Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 20 de marzo de 2023
  • Actualizado 22:14

Todo pescado quiere ser cabeza (o las velas del maestro)

Una reseña sobre la obra teatral ‘El encanto de Moliere’ del autor y director Carlos H. Cordero Carrafa. La obra que se estrenó en 2017, volvió el pasado fin de semana a las tablas de Casa Grito (zona sur paceña) y regresará para el Fitaz (Festival Internacional de Teatro de La Paz) en abril de 2022.
Una imagen de la puesta en escena de la obra ‘El encanto de Moliere’. RB
Una imagen de la puesta en escena de la obra ‘El encanto de Moliere’. RB
Todo pescado quiere ser cabeza (o las velas del maestro)

“¿Usted ha matado a alguien? Solo he matado ideas y he combatido en burdeles”. El caraqueño Simón Rodríguez, el maestro del Libertador, el amigo de Sucre, luce abandonado. Ha predicado anticlericalismo por Cochabamba y medio continente; su vida corre peligro. Olvidado y perseguido, “solo” tiene sus libros que nadie quiere imprimir. Recibe en Chuquisaca la visita de un amigo, el desconocido primer canciller de Bolivia, el extremeño Facundo Infante Chávez, que lo quiere ayudar con una buena plata y un salvoconducto. Es El encanto de Moliere del autor y director Carlos H. Cordero Carrafa. La obra que se estrenó en 2017, volvió el pasado fin de semana a las tablas de Casa Grito (zona sur paceña) y regresará para el Fitaz (Festival Internacional de Teatro de La Paz) en abril de 2022.

Simón (interpretado con poso y gran sentimiento por Fernando Botello Carranza) comparte vino y charla con Facundo (un contenido e irregular Luis Caballero Barrios, que va de menos a más). Chismean de las mujeres de Bolívar y de Sucre, conversan de Bolivia y las ambiciones personales (“acá todo pescado quiere ser cabeza”), hablan de teatro, viajes, revoluciones, sueños y patrias. Simón es ahora jabonero y fabrica velas, toda una metáfora. “Somos una república de curas sin republicanos”, dice con pena y dolor el creador de la Educación Popular. En la platea de Casa Grito, en la sesión de las ocho de la tarde de este cuarto sábado de octubre, apenas estamos siete espectadores. Afuera huele rico a pizza.

El encanto de Moliere es una declaración de amor por el teatro (en un ejercicio metateatral, una pieza dramatúrgica y una historia inventada/plagiada servirán para ayudar al Maestro que se resiste a ser ayudado). Es una oda a la amistad y al honor de los que luchan a cambio de todo y de nada. Es un duelo actoral, es teatro de palabra. Es una invitación para querer más a Rodríguez, para conocer a Infante, pionero del periodismo y el teatro boliviano. ¿Por qué el bueno de don Facundo no tiene una pinche calle que lo recuerde en nuestras ciudades? ¿Por qué olvidamos tan rápido las enseñanzas visionarias/igualitarias de don Simón?

Alguna noche en el futuro veremos a estos dos viejos amigos fundidos en otro abrazo, en una nueva confabulación contra reyes y curas, compartiendo otra botella de vino, brindando por nuevos “inventos” para no errar otra vez, enseñando para saber, educando para hacer. Los dos sabían que la ignorancia es la causa de todos los males, que las velas son para iluminar.