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  • Diario Digital | lunes, 26 de febrero de 2024
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Viralidad, Roma y Bruto (primera parte)

¿Es preferible cometer una injusticia o soportarla?, ¿podemos realmente elegir?
Viralidad, Roma y Bruto.
Viralidad, Roma y Bruto.
Viralidad, Roma y Bruto (primera parte)

La extensión del yo al internet es una transacción esencialmente simbólica. En línea se es en relación con un tercer parámetro determinante. No se es tal o cual nombre propio, sino que se es conforme aquello que se expresa. Se es la suma de interacciones y la evaluación que hace de ellos un algoritmo. De ahí que lo viral tenga eso como rasgo esencial de su naturaleza; el promover la afiliación de la persona pública a un rasgo común. 

Por eso, no resulta extraño que videos de mujeres preguntando a los hombres de su vida cuántas veces al día piensan en el imperio romano se volvieran virales en redes sociales. Pues permiten al usuario reafirmar su identidad (feminidad) a través de la adhesión a un tótem, una expresión simbólica de identidad grupal. El punto de esta tendencia es lo extraño y gracioso que resulta la respuesta “constantemente”. El hecho de que como sociedad hayamos abandonado la apreciación por lo clásico, pero la mitad de la población (la mitad masculina) pase una porción significativa de su tiempo pensando en el imperio romano, es cuanto menos peculiar.

El objetivo de este texto no es explicar el significado del fenómeno sino atenderlo de forma más bien tangencial para expresar una idea que vengo rumiando por algún tiempo. Personalmente cuando pienso en el imperio romano es Marco Junio Bruto en quien me centro; la imagen que pinta Dante de él al centro del infierno siendo lentamente masticado. O en el relato shakesperiano de Julio César peleando leónicamente contra sus asesinos hasta que su mirada cruza la de su hijo adoptivo y dice esa inmortal frase ¿Y tú también Bruto?, para luego rendirse a la inminencia de su muerte. Pienso de repente por un segundo en mi padre y en mi abuelo. Imagino el terror de bruto y sus coconspiradores al ver que las masas romanas claman por sus cabezas cuando se enteraron del asesinato de César. Fantaseo un poco con la cara que se les quedó a los “héroes” convencidos que después de haber matado al tirano la democracia Romana sería salvada, cuando vieron qué el asesinato de Julio César se iba convirtiendo en el último clavo del féretro de la república.

Bruto lleva el nombre de su padre. Quien, mientras servía como líder de las legiones en la Galia Cisalpina, se alía con el cónsul Marco Emilio Lépido. Él cual trató de llevar a cabo reformas democráticas en la región de Sila, restableciendo la distribución de grano y concediendo indultos a los exiliados. La facción senatorial romana se oponía a estas reformas. El cónsul, viéndose a la cabeza de un contingente de legiones considerable, decide marchar hacia Roma. En la capital es recibido por el ejército senatorial comandado por Quinto Lucio Cátulo, quién lo derrota en el campo de Marte, a las afueras de la ciudad, y lo exilia a Cerdeña. La facción senatorial decide entonces marchar hacia la Galia Cisalpina, esta vez a cargo de Pompeyo. Allí, Bruto padre, que aún era fiel a la causa de Lépido, los esperaba con sus propias legiones. Después de una escaramuza en la que Pompeyo muestra la superioridad de sus tropas, Bruto huye con el remanente de sus legiones a la ciudad de Mutina. Allí el sitio de Pompeyo y la abdicación de sus hombres le obligan a rendirse luego de dos días. Una vez Pompeyo retoma el control de la Galia Cisalpina, se le permite a Bruto retirarse a un pequeño pueblo al norte de Mutina. Al día siguiente del indulto, mientras era escoltado a su nueva comandancia, es asesinado por los escoltas bajo órdenes directas de Pompeyo. Según Plutarco en Vidas de Sertorio y Pompeyo cuando Pompeyo informa de sus acciones al senado es gravemente reprendido por haber llevado a cabo lo que consideran un “acto pérfido”. El punto de este detalle -y los que siguen- es ilustrar la complicada naturaleza del compás moral de Bruto, quien pelea en la guerra civil del lado del asesino de su padre.

El autor es estudiante de Filosofía y Letras en la UCB

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Ernesto Flores Meruvia (revisión)

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