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  • Diario Digital | domingo, 15 de septiembre de 2019
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Vagabundo de Draco Rosa

Sobre el destacado músico estadounidense de origen puertorriqueño que actuará el 6 de julio en La Paz.
Vagabundo de Draco Rosa

Una máxima de la música popular dice que uno siempre recuerda el lugar donde escuchó por primera vez una gran canción. Es la señal de que un clásico instantáneo ha nacido. Recuerdo muy bien la primera vez que escuché “Losing my religion” de REM, o “Bohemian Raphsody”, o cualquiera de Pink Floyd. Sin duda puedo decir que otro de esos momentos fue con el disco Vagabundo de Robi Draco Rosa. No había escuchado nada parecido hasta ese entonces, y aún hoy suena original y poderoso. Fue alrededor de 1998, en la casa de un amigo (al que cariñosamente apodábamos La Cuera) que ostentaba una envidiable fonoteca, que conocí Vagabundo por primera vez, y simplemente no daba crédito a lo que estaba escuchando.

El disco comienza potente con “Madre Tierra”, pero fue en concreto el siguiente track, “Llanto subterráneo”, el que me voló la cabeza. “-¿Qué es eso que está sonando? ¿Quién es?”. “-Robi Rosa… el de Menudo”. “-¡¿Menudo?!”. Y luego vino el tercer track (que da nombre al disco). Sentí una puñalada. “-Préstame, lo grabo y al tiro te lo devuelvo”. Una mirada de desconfianza me atravesó. “-Viejo, es un disco que me ha costado conseguir”. “-Te lo traigo mañana, tú dime dónde y a qué hora”. “-¿Seguro?”. “-¡Seguro!”.

En algún momento posterior al segundo mes de la puñalada, la música pasó a ser mía, conocía las letras de memoria (gracias al librito del CD), cada sonido, cada línea, esos extraños coros, sabía lo que estaba tramándose en cada esquina y me regocijaba sabiéndolo. Y es que Vagabundo es el gran disco olvidado del rock latino de los 90, una obra de arte furiosa e introspectiva, uno de los mejores álbumes del rock en español de la historia. Pocos discos logran ese complejo equilibrio entre una propuesta diferente y original, y la carga de todas sus influencias (psicodelia, grunge, boleros, música árabe, son cubano) entrelazadas de manera admirable.

Sí, sí, ya sé. Menudo. Un pasado nefasto para cualquier rockero. Robert Edward Rosa Suárez nació en Long Island en 1969, pero de muy pequeño se fue a Puerto Rico con sus padres. En su casa siempre había música, de su madre le viene el rock de Led Zeppelin, Hendrix y Los Doors, de su padre la salsa y el son, y todos los ritmos calientes del Caribe. A los 15 años, su tío lo convenció de participar en el fenómeno adolescente más famoso de habla hispana de los años 80 -que marcó la línea de las bandas de chicos lindos que cantan bonito y bailan feo-, Menudo. Los engendros posteriores como Magneto, New Kids on the Block, One Direction, incluso los BackStreet Boys y los Nsync, le deben a Menudo toda su estética kitsch y una infinidad de pasitos de baile.

Cuando Robi cumplió los 15, recibió como regalo de su madre Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud. Las palabras del poeta francés explotaron en el cerebro de la joven estrella pop, alterando para siempre su perspectiva. Cuando el niño rebosante de talento se convirtió en un adolescente problemático, el manager del grupo hizo gala de su porcentaje de poder y ejerció su mando con autoridad.

Los años siguientes, en un acto que podría leerse como un intento por borrar su pasado inmediato, se fue a vivir a Playa Bahia en Brasil, se relacionó con músicos locales y se mantuvo entre Río de Janeiro y Buenos Aires, por una novia que tenía en la capital argentina. Por ella conoció “Artaud” de Spinetta, y por Spinetta conoció a Artaud. Allí, envuelto en una vida bohemia y libertina, dedicándose a malgastar su dinero y a experimentar con drogas, se dejaría crecer el pelo y la barba, hasta lograr el look de un romántico torturado, proclive a fluctuar entre la grandeza y el desprecio ajeno.

Allí también comenzó su carrera como productor, y al mismo tiempo que subía su popularidad acumulando Grammys como creador de hits para artistas del universo pop, comenzaba también un descenso personal a los abismos del existencialismo, impulsado por tempranas lecturas de Baudelaire y William Blake, y flanqueado por el abuso del alcohol y las drogas. Ese ambiente lo llevó de urgencia a una clínica de rehabilitación en Los Ángeles para estrellas del sistema, donde tuvo de roomates a Brian Wilson de los Beach Boys y a Dave Navarro, ex de Jane’s Addiction y de los Red Hot Chili Peppers.

El paso del tiempo cambia no solo la óptica de un artista, cambia también la percepción que el público tiene de él. Mucho funk y mucho blues derivaron en la creación de una banda, Maggies Dream, que en su corta vida llamaría la atención de grandes como Los Black Crowes, Faith No More o Alice in Chains, compartiendo escenarios y giras. Pero si el grano de trigo de viejo no muere, no da fruto, la muerte de Maggies Dream llevó al surgimiento del alterego de Robi Rosa, un poeta maldito, romántico y oscuro renacido de las cenizas llamado Draco Cornelius Rosa. A través de él, canalizaría a ese nuevo personaje melancólico y taciturno que se había levantado de las cenizas como el ave de fuego.

Para su ambicioso segundo álbum, Vagabundo, Draco venía cargado de influencias y de todo ese transitar por el borde de los excesos. Quería hacer un álbum de rock, pero requería la experiencia y la pericia de un productor capaz de darle forma al universo que tenía en la cabeza. De hecho, la música que Draco tenía en la cabeza era pintura sonora, música llena de texturas que cautivaban el oído con sus atmósferas de sonido, antes que con el pulso del ritmo o la repetición melódica. El productor fue el veterano Phil Manzanera.

En “Madre Tierra”, “Delirios” y “Brujería”, grita como un demonio rodeado de guitarras psicodélicas metiéndose entre un tupido matorral de sonidos quebrados. Mientras muchos artistas se preguntan cómo evolucionar desde un sonido nuevo, Draco lo hace desde el animal acorralado que anida en su vientre, su música es visceral. “Llanto subterráneo” y “Vagabundo” parecen canciones hermanas, dos obras maestras elegantes y sombrías. Sobre unos versos del poeta José Manuel Navarro, ambas conjugan ritmos de cuatro continentes y terminan envueltas en una danza dramática y un crescendo muy próximos al espasmo.

Draco habita un mundo interior en el que el romanticismo, la oscuridad, la ira y la belleza arrecian o amainan. “Penélope” es la nostalgia del hombre que se consume en el desamor, en este tema las trompetas de fondo son como un faro que ilumina a un barquero en una noche sin luna, y aunque la canción es un llanto de amor, los vientos crean el efecto de una luz en medio de la noche.

En algunas canciones su furia es dura y distante (“Vértigo”), en otras irradia desolación y tristeza (“La flor del frío”, “Blanca Mujer”). Pero es con el décimo track, “Vivir” -la otra joya indiscutible del disco-, que con un violín desgarrador y un fragmento del “Waltz No 7” de Chopin como introducción, que Draco vuelve a deslumbrarnos.  

Vagabundo es hoy un disco de culto, Robi Rosa no volvió a sacar otro disco igual. Hoy, más de 20 años después, acaba de recuperarse de un cáncer -muy cerca del hígado- que le cambió la vida. Después de varias temporadas en el infierno, Draco es ahora un artista agradecido por el recorrido y la gente que lo rodea. Hoy, más que buscar sonidos nuevos y experimentación, su objetivo, es sintonizarse con aquellos con quienes disfrutamos de su música.

Profesor de Historia de la Música y realizador audiovisual - [email protected]