Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 16 de junio de 2024
  • Actualizado 19:40

A veinte años de la partida de Marcelo Callaú: los viajes de la madera (II)

Segunda parte de un texto a propósito de una exposición homenaje al artista cruceño en la Feria de Arte ‘Mirá’, en Santa Cruz
A veinte años de la partida de Marcelo Callaú-  los viajes de la madera (II)
A veinte años de la partida de Marcelo Callaú- los viajes de la madera (II)
A veinte años de la partida de Marcelo Callaú: los viajes de la madera (II)

La muestra

De los creadores notables se suele decir que perseveran como presencias en el mundo a través de sus obras. Para el mundo de los vivos inicia la posibilidad de una comunicación muy singular con ellos, quienes dejan abierta otra posibilidad de visitarlos a través de exposiciones póstumas. Si bien algo de la energía y la corriente eléctrica que los animaba se siente recorrer en la sala –como en este caso de Callaú–, también algo varía: aquello con lo que se dialoga ya no es una persona sino algo que se ha multiplicado; el artista se ha disuelto en el vacío, está en el espacio entre las obras, como hilo conductor, ahora nos comunicamos con una singularidad impersonal, una atmósfera, un clima, un temperamento, una tonalidad de pensamiento, un sentido del humor, o cierta sensibilidad peculiar en el trato con la materia.  

De manera muy enigmática, al entrar a la sala de Callaú, lo primero que atrae la visión del espectador es un gigante aro circular de madera, posado en un pedestal de color oscuro, colocado en el centro de la sala. La obra titula Infinito, está conformada por diversas maderas que logran ser reunidas en una sola pieza, pareciendo remitirnos a una idea de portal, una invitación para mirar de otra manera. La obra fue uno de los lugares favoritos de los visitantes a Mirá para tomarse fotografías, funcionado además de manera didáctica para que aprecien el dialogo que instaura con el espacio en su conjunto.

A un costado, cercana a la pared, se encuentra otra obra muy llamativa, la imponente y delgada figura de una mujer con alas, con una altitud total mayor a los dos metros. Se trata de Mujer ángel (1996). Al verla, la artista Ejti Stih recordó el extinto Cine Bella Vista –que estaba frente al Estadio Tahuichi Aguilera– y que en el descanso interior de las gradas tuvo durante largos años a dicha escultura a la vista; esto lo pudimos corroborar gracias a un libro-catálogo de la obra de Callaú, publicado por Cecilia Bayá el 2006 con el apoyo del gobierno municipal cruceño. 

Para realizar una exposición bien lograda de Marcelo Callaú, habrá que tener muy presentes las palabras del belga Félix Roulin, quien fue el maestro y mentor del artista cruceño cuando realizó sus estudios en La Cambre en Bruselas: “Se trata de esculturas hechas en perspectivas, elaboradas en una madera magnífica que acaba por emocionarnos y desconcertarnos. La estructura y vena evidente de estas maderas, sean amarillas o café, rojas o negras, no pueden equivocarnos. Nuestra vista está expuesta a la ilusión creada por el juego en el espacio que es, en este caso, la verdadera invención del escultor, y que es la dimensión mágica de estos objetos” (Roulin, 1992).

Cabe recalcar esta idea: la invención de Callaú es “la ilusión creada por el juego en el espacio”, lo cual expande la labor del artista a una consideración mucho más aguda de la mirada del espectador. Callaú fue un impulsor de nuevos espectadores para un arte del futuro en Santa Cruz. Intentaba inculcar en ellos algo más que el aprecio por la técnica en el tratamiento de las maderas, o la plasticidad de las formas o la riqueza de las texturas ondulantes, sino que los invitaba a detenerse y mirar algo inusual, algo diferente a lo que nos permite apreciar el ojo a primera vista. Su contacto con el arte que se estaba exhibiendo en museos de Europa, las vanguardias artísticas, y el haber sido testigo presencial de la famosa revuelta estudiantil del “Mayo del 68” en París, abrieron su mente y lo impulsaron a recorrer la distancia que atraviesa la fase figurativa a la fase abstracta en su obra. 

La curadora demostró su pericia en este sentido, al ubicar una de las figuras geométricas de gran tamaño en el fondo de la sala, una de las obras que podríamos llamar los “sólidos metafísicos de Callaú”. Se trata de una figura de delgado espesor, que gracias al colocado de una luz nadir o de contrapicado, acrecienta su apariencia de ser un volumen sólido. Ya lo comentaba otro gran admirador de la obra del cruceño, Francisco Montes Valdés: “Luego el juego de luz y sombra sobre el pedestal, compensará la dramática inspiración, porque las sombras juegan en sus piezas un papel activo. La superposición de luces artificiales y sombras artificiosas a modo de cambiante montaje en el espacio imaginario de las salas les otorga angulares inusitados” (M. 1992).

Este efecto, podrá apreciarse mucho más en la mencionada exposición permanente del artista, donde además las obras descansan sobre superficies irregulares de arena, haciendo variar la línea de base y de horizonte. En general, todos estos juegos de artificio se prestan a la magia que Callaú admiraba desde niño cuando observaba a su papá Tomás trabajar en la carpintería de la familia, convirtiendo a los troncos de árboles en tablas de madera, y de esas tablas pasando a darle vida a mesas, sillas, muebles en sí. Detonó así en su mente la posibilidad de la transformación de la madera. Luego, en la etapa de madurez de su obra, introdujo todos los artificios posibles de la ilusión óptica. Resulta notable la impresión de levedad que supo añadirle a las piezas, tratadas con las más variadas maderas (tajibo, mara, verdolago, cuchi, almendrillo, cedro, nogal…). 

En suma, la sala nos ofrece destellos, vislumbres de la poderosa capacidad imaginativa de una obra, la obra de toda una vida. No dejaremos de mencionar la presencia de los famosos torsos desnudos del artista, orientados de espaldas hacia las ventanas de la calle. También de los cuadros escultóricos de la serie Eclipses. Qué lejos quedaron aquellos días de la adolescencia del artista, cuando empezó pintando cuerpos desnudos que colocaba en su habitación, y que después serían puestos en exhibición en el corredor de la Ballivián por su mamá Ruth Campos, en franco gesto de respaldo. 

En aquel tiempo ese muchacho que tan solo tanteaba la realidad, sintió gran alegría de que su barrio no lo rechace y más bien de que lo incentivara. Hoy en día su nombre es sinónimo del más alto arte que se haya producido desde estas tierras, poseedor de una obra que no dejaremos de descubrir durante largo tiempo en su plena actualidad.