Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 28 de septiembre de 2021
  • Actualizado 05:44

Si tus ojos vieran mi historia

Si tus ojos vieran mi historia.
Si tus ojos vieran mi historia.
Si tus ojos vieran mi historia

La oficina del Banco Mundial en Bolivia ha anunciado a los ganadores del primer concurso literario ‘Si tus ojos vieran mi historia’. En esta segunda entrega, damos a conocer a la obra vencedora de la categoría escritoras y escritores entre los 24 a 99 años, que fue concedida a Marcio Aguilar Jurado, de Tarija, con el cuento ‘Aprender a hablar’.

Una radio le devolvió la voz. Juana se lamenta de que Trinidad Apaza, su madre, no haya podido escucharla. Se fue a la tumba sin conocer la palabra de su hija porque el 2 de enero de 2005, catorce años antes de la emisión radial, la enterraron por culpa de un cáncer.

Juana, muda del cuerpo y de la voz, en realidad, podía hablar. Pero no era ella la que hablaba, era su madre. Trinidad Apaza había puesto sobre su hija su propio cuerpo y sus propias palabras. Cuando el señor te mande, le decía, te has de agachar un poco, así, mirame, solo la cabeza, no todo el cuerpo, y le has de responder: sí don Gustavo, claro don Gustavo, está bien don Gustavo. Así has de hacer, ¿me entiendes, hija? Y Juana respondía con la cabeza: un movimiento hacia arriba, un movimiento hacia abajo. A Trinidad Apaza aquello no le gustaba. Ay, esta imilla, le volvía a decir. Te estoy diciendo, así como yo vas a ser, así como yo vas a decir. Quiero que me respondas con la boca, ¿has entendido? Entonces Juana respondía: sí mamá, claro mamá, está bien mamá.

Más tarde, Juana diría por la radio que aquella era una forma de aprender a ser muda.

Después de imitar cada inclinación del cuerpo, después de repetir cada entonación de voz, después de agarrar los trapos con el mismo empeño, después de doblar la ropa reproduciendo el orden, Juana se convirtió en su madre. 

El 2 de enero de 2005, terminó la copia. Cuando Trinidad Apaza murió, Juana se quedó a cargo de la casa de don Gustavo. Un día, aprovechando la ausencia de la madre, el viejo se puso al frente de la hija y le preguntó: ¿tienes hermanas? No, don Gustavo, respondió Juana. Qué lástima, continuó el viejo. Ustedes las indias, las cholas, bien trabajan, creo que nacen para empleadas, ¿no? En un mes mi hijo comienza a vivir solo y quiero para su casa una como tu madre, una como vos. A ver, pensá, debes tener alguna prima, alguna amiga. Juana se quedó en silencio.

Más tarde, el día de la emisión, ella diría que aquella era una forma de perder la voz.

Casi diez años después de la muerte de su madre y cuatro antes de la emisión radial, Juana, con diecinueve años, decidió dejar la casa de don Gustavo. Salió una noche, la misma en que el sudor del viejo entró por primera vez a su cuerpo. Trinidad Apaza no le había enseñado nada sobre aquello. Juana, mientras metía en una bolsa la poca ropa que tenía, pensaba en su madre. ¿A vos también mamá? ¿A vos también, como a mí?

Más tarde, modulando la rabia con el micrófono en frente, Juana diría que ante el dolor se perdía el habla y también el cuerpo.

La hija de Trinidad Apaza salió esa noche. Mientras caminaba se daba cuenta de que no solo escapaba de una casa, sino también de una madre y de sí misma. Así como yo vas a ser, así como yo vas a decir, ay esta imilla, recordaba Juana. Pero ahora, mamá, ¿qué hago? ¿Qué has hecho vos? ¿También te has salido? ¿Has vuelto?

Las respuestas no las encontraría esa noche, tampoco las siguientes. 

Una tarde, después de cuatro años de estudio en la universidad, Juana estaba sentada en la oficina de una emisora y tenía un micrófono en frente. A su costado, había otras mujeres como ella. Luego de una breve presentación, la conductora dijo: aquí tenemos a Juana, ella es comunicadora y tiene muchas cosas que contarnos. Juana, háblanos de tu experiencia. 

Yo también fui empleada, entonó la hija de Trinidad Apaza, y puedo decirles que recién ahora aprendí a hablar.