Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 28 de febrero de 2024
  • Actualizado 23:14

La violencia política en Bolivia: el caso de las Barzolas del MNR (parte III)

Los pasajes relatados por Lydia Gueiler recogen curiosos datos sobre los primeros años de la Revolución del 52, como, por ejemplo, los denominados “Grupos de Honor”
La violencia política en Bolivia: el caso de las Barzolas del MNR (parte III)

Testimonios de mujeres en la política  

Un factor importante de la época del 52, es que las mujeres militantes del MNR sintieron la “obligación” de justificar el proceso revolucionario. Un testimonio que condensa y exalta estas emociones, es el libro de Arminda Arauz de Eguino publicado bajo el título Para María Barzola: Mi vida en el MNR (s.f.). El recorrido histórico que traza Arauz tiene una visión utópica del pasado. Al referirse al periodo incaico afirma: “Esta bella tierra florecía bajo ese maravilloso régimen de gobierno, ya que la mujer americana estaba representada en la vida pública, y de sacrificio. Mama Ocllo, la incomparable compañera de Manko Kapac, la Eva Perón de ese periodo de civilización”. Con respecto al periodo colonial dice: “Quizá la mita de la Colonia, era más humana que la mita de los barones del estaño. En aquella época por lo menos existía el fraile de Las Casas. En nuestro período, sólo se veían por doquier servidores incondicionales de los explotadores”. Una de las características del texto, es que no sigue cronológicamente la historia de Bolivia, sino, acentúa la lógica amigo/enemigo. Por eso, Arauz resalta e identifica a los enemigos de la patria y los males previos a la revolución del 52: “La educación era un mito. La alimentación una mentira. Ni qué hablar de la cultura, pues hasta [las] universidades, no cumplían el verdadero rol social. Todos estos males tenían una causa. La miseria económica de tres millones de habitantes, frente a la opulencia de tres magnates”. Con respecto a las leyes del Estado dice: “Las leyes sólo servían para pedir obligaciones, pero nunca para dar derechos. Y aún con esas leyes, cuando no se conseguía lo que la ley decía, se inventaba las desgracias que daban derecho a vulnerar el pensamiento del pueblo. Eso ocurrió por ejemplo cuando las elecciones presidenciales, en que triunfó el Jefe del Movimiento Nacionalista Revolucionario”. Los otros pasajes del ensayo de Arauz, discurren superficialmente sobre su incursión en la política, que va entre reclusiones, persecuciones, amedrentamientos y su dócil lealtad al MNR.           

La cronología descrita por Arminda Arauz concluye con la consolidación del gobierno movimientista en el poder: “Ahora que la patria ha conquistado su tranquilidad y sus libertades, puedo decir con orgullo, que quizá las que más hemos sacrificado nuestras horas, nuestros desvelos, como siempre, nos encontramos listas para seguir ese sacrificio cuando la revolución que dirige el partido se encuentre en peligro. Ya está demostrado que los auténticos revolucionarios, los que hemos vivido siempre desamparados de todos, somos los auténticos luchadores y, por qué no decirlo, los auténticos revolucionarios”. Finalmente, Arauz rinde homenaje a los mártires promovidos por su partido, y en especial, “a la palliri María Barzola, que, como Bartolina Sisa, es la heroína pura de la raza mestiza de Bolivia”.

Otro testimonio es el escrito por Lydia Gueiler Tejada, titulado La mujer y la revolución (s.e., 1959). Allí realizó un recuento de su vida personal, su acercamiento a los sindicatos y al partido del MNR Con un estilo reivindicador enfatiza el rol de las mujeres en la política. Para ello, engarza la historia de Bolivia con la historia de la mujer a partir del período del incario, la colonia y la república: “La historia oficial no ha destacado suficientemente la participación de la mujer en los acontecimientos más relevantes de nuestra Patria. Sin embargo, para orgullo del país, han existido mujeres dignas de mención en todos los campos de la actividad”. De acuerdo a Gueiler, la historia de Bolivia está llena de eventos heroicos donde las mujeres fueron las grandes protagonistas: “En el período incásico, fundamentó sus normas de convivencia en las sabias enseñanzas de Mama Ojllo, fundadora del Imperio de los Incas, de tan legendaria tradición histórica. Durante la época Colonial, la emancipación del yugo español, contó con precursoras de la estirpe de una Bartolina Sisa”. En el proceso de la independencia americana, “Juana Azurduy de Padilla y las heroínas de la Coronilla (…) son pruebas elocuentes del valor y el espíritu de sacrificio por las causas justas que perviven grabadas en los más profundo del sentimiento popular del alma de la mujer boliviana”. El largo recuento histórico culmina con la insurrección del 52.  

Los pasajes relatados por Gueiler recogen curiosos datos sobre los primeros años de la Revolución, como, por ejemplo, los denominados “Grupos de Honor”. Los integrantes de este grupo trabajaban en la Alcaldía de La Paz, “lo que nos permitió cohesionar aún más nuestras filas y presentar una organización perfectamente disciplinada, formada en base a una milicia del Partido armado y dotada de la experiencia necesaria para la defensa de la Revolución Nacional”. El marco de acción de los “Grupos de Honor” se ceñía en acudir a manifestaciones políticas y desfiles cívicos: caracterizadas por asistir de forma uniforme. 

Con respecto al movimiento femenino dentro del MNR, Lydia Gueiler indica que este se encontraba fraccionado por zonas: “Zonas de la Universidad, Sopocachi Alto, Sopocachi Bajo, San Jorge, Obrajes y Calacoto de la ciudad de La Paz, haciendo notar que pertenece al sector menos popular de la población y, por consiguiente, escaso en militancia revolucionaria”. La designación referida, era publicada bajo lista por la Secretaría de Organización del Comando Departamental del Partido, “para que respondieran al llamado de la Revolución en defensa de los intereses colectivos del pueblo boliviano”. Un dato interesante que refiere Gueiler es que las mujeres cumplían “un llamado especial” por estar “obligadas moralmente a trabajar en defensa de la causa, ya sea porque eran militantes activas o porque se hallaban disfrutando de los beneficios otorgados por la revolución y de las granjerías del poder, gracias a las altas situaciones alcanzadas por sus familias y en la mayoría de los casos directamente por los propios esposos”. Pero la realidad era la siguiente: “Es que no todas concurrieron a cumplir con el deber y la responsabilidad a que estaban moralmente obligadas, muchas de ellas seguramente porque su ambiente social les impedía mezclarse con el pueblo mismo, las otras porque aún no habían superado su condición de sometimiento en el seno del hogar (…). Desde luego no faltaban tampoco aquellas que negaban su militancia al MNR; lo que de todos modos no les impedía recibir ‘cupos’, divisas u otra clase de utilidades que les brindaba la revolución y con los cuales mantenían su participación en un elevado medio social”, dice Gueiler.