Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 06 de octubre de 2022
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CAPÍTULO 1 (FRAGMENTO)

Vox populi vox Dei

Un adelanto de ‘El escriba de San Blas’, la más reciente obra del escritor chileno y colaborador de la Ramona, Bartolomé Leal, que se presentará en Cusco el 21 de junio
Portada de ‘El escriba de San Blas’, la más reciente obra de Bartolomé Leal.    CORTESÍA
Portada de ‘El escriba de San Blas’, la más reciente obra de Bartolomé Leal. CORTESÍA
Vox populi vox Dei

La voz del pueblo es la voz de Dios, así dicen y lo creo. Han pasado más de diez años desde los sucesos de la recuperación de las pinturas religiosas coloniales que este seguro servidor, José Leal Cocharcas, emprendió exitosamente en la ciudad de Cusco y alrededores.1 Para mi sorpresa recibí un llamado de mi amor de entonces, Malena Rojas, la periodista y gestora de actividades culturales con la cual tuve un tórrido romance durante aquella pesquisa. Pues ella me había vuelto a convocar al Cusco a hacer de detective cultural, por llamarlo de alguna manera. Ahora Malena estaba casada con el tombo (como les llamamos a los policías por acá) con el cual debí disputarla hace una década. El tal César González del Riego había renunciado a su carrera policíaca, sin duda un trabajo que no correspondía a su posición de clase. Fungía de piloto de LAN, la línea aérea que había suplantado a las tradicionales Aeroperú y Faucett, ahora solo en el recuerdo. El hombre había seguido cursos de vuelo y se hallaba entre los flamantes pilotos de la compañía aérea chilena.

En el hecho me había enterado de tal metamorfosis en el mismo avión que me llevó de Lima a Cusco, ya que el capitán González del Riego pilotaba el Boeing 737 que me trasladó a la ciudad imperial. No lo saludé al abordar, solo lo vi pavoneándose. Para mi gusto lucía demasiado gordo, aunque siempre buen mozo, con un culo tremendo y todas las trazas de esos políticos peruanos gigantescos que han sido una tradición nacional, en particular en el ámbito diplomático. Ni siquiera me miró. Con toda seguridad no me habría reconocido, como ando ahora, luciendo una barba desgreñada plagada de canas y el pelo largo amarrado por una coleta. Amén de unos anteojos oscuros que nunca me saco; tengo una colección que incluye unos mirrorshade ochenteros, ópticos por cierto. Me he vuelto miope y astigmático. La luz solar me hace doler la retina…

Me entero después que he dormido a pleno sol con mis putas gafas puestas, aunque han corrido las cortinillas plásticas de las ventanas y ni oportunidad tuve de pedir cambio de asiento. A la llegada veo a Malena y su hija Hansa, a quien conocí cuando era poco más que una bebita. Se ve muy hermosa la niña, delgada y atlética, con rasgos de su madre y colores más bien de modelo gringa. Me saludan con cariño. Aunque la adolescente no me conoce, está claro que la madre le ha hablado de mí. Ambas mujeres me perturban, casi no me doy cuenta de la altura y me apresuro inconscientemente con la maleta a cuestas, aunque esta vez por una manga. El aeropuerto se ha modernizado...

Estoy hecho un nihilista, carajo. La edad me ha ido transformando en un tipo que aparenta amargura, la gente me mira y se aparta, las mujeres me hacen caras feas, los viejos se cambian de vereda, los perros por lo menos gruñen si no me muerden. Da la impresión que voy a agredir. Pero la verdad es que no es así. Lo que ocurre es que tengo la cabeza demasiado llena de ideas, de proyectos, de quimeras. No dejan de aparecer los desafíos, los asumo con gusto, no me aburro ni me entrego. La vida sentimental ha sido un tanto lamentable para mí, la familia un desastre, los pocos amigos que tengo en Lima son esquivos, no por maldad de ellos, sino que porque están atrapados por lo cotidiano. Digo ellos, pero solo puedo decir que tengo tres amigos, aunque auténticos dos y entrañable uno. Harto poco, ¿no? En fin, lo que sí, repito, es que el arte de mi Perú querido es lo que llena mis capacidades amatorias y allí no muestro ambigüedades.

Vuelvo al tópico de esta nueva visita a Cusco... Es ella quien me ha convocado, ya lo dije, para que la ayude en la búsqueda de un manuscrito perdido. Una tarea nueva para el detective aficionado que soy o pretendo ser. Se trata de un descubrimiento suyo, me cuenta. Un día nos hemos juntado en uno de los pocos cafés tradicionales que quedan en Cusco, el “Dos por Tres” en calle Mantas. Los cafés históricos alrededor de la plaza han desaparecido, reemplazados por tiendas de joyas y tejidos finos de alpaca, agencias de viajes, casas de cambio, restaurantes internacionales.... Pero han aparecido otros cafés, acogedores algunos, como los que existen ahora en las galerías del viejo Hotel de Turistas, un gran dinosaurio momificado, abandonado durante no sé cuánto tiempo, parece que fuera un siglo.

Toda esta área del querido Cusco tradicional parece que no mutara, aun cuando haya cosas que cambian. El espíritu de esas calles, corredores, rincones y balcones se mantiene, como si quisiera recordarnos, impedirnos olvidar, que estamos en la ciudad imperial y que, allí debajo de la plaza, está el cuerpo del dios Inkarri buscando reconstituirse, salir y recuperar la grandeza del Tawantinsuyo, el imperio incaico, como cuenta la leyenda, que yo la creo, por supuesto, lo siento en la sangre. Secretamente espero que haya más no sea un temblor para sentir la expresión del último de los dioses incaicos, aquel por el cual los pájaros cantan “En el Cusco el Rey”, como lo cuenta José María Arguedas. Alguna vez deambulando por las ruinas más allá de Sacsayhuamán, los escuché, aunque su canto me pareció más bien cachondo, de zorzal buscando zorzala. Traté de tomarles fotos. Fracasé, obvio, son demasiado escurridizos y yo soy el campeón mundial de los torpes.

Bueno, respecto al misterioso manuscrito aquél. Se trata, me cuenta Malena, de un descubrimiento suyo, una suerte de novela picaresca de data indefinida, probablemente mediados del siglo XVIII, que narra en primera persona las aventuras de un personaje amoral que afirma haber sido un asesino en serie por encargo de la autoridad colonial. Lo pongo, así, en lenguaje de actualidad, aunque me imagino que no era sino un ejecutor de los designios de los gobernantes hispánicos, los invasores del Cusco. Sus víctimas han sido varios prohombres de la aristocracia incaica que han intentado rebelarse contra los reyezuelos colaboracionistas puestos arriba por los dominadores. Los llamados “incas coloniales”. El presunto autor de esta narración sin título, me informa Malena de memoria (el texto salvo fragmentos anda perdido, reitero), se define como un hombre mezclado, mestizo de mujer indígena y padre español, católico ferviente, fiel a los hispanos, pero que en el fondo esconde sentimientos de culpa derivados de lo que considera faltas graves; pecados mortales en la jerga católica.

Se cuenta en el manuscrito de crímenes por encargo, y no de cualesquiera personas, sino de prominentes líderes de la aristocracia incaica que al parecer han manifestado opiniones o son sospechosos de conspirar contra el régimen hispano, invasor primero y colonial después. Las víctimas son parientes, amigos o conocidos suyos de tres generaciones (abuelos, padres y la propia), de los cuales el cronista asesino (y sus antepasados) han ganado cierta confianza. Sobre todo, por su trabajo de escriba, copista, redactor de cartas y textos jurídicos. Oficio heredado, por cierto, de abuelo a padre e hijo. Él mismo se declara descendiente de nobles incaicos por su madre. Habría así una mezcla entre el deseo de vanagloriarse de sus hazañas y las de su familia, una cierta pretensión literaria y el afán de hacer una confesión en forma, por miedo al infierno, de seguro. Busca una absolución que tal vez le han negado en el confesionario. Se sabe un traidor a su raza, aunque solo en parte, porque es un mestizo. Allí radican sus angustias. ¿Se entiende?

Todo ello conforma una personalidad compleja y abarca un período tan largo que demostraría, según Malena, que muchas cosas que cuenta no las vivió, sino que se las contaron. Pareciera tratarse pues de la crónica de una dinastía de asesinos de élite por cuenta del poder colonial y sus aliados. El autor sin nombre se vuelca a la escritura en el modo de novela picaresca, repito, con un estilo abigarrado, a ratos pretencioso, a ratos vulgar. Son las apreciaciones de Malena, pero al momento no puedo comprobar nada, el texto original anda perdido y no he leído aún los fragmentos disponibles...

El libro puede ser pedido a: Almandino Editores E.I.R.L. (Juliaca, San Román, Puno - Perú). Whatsapp: +51 990414349

Sobre El escriba de San Blas. Un thriller andino de Bartolomé Leal

El autor dialoga con su doppelgänger2

¿Por qué pones a tu extravagante “detective cultural” a investigar precisamente sobre una supuesta novela picaresca extraviada, escrita en el Perú? 

Pues porque creo firmemente que lo más grande que han producido, en prosa, las letras castellanas (y no digo españolas porque me refiero al idioma de Castilla, impuesto por el conquistador ibérico y que hablamos en la mayor parte de América Latina), son las novelas picarescas del Siglo de Oro, de mediados del siglo XVI a mediados del XVII; aparte de que expresan esa comunión, esa empatía, esa hermandad espiritual que hay entre los narradores de la picaresca, tipos precarios, ladinos, irrespetuosos, sinceros e ingenuos, y que coincide con lo que considero lo mejor de nuestras sociedades: ese pueblo anónimo creativo y sufrido que uno encuentra en las calles, poblados, iglesias y festividades populares. 

¿Y crees que eso tiene que ver con nuestros pueblos indígenas ancestrales?

Pues todo y nada que ver. Refleja nuestra civilización mestiza, el resto es carajada. El lazarillo de Tormes, maltratado por un ciego más malo que Lucifer, no tiene otro nombre que el del río de donde lo recogieron; por cierto, le hace al ciego las peores putadas cada vez que puede. El diablo cojuelo se hace de un discípulo, a quien le enseña, para delinquir, los descubrimientos de varios siglos posteriores, desde la televisión al avión, desde los satélites al espionaje. Estebanillo González no solo tiene el nombre más humilde imaginable, sino que es maestro de la deserción, se alista en todos los regimientos que le pueden dar ganancia y los abandona cuando se le da la gana, no conoce amo. El buscón de Quevedo no puede llamarse de otra manera mejor para caracterizar al “pícaro”. ¿Y la niña de los embustes, no es una experta en finanzas tan codiciosa como los magnates de las comunicaciones de hoy? Tus “pueblos indígenas ancestrales” no existen, son parte de nuestra sociedad y allí se prodigan los pícaros más picaros del continente, si no ¿cómo sobrevivirían?

¿Estás jugando al políticamente incorrecto?

¿Y tu abuelita? ¿Te has puesto a investigar de dónde viene tu estirpe? Si te has interesado en mi novela En el Cusco el Rey habrás descubierto que su protagonista es un niño abandonado en un microbús, un cholito expósito, de allí que su nombre sea el de un recorrido barrial limeño. Nuestros países andinos son ricos en pobres ricos en alma, fortaleza y talento, que no tienen nada que ver con los cabrones que se han hecho ricos en dinero explotando a los más débiles. Pues a aquellos no los soporto y no puedo sino repetir, como un personaje de la picaresca: no tienes ningún interés como personaje literario, millonario, hijo de cien mil putas.

Calmaos, dime, ¿El escriba de San Blas es una continuación de En el Cusco el Rey?

No lo es, aun cuando tiene cosas en común, como algunos personajes, la ambientación en mi querida ciudad de Cusco, la cultura como un tópico central, aunque en esta ocasión se mete en otros temas, desde ciertas comidas típicas a la arquitectura religiosa, desde los ángeles músicos a los misterios de San Blas (“parroquia de indios”), desde el coraje periodístico al rescate de ciertos textos coloniales poco apreciados… Simple, a mi juicio, aunque sustancioso.  Ahora, no puedo sino señalar mi jolgorio al publicarlo y lanzarlo en Cusco, con el apoyo de una editorial de Juliaca, ciudad de los vientos, los carnavales y las aguas del Titicaca. ¡Alegría, alegría!, como dicen hasta los huaynos más tristes.

1 Como se cuenta en la novela En el Cusco el Rey, publicada en Cochabamba por editorial Nuevo Mileno (2007)

2 Un doppelgänger, la palabra es alemana, designa al doble fantasmagórico o sosias malvado de una persona viva (Wikipedia)