el concepto y hacerlo rentable. Actualmente trabaja como imagen de marcas internacionales y es reconocida por su calidad profesional. 

Tiene talento innato. Es autodidácta, aunque parece que hubiera estudiado en los mejores lugares. Su técnica es un ejemplo y su creatividad admirada.

Como muchas jóvenes, no contó con el apoyo de su entorno al principio. Tuvo que esforzarse para demostrar que lo que quería hacer valía la pena y era una carrera. 

LA BÚSQUEDA DE LOS SUEÑOS

El primer reto fue convencer a sus papás. Cuando les dijo que quería estudiar algo relacionado con el maquillaje, recibió una respuesta negativa. Así que ingresó a Lingüística, aunque nunca se decantó por la carrera y no dejó de soñar con el color y la belleza de una paleta de sombras.

“Cuando salí del colegio le dije a mi papá que quería estudiar maquillaje y casi se cae de espaldas porque no le parecía. Mi mamá siempre me apoyó mucho, pero también quería que salga de la universidad”, cuenta.

La joven de 30 años asegura que no era la chica que se maquillaba, pero sí la que le gustaba pintar a sus amigas. Tuvo que empezar a escondidas de sus papás, fue buscando trabajos y tocando puertas en peluquerías cerca de la universidad. Su primera experiencia a nivel profesional fue como asistente de maquillaje en una película, aprendió mucho en la producción y confirmó cuánto le gustaba hacer eso. 

No tenía un lugar para realizar su trabajo, tenía que alquilar algún garaje o pedirle el favor a un amigo. Debido a eso, el siguiente paso fue abrir un pequeño estudio en una oficina por el centro de la ciudad. El espacio era pequeño e improvisado, pero fue el puntal para iniciar su carrera. 

“Fue increíble para mí, aprendí a ser responsable de muchas cosas”, dice. 

Otro hecho que Adriana recuerda como parte importante de su crecimiento es cuando salió en una portada de OPINIÓN bajo la temática de nuevos emprendimientos. “Fue algo que me ayudó mucho, impulsó toda mi carrera. Es ahí donde mi papá me apoya en esto y me da permiso para dejar la universidad y que me dedique de lleno al maquillaje”.

EL EQUIPO, SU COMPLEMENTO

Hace una década, las opciones para aprender maquillaje a nivel profesional eran mínimas, así que Adriana fue puliendo su talento natural. “Aprendí viendo a mi mamá maquillarse, viendo películas, trataba de sacar cómo estaba el personaje que me gustaba. Donde podía aprender, lo hacía”, afirma. 

Su trabajo comenzó a hacerse conocido. Su mejor publicidad fue el “boca a boca”. Y, lo que comenzó como sueño personal, se extendió a más personas; el primer equipo estaba conformado por tres chicas, ahora son 15 y están en un salón más amplio.  

El lugar pasó de llamarse Adriana Espinoza Makeup Artist a The Makeup Loft, que inició un concepto totalmente innovador en la Llajta: todos los servicios relacionados al maquillaje en un solo espacio. 

“Es un equipo hermoso de personas que quieren trabajar, que son autodidactas también. Yo soy muy feliz de enseñarles y saber que, en algún momento, ellas van a ser independientes y van a poder hacer su propio nombre”, asegura.

La artísta formó un lazo muy especial con todas sus colegas y cada una de ellas ha sido el sostén necesario en los momentos difíciles. 

Una de las experiencias más duras que vivió fue cuando su padre murió producto del cáncer. Sintió el mundo caer y asegura que no hubiera podido seguir sin el apoyo incondicional de su equipo.

A nivel profesional, la pandemia afectó mucho su rubro y tuvieron que reconfigurar su manera de atender a sus clientas. 

VIVIR DEL MAQUILLAJE 

Unas de las claves del éxito de Adriana —además de su talento— es su osadía. Dice que es bueno soñar, pero también hay que moverse para conseguir lo que uno quiere, no tener verguenza de empezar de abajo y canalizar todo lo que está al alcance para hacer un buen trabajo. 

“La primera vez que me lancé a maquillar sola fue en una peluquería por la San Simón. Fui y les dije ‘sé maquillar, si algún día quieren’. No tenía ni tarjetas personales, les di un papelito impreso donde decía mi nombre y mi número”, recuerda. 

Adriana cuenta que ella buscó sus propias oportunidades y demostró con creces su talento. “No hay que esperar que las cosas lleguen nada más, hay que moverse”, indica. 

Trabajó para Disney Channel, Wella, Nike, Mac Cosmetics y Huawei, entre otras empresas de renombre mundial. “El productor (de Disney) me dijo ‘cómo te quisiera llevar a la gira’. Esas son las cosas que satisfacen. Dices no tengo escuela, estoy en un país donde el maquillaje no es una licenciatura, hay tan pocas oportunidades en este rubro artístico, pero que alguien grande te diga ‘lo has hecho muy bien’, es fantástico”. 

La actualización es una pieza clave para ella, un reto personal. Afirma que es un aprendizaje cons-tante que no debe terminar nunca. Entre sus metas futuras, quiere especializarse en prótesis y asumir nuevos objetivos en otras partes del país y del mundo.

Adriana es el ejemplo claro de que, cuando uno se lo propone, puede volver rentable hasta lo más impensado, y ella lo sabe muy bien: “Que tranqui-lidad, que paz, que bendición es poder vivir de lo que te gusta hacer, porque es tan difícil. Veo atrás cómo han avanzado las cosas y cómo se ha ido acomodando todo. Me siento muy agradecida con Dios porque creo que he vivido gracia todo este tiempo”, asegura emocionada. 

El tiempo en el que ella comenzó su carrera todo fue crucial, pero eso no significa que no haya oportunidades para las jóvenes que comparten su sueño en este momento. 

“Si yo, la Adriana de ahora, le pudiera dar un consejo a la que estaba empezando, sería escuchar a la gente que te ama, escuchar los consejos de alguien mayor, ahorrar, ser estratégica y ponerse las pilas en todo: saber administrar, manejar redes sociales, sacar fotos. Ya no hay el ‘no me gusta’”. 

Con un nudo en la garganta, Adriana afirma que está a un poco más de la mitad de lo que siempre quiso. “Me acuerdo tener 20 años, caminar por la calle, ver un lugar como lo que es ahora Loft y decir ‘yo quiero eso’”. Sabe lo que quiere y agradece cada una de las cosas que tiene. “Estoy sentada en mi estudio, viendo alrededor, y estoy feliz”, sentencia. l