Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 13 de agosto de 2022
  • Actualizado 12:39

Visitando las antípodas de la abstracción

Dos maestros consagrados del arte boliviano actual, Fernando Montes C. y César Jordán, presentan dos exposiciones pictóricas casi opuestas en el Centro Simón I. Patiño de La Paz
Visitando las antípodas de la abstracción. CORTESÍA
Visitando las antípodas de la abstracción. CORTESÍA
Visitando las antípodas de la abstracción

Luego de dos años accidentados por la emergencia de la pandemia mundial, las actividades culturales parecen haber regresado a la total normalidad. Prueba de ello es la apertura, a mediados de este mes, de dos importantes muestras pictóricas en las salas del Simón I. Patiño de La Paz: “Tierra Roja” de Fernando Montes Colque y “Virtuales y analogías” de César Jordán.

Instaladas respectivamente en el segundo y tercer piso del centro cultural ubicado en Sopocachi ambas constituyen un ejemplo de la variedad y las paradojas de aquello que desde mediados del siglo XX ha venido a denominarse ya unánimemente como “arte abstracto”. Una, “Tierra Roja”, está conformada por una decena de pinturas en gran y mediano formato en las cuales desaparece casi por completo toda forma para la exploración primaria del color y las texturas; La otra, “Virtuales y analogías”, presenta, por el contrario, más de una veintena de lienzos de mediano formato en los que se solicita al espectador recuperar “formas orgánicas y análogas” de una abstracción compuesta en la combinación de fragmentos figurativos y geométricos, drapeados y ases lumínicos. 

Evidentemente, las características de una y otra exposición son consecuencia de dos modos muy distintos de concebir y encarar el ejercicio artístico.  En la muestra de Montes éste parece haber discurrido sobre todo por una exploración contenida de la expresividad de lo matérico en la línea del ya casi septuagenario Expresionismo Abstracto de la escuela de Nueva York, pero, sobre todo, en evocación a su cultor más “espiritual”: Mark Rotkho.  Por su parte, las obras de Jordán, constituyen una revisión retrospectiva de la obra de un maestro desde hace varias décadas identificado con un estilo muy personal en el que confluyen la ya mencionada abstracción de reminiscencias figurativas, el Op-art y un academicismo técnico pleno y consumado.

En su priorización de lo formal, “Tierra Roja” es una exposición sobrecogedora desde la primera mirada.  Las fotografías que han circulado de sus obras en medios de comunicación no alcanzan a captar la riqueza y complejidad de sus matices cromáticos y de sus texturas.  Lo que en una fotografía se nos aparece como una monocromía plana o como una mancha borrosa informe, a la cercanía se revela como una sucesión de ásperas capas polícromas, elaboradas en la cuidadosa adición y sustracción de pigmentos en un procedimiento que en su simpleza quiere parecer espontáneo, cuando seguramente es resultante de un estado introspectivo del artista.  En consecuencia, en concordancia con la gestualidad del Expresionismo Abstracto, el ejercicio exploratorio característico de un arte que se presenta siempre como experimental, constituye un sondeo tanto de las cualidades de las materias pictóricas como de los estados interiores del artista mismo frente al lienzo. 

Montes explica en el texto curatorial de la exposición haber tenido como referente principal para su trabajo la relación de los pueblos indígenas con la tierra, es decir, la fascinación por lo telúrico que ha sido desde siempre una de las características principales del arte boliviano moderno, ya sea figurativo o abstracto.  Y aquello se hace evidente no solo en la gama de rojos, ocres y amarillos apagados de su paleta, sino también en la aspereza de las manchas que aplica al lienzo ya sea en la técnica del pincel seco o utilizando quien sabe que otras herramientas y procedimientos.    

Este ejercicio, no debería resultar extraño a quienes siguen la trayectoria de este laureado maestro cochabambino. Todo lo contrario, parece una consecuencia lógica de una carrera que desde hace un par de décadas se aleja cada vez más de la figuración a causa de una suerte de fijación del artista por las cualidades matéricas de la pintura.  Ya en una exposición pasada titulada “América”, Montes había expresado su concepción del ejercicio artístico como un proceso de constante experimentación/juego con los materiales, de búsqueda incesante basada en la prueba y error.  Asimismo, debiera añadirse para la comprensión cabal de la obra que propone en “Tierra Roja”, la relación cotidiana que el artista ha tenido con la tierra como tal al estar casado con una de las más reconocidas y prolíficas ceramistas bolivianas, Mónica Dávalos.   

El caso de Jordán es muy distinto al de Montes pues se trata de un artista que ha renunciado a cualquier búsqueda o experimentación de nuevas formas, contenidos y procedimientos al haber encontrado, hace varias décadas ya, un estilo propio y particular que lo identifica plenamente ante sus públicos bolivianos y europeos.  Como consecuencia, lo que hace en esta muestra - sin ser en absoluto menos meritorio -  es simplemente volver a enfatizar algo ya dicho con la misma solvencia técnica de siempre, reivindicar una concepción plástica que tiene que ver, primero,  con la exaltación de la técnica y, luego, con la del estilo. 

En esta vindicación de la habilidad artística, Jordán luce un dominio técnico que lo pone a la par de los grandes maestros bolivianos del siglo pasado.  Por medio del difícil uso de formas transparentes y superficies lumínicas y lisas, evoca fragmentos de figuras humanas, de formas geométricas, y hasta de drapeados, en obras donde la relación figura fondo resulta esencial. El enfoque dibujístico de su obra, se hace evidente asimismo en el mesurado cromatismo de sus pinturas, logrado con pálidos pigmentos que recuerdan la ligereza y las transparencias de las técnicas al agua. 

Como maestro consignado en los principales libros de la historia del arte boliviano, el mérito de Jordán no descansa únicamente, no obstante, en la solvencia técnica que demuestra en cada uno de sus trabajos. Hay que reconocerle la consistencia de su obra en un mundo cada vez más apurado que ensalza siempre la novedad por más vacua o efímera que ésta pueda ser. Y junto a la cualidad de su obra de permanecer coherente a sí misma debe reconocérsele también su universalidad en un mundo que reivindica cada vez más lo local y lo particular. Efectivamente, en ninguna de sus obras, el artista que ha radicado por varias décadas en Europa cae en el facilismo de referir “lo boliviano” o “lo andino” de sus orígenes paceños.  Lo suyo es un arte comprometido consigo mismo y nada más. 

Que, a pesar de las distancias que las separan, ambas exposiciones puedan ser tenidas como “arte abstracto” muestra la amplitud y la vaguedad de una categorización que desde sus inicios se ha presentado como problemática para los historiadores del arte.   La distancia que pueden tener las obras de Jordán y Montes, son pues las mismas que puedan tener las de los también abstractos Kandinsky y Pollock.  En este caso, sin embargo, el contraste al que son sometidas ambas al haber sido instaladas azarosamente a unos cuantos metros de distancia pueden resultar bastante pedagógico en nuestro medio particular para entender, por fin, el significado, el valor y las posibilidades de la abstracción, así como para disfrutar con mayor intensidad las cualidades definitorias de la obra de cada uno de estos dos maestros irrefutables del arte boliviano: Jordán y Montes, Montes y Jordán.  

Artista e investigador en artes