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  • Diario Digital | lunes, 01 de marzo de 2021
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Van Gogh pintando girasoles

Un análisis a la pintura Van Gogh pintando girasoles, de Paul Gauguin, guiada por los criterios planteados por Immanuel Kant en la “Analítica de lo bello” de la Crítica del juicio
Van Gogh pintando girasoles

Durante dos largos meses, antes de aquella Nochebuena de 1888, la “Casa Amarrilla” iba llenándose continuamente de grandes telas y pinturas. Girasoles por un lado, retratos por el otro; combinaciones coloridas por aquí y composiciones de tonos opacos por allá. Vincent van Gogh y Paul Gauguin no habían bebido aún el último ajenjo de su amistad psiquiátrica y de su rivalidad profesional. Como relata Claudia Schvartz en la “Cronología” de Últimas cartas desde la locura de Van Gogh, esa “Nochebuena, habían estado juntos en un bar, bebiendo ajenjo. Bruscamente Vincent arrojó el vaso contra su amigo. Después cayó en un estado de sopor y durmió profundamente hasta la mañana siguiente. Entonces recordó vagamente haberlo ofendido. Gauguin ya había decidido ponerse en contacto con Théo para advertirle de lo ocurrido y pensaba poner fin a su estadía en Arlés. Le comunicó su decisión a su compañero y el día pasó tormentosamente. Después de la cena, Gauguin fue a caminar por un campo de laureles florecidos y, alertado por un sonido de pasos, descubrió a Van Gogh a punto de lanzarse sobre él con una navaja abierta en la mano”. La silenciosa Arles ensordecía los gritos de locos desconocidos. Pero los cuadros, temerarios, no callaban jamás.

El cuadro de Gauguin, Van Gogh pintando girasoles, es quizás la transmisión directa de la impresión inconsciente que el pintor había construido sobre la persona con quien convivía en aquella ciudad al sur de Francia. La actitud tensa de Van Gogh, con su cuerpo acomodado en una posición notablemente incómoda, contrasta con su afán enamorado de trazar la mímesis de unos girasoles marchitándose. La pintura de Vincent era algo más osado que aquello que conocemos por naturaleza muerta; era, entonces, naturaleza muriéndose. Probablemente fue el movimiento vital de los girasoles y la quietud desesperante del pintor lo que impresionó de tal manera a Gauguin.

Desde la precisión conceptual de Immanuel Kant, toda vivencia de lo bello es una experiencia estética. Una vivencia de lo bueno o de lo agradable no es una experiencia estética; así como una vivencia de lo bello no es una experiencia ética o hedónica. Pero, entonces, ¿qué es una vivencia de lo bello? A partir de Kant, toda vivencia desinteresada, sin concepto, de necesaria y universal satisfacción es una vivencia de lo bello.  De todo esto deducimos que toda vivencia con estas características es una experiencia estética.

A menudo las experiencias estéticas saltan como una serendipia y nos dejan estupefactos, stultum facere; entonces, nos cuesta descifrar qué es lo que nos está pasando. Nos recuerda, quizás un poco, a esa sensación estúpidamente inexplicable de estar amando, que es pasión y se predica del sujeto como si fuera acción. Fantaseamos con una episteme estética. Osamos preguntar: ¿por qué? ¿Por qué es ésta una experiencia estética? ¿Lo es? ¿Por qué decimos que algo es bello o feo? “¿Seré yo -dice un espectador con lágrimas en las mejillas- el único que está viviendo así este cuadro?”, y mira a su alrededor descubriendo, con intriga, los ojos nublados, los mocos chorreando y los gemidos de los demás espectadores. Queremos descubrir, pues, si el cuadro Van Gogh pintando girasoles de Paul Gauguin es una experiencia estética y por qué. Esta embarcación será guiada por los criterios planteados por Kant en la “Analítica de lo bello” de la Crítica del juicio.

Desde el giro copernicano del conocimiento, donde todo vira hacia el sujeto, la realidad se había convertido en un lugar inhóspito para el entendimiento humano. Pero en el caso de la experiencia estética, la realidad se realiza en el propio sujeto, pues no es objetivada sino reflexiva, como si un espejo dentro de nuestra propia percepción reflejara una realidad auténtica. Por lo dicho hasta ahora, tiene sentido afirmar que toda obra de arte que, sin apelar a un interés o conveniencia, despierta el placer del entendimiento reflexivo, y no representativo, es una vivencia desinteresada, sin concepto, de necesaria y universal satisfacción. ¿Nos conviene personalmente acaso decir que el cuadro Van Gogh pintando girasoles es bello? ¿Nos perjudicaría en algo decir que es feo? ¿Esperamos algo del cuadro en retribución por alabarlo? No, pero nos place decir que es bello. Por tanto, el cuadro Van Gogh pintando girasoles es una obra de arte que, sin apelar a un interés o conveniencia, despierta el placer del entendimiento reflexivo, y no representativo. No nos sabe más rica esta comida porque tengamos mucha hambre, sino porque efectivamente está bien preparada. Incluso, quien más podría ser interesado en cuanto la obra, el propio Vincent van Gogh, se limita a decir que no cuenta a esta obra “entre uno de […] [los] intentos fallidos” de Gauguin.  A Vincent no le interesa si sale él lindo o feo en esa “foto”, a él, sólo le importa comparar ese retrato con otros intentos de Gauguin. Van Gogh también vive la experiencia estética. Por todo lo anterior decimos que el cuadro Van Gogh pintando girasoles es una vivencia desinteresada, sin concepto, de necesaria y universal satisfacción.

Gracias a los dos párrafos previos, podemos formar ahora un silogismo, pues hemos inferido que toda vivencia desinteresada, sin concepto, de necesaria y universal satisfacción es una experiencia estética y que el cuadro Van Gogh pintando girasoles es una vivencia que cumple con éstas características. La conclusión es, pues, evidente: el cuadro Van Gogh pintando girasoles es una experiencia estética.

Se podría objetar que la vivencia del propio Van Gogh, al experimentar el retrato que Gauguin hizo de él, no puede ser desinteresada, pero la carta citada demuestra que sólo la comparación con otras obras, y no su conveniencia, es lo que guía su juicio. Se podría objetar que tiene un concepto, pero ya se ha dejado en claro que es una vivencia reflexiva no mediada por la representación. Se podría objetar, por último, que la satisfacción no es universal o necesaria porque hay muchas personas a las que no les gusta este cuadro o no les mueve si quiera. Sin embargo, esta objeción se mueve en el ámbito de lo agradable y no de lo bello. Probablemente esa misma persona que dice que tal cuadro no le gusta, pueda reconocer lo admirable que es, al compararlo con un retrato que a nadie dice nada. 

Licenciada en Filosofía y Letras (UCB) - [email protected]

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