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  • Diario Digital | lunes, 17 de junio de 2024
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El secreto de Alice Munro

La escritora canadiense (1931-2024) trabajó en una librería, se divorció, publicó su primer libro en 1968, se volvió a casar, regresó a la región de Canadá que convirtió en su territorio de ficción. Ganó el Nobel de Literatura en 2013. Murió el 13 de mayo a los 92 años
El secreto de Alice Munro

Cynthia Ozick dijo de ella que era nuestra Chéjov y James Wood escribió que aunque eso se decía de mucha gente en su caso era cierto. Alice Munro, que ha muerto a los 92 años en Ontario, nació en 1931, se casó joven, tuvo cuatro hijas (una de ellas falleció al poco de nacer). Decía que escribía cuando se echaban la siesta y que la falta de tiempo la llevó a la ficción breve. Trabajó en una librería, publicó su primer libro en 1968, se divorció en 1972, se volvió a casar, regresó a la región de Canadá que convirtió en su territorio de ficción. Publicaba relatos en el New Yorker y los iba recogiendo en libros. Aunque tenía muchos lectores, era también una escritora de escritores: entre los que manifestaron admiración por ella están Jonathan Franzen, Ignacio Martínez de Pisón, Margaret Atwood o Antonio Muñoz Molina. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 2013. Publicaba en un medio muy influyente y tuvo pronto reconocimiento, pero a la vez tenía algo periférico: por el género que cultivó con más asiduidad, por ser una mujer canadiense, por el tipo de temas y personajes que trataba. Estuvo muy de moda justo antes del Nobel: un ejemplo es que Pedro Almodóvar, fiable termómetro de lo cool, decidiera adaptarla. Era una referencia constante. Es una escritora claramente feminista, pero ha quedado algo marginada en el tiempo de la eclosión del feminismo. También es testimonio de un tipo de autor que prácticamente ha dejado de existir o al menos de ocupar un lugar central. El cuento es menos relevante, las revistas son otra cosa (aunque sigan siendo influyentes), el mercado es diferente, el éxito pasado causa fatiga y su mirada compleja y contradictoria la aleja del victimismo dominante en el Zeigeist.

Sus cuentos son largos y se ha dicho que son novelas en miniaturas: hay muchos acontecimientos y detalles, abruptos cambios de perspectiva, cartas, un gusto por la paradoja y la simetría. La forma puede parecer convencional, pero no lo es; algunos de sus relatos más admirados contienen giros asombrosos. Es el caso de “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio”, sobre las consecuencias de una broma cruel; de “El oso vino sobre la montaña”, sobre un hombre que deja a su mujer en un asilo; de “Antes del cambio”, donde una joven que ha dado a su hijo en adopción descubre que su padre se dedica a hacer abortos clandestinos. Las tramas bordean el melodrama; el estilo rehúye el sentimentalismo. Técnicamente, destacan los saltos en el tiempo, por ejemplo en cuentos como “Yakarta”, una lección de narrativa. Un cuento que parece de jóvenes se transforma en un cuento de ancianos: además de esas tramas complejas y de la elipsis y de los detalles espaciales, en sus cuentos a menudo hay una especie de ventana que se abre hacia otro género, hacia otro cuento posible. Sin tener imagen de una escritora intelectual, hay una veta culturalista, en temas y en un componente aspiracional de sus personajes. Pensar en ella como una escritora apacible es un error: puede parecer contenida, pero hay un elemento tormentoso en su ficción, que muchas veces bordea lo gótico. Su sensibilidad no es ajena a la violencia y sobre todo a la crueldad.

Los cuentos de algunos de sus libros están entrelazados: es el caso de Escapada y de La vista desde Castle Rock, que alterna la historia de su familia y su emigración a Canadá (uno de sus antepasados escribió un libro titulado Confesiones de un pecador justificado) con el relato de su adolescencia. La situación básica, la historia de fondo, es la de una joven vivaz, con ambiciones intelectuales, que escapa de un confinamiento: el que generan la familia, las costumbres sociales y religiosas, un ambiente tosco o las expectativas sobre lo que debe hacer. Habla de la frustración, del sexo, del paso del tiempo, de gente atrapada o perdida, de matrimonios opresivos o divorcios, del cansancio que produce la maternidad y del desgarro del alejamiento de un hijo. Sus personajes a veces son egoístas, sus decisiones pueden dañar a otros: la mirada es compasiva pero no indulgente. Evitaba el victimismo y la autocomplacencia. Su tema es la libertad: la lucha por obtenerla, los fracasos y triunfos de ese intento de emancipación, las consecuencias y los límites de la responsabilidad, el precio y el alivio a la soledad. Sus personajes experimentan ese proceso y lo ven en los demás, y a veces meditan sobre lo que ven o sufren por las elecciones de los otros (como en Escapada). El tiempo pasa y deben convivir con sus propias decisiones y pérdidas, con todas esas cosas que no han podido decidir o controlar. En Munro encontramos, como escribió su compañera Margaret Atwood, “la combinación de escrutinio obsesivo, revelación arqueológica, recuerdo preciso y detallado, el regodeo en los lugares más sórdidos y vengativos de la naturaleza humana, la narración de secretos eróticos, la nostalgia por miserias desaparecidas y la conmemoración de la plenitud y la variedad de la vida, todo mezclado”.