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  • Diario Digital | lunes, 23 de septiembre de 2019
  • Actualizado 16:18

Adolescentes, seducidos por los riesgos

Adolescentes, seducidos por los riesgos


FOTO: LIVEABOUT.COM" class="foto_600" src="http://www.opinion.com.bo/opinion/suplementos_fotos/2019/0818/044132_600.jpg" hspace="" align="top" border="0" vspace="">El antropólogo David Le Breton ha estudiado las conductas de riesgo en los adolescentes. Lo ha hecho a la luz de una perspectiva humanista, tomando en consideración los múltiples factores de vacío y presión a los que están sometidos los más jóvenes en el mundo actual

Se habla de conductas de riesgo cuando una persona voluntaria y repetidamente se expone al riesgo. Dicho peligro tiene que ver con la posibilidad de poner en juego su integridad física o mental e incluso la vida misma. Quienes tienen este tipo de comportamientos no dan una razón clara que los motive

La adolescencia es una etapa especialmente abonada para las conductas de riesgo. Entre ellas están las relaciones sexuales         sin protección, los “deportes extremos”, los retos entre pares y diferentes tipos de comportamientos suicidas, como conducir a velocidades exorbitantes o adentrarse en zonas o colectivos peligrosos.

LAS CONDUCTAS DE RIESGO Y LA ADRENALINA

Con frecuencia, los adolescentes incurren en conductas de riesgo señalando que son experiencias en las que liberan “adrenalina”. Ven como positivo el hecho de experimentar emociones intensas, ya que, aparentemente, esto les hace sentirse más vivos. Casi lo sienten como un sinónimo de “vivir la vida intensamente”

Aunque la adolescencia puede ser una etapa difícil, en la que la exploración es un componente fundamental, no todos los jóvenes sienten la misma motivación por ex- plorar los límites. Tampoco tienen esa sensación de que “se están perdiendo de la vida” si no lo hacen

Son varias las noticias que aparecen a lo largo del año y que recogen el fallecimiento de algún ado lescente por alguna de esas conductas de riesgo. Tomar una bote-lla de tequila de un solo trago, por ejemplo. O lanzarse desde un piso alto a una piscina. Incluso algunos llegan a involucrarse con pandillas o grupos ilegales, todo “por vivir la experiencia”.

LA EVOLUCIÓN DE LAS CONDUCTAS DE RIESGO

Hasta hace solo unas décadas, ese deseo era canalizado de otra forma (las conductas de riesgo también son sensibles a modas). Además, según el antropólogo David Le Breton, este tipo de conductas comenzaron a hacerse más populares en los años 70

A su juicio, la primera conducta de riesgo en manifestarse fue la toxicomanía. Las drogas comenzaron a ser sinónimo de juventud a partir de los años 60 y para los 70 ya se habían convertido en una práctica común. Luego siguió esa especie de “epidemia” de anorexia que se produjo en las últimas décadas del siglo XX

A su vez, las primeras noticias de adolescentes ejecutores de ma- sacres datan de los años 90. El pandillismo generalizado también data de esta época. También en esa década surgió la costumbre masiva de “escarificarse” o hacerse incisiones en la piel. Los tatuajes y los piercings se convirtieron en una moda dolorosa, pero tolerada.
En los últimos años han aparecido otras oleadas de conductas de riesgo. Los retos siniestros que se pactan en redes sociales. Finalmente están los que se inclinan por contactar y sumarse a grupos radicales.
Le Breton señala que el mundo actual incuba las conductas de riesgo por una razón fundamental: en el fondo cada uno libra su batalla en solitario. Hay una desinstituciona-lización generalizada en la sociedad. La primera de las instituciones que está en declive es la familia. Esta ya no es un núcleo que enmarca a los jóvenes en una clase, en unos valores y en unos límites.
Algo similar ocurre con otras instituciones sociales, como la iglesia, la escuela, el poder político, etc. Todos esos agentes sociales ya no conforman un marco de referencia para las nuevas generaciones. Muchos buscan, con las conductas de riesgo, encontrar esos límites que desconocen. Hallar las fronteras de lo tolerable y lo intolerable. Y ni siquiera así las encuentran.
Cuando un niño no tiene referen-tes o no son los adecuados, su relación con el mundo se edifica sobre unas bases muy frágiles. Comienza un periplo en busca de sentido, que muchas veces culmina con esas exploraciones peligrosas. Muchos niños en la actua-lidad crecen en las mismas casas que sus padres, pero a un océano de ellos. No necesitan tenerlos a su lado todo el tiempo, pero sí es indispensable que estén en sus vidas. Y en muchos casos, eso no está ocurriendo.
El antropólogo David Le Breton señala que cerca del 15 por ciento de los jóvenes están adoptando conductas peligrosas. Llama la atención que el porcentaje es el mismo en todo el mundo