Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 17 de octubre de 2021
  • Actualizado 20:35

Roberto Valcárcel: De la modernidad a la postmodernidad

Una apreciación sobre la filosofía del artista sobre la era postmoderna y un recuento de su significado en la historia del arte boliviano.
Roberto Valcárcel, uno de los artistas  más reconocidos de Bolivia.
Roberto Valcárcel, uno de los artistas más reconocidos de Bolivia.
Roberto Valcárcel: De la modernidad a la postmodernidad

Quería titular el artículo con el nombre de una de las últimas, sino la última, clases que dio Roberto Valcárcel y que la divina providencia me permitió escuchar. Como cualquier persona que tenga una mínima afición al arte boliviano, ya había escuchado su nombre y visto algunas de sus obras en libros o en la red (con lo difícil que es transmitir en imágenes fijas este tipo de expresiones). Pero era la primera vez que lo escuchaba elucubrar ideas tan lúcidas, que entendían la historia del arte no como una línea de hechos, sino como un efecto de acción-reacción en una narrativa muy coherente; todo ello en un terreno tan difícil de delimitar o domar como es el arte postmoderno, contemporáneo, conceptual o como se quiera llamarlo. 

Claramente esas clases me otorgaron un nivel de claridad al que no podía llegar con otros acercamientos. Entendí que la postmodernidad no es un estilo, mucho menos un género, sino un estado de las cosas, como decía Valcárcel citando La condición postmoderna de Jean-François Lyotard. A su agudo conocimiento del tema, se le añadía una pasión por lo contado, como su relato de la “destrucción del modernismo”, representado físicamente en la demolición con explosivos del proyecto urbanístico Pruitt-Igoe, uno de los muchos que tomó la idea de la Unidad Habitacional de Le Corbusier. “Con los edificios se caía también la idea de que el pensamiento racional consigue una mejor sociedad”, decía Valcárcel.

Y es que la postmodernidad era el estado de Valcárcel, asociado siempre con el escepticismo, la ironía y la crítica a los conceptos modernos de verdades universales, los mágico-ritualísticos de la edad media y, sobre todo, una reacción negativa de la realidad objetiva, a la que supuestamente se podría llegar, según la modernidad, la ciencia y la tecnología. 

“La posmodernidad defiende la idea de que la experiencia individual y la interpretación de nuestra propia experiencia puede ser mucho más concreta que cualquier verdad de la ciencia o la física”, sabias y esclarecedoras palabras de Valcárcel. Se cuestionaba: si el pensamiento moderno cree que la realidad puede ser respondida y mejorada a través de respuestas absolutas, extraídas por la ciencia mediante el método racional, ¿por qué la sociedad no se convirtió en una más humana? ¿por qué, si el humano es tan razonable per se, lo gobierna la corrupción? ¿por qué las guerras y luchas de poder no han cesado hace seis siglos?

Estos conceptos los trajo Valcárcel de sus estudios en Alemania a Bolivia desde la segunda mitad de la década del 70. Sus producciones tenían síntomas de ese “estado postmoderno”:  un diálogo intertextual con la misma historia del arte, como en “Arcángel Pistolero” (1992), reinterpretando a los ángeles arcabuceros de la pintura colonial; incluir en la obra misma cómo fue su proceso de creación, como hizo en “La puerta del sol” (1982); o utilizando materiales desechables, reutilizables, en su serie de “Torturados” (1979), o sus retratos del Che Guevara y Franz Tamayo, en las que utilizó negativo de películas analógicas y bolsitas de té, respectivamente.

Otras obras que marcaron nuevos caminos en el arte boliviano son la instalación “Historia con campo de alcachofas” (1982) o la performance “Verde Viacha”. 

El significado de Valcárcel en la historiografía del arte boliviano 

Con Valcárcel no solo se va uno de los más exquisitos artistas del país, sino una parte de la historia del arte boliviano. Encarnaba, junto a Gastón Ugalde y Sol Mateo, lo que el historiador Pedro Querejazú llamó como la Generación de 1975. Una época marcada por una sed de descubrir nuevos lenguajes y formas de expresarse que coincidieron con una política autoritaria, de rechazo y censura. 

Querejazú bautizó con 1975 a aquella Generación por el año en el que se realizó la primera de las tres bienales INBO, evento que no ha tenido igual en cuanto a su dinamización del arte nacional y su puesta en diálogo con lo universal. Los certámenes fueron organizados por el grupo empresarial Inversiones Bolivianas (INBO), con sede en el Museo Nacional de Arte (MNA) de La Paz, encabezados por el mecenas Fernando Romero Moreno, dirigido por la mítica María Luisa Pacheco y teniendo un jurado de lujo, en los que se puedes destacar a la crítica colombiana Martha Traba, el argentino Damián Bayón o el estadounidense Marc Berkowitz. 

“Hubo diversificación de las técnicas y los medios. Se trabajó con procedimientos no tradicionales, arte experimental con materiales de desecho reutilizados, así como nuevas tecnologías. Se desarrolló el arte conceptual y surgió el arte efímero, el arte povera, las acciones y las performances. Se incorporó la fotografía como medio plástico y como elemento intermedio en el proceso de creación. Los artistas se replantearon las temáticas del arte y su rol en la sociedad”, así define Querejazú a la Generación del 75, que vio su nacimiento en las bienales INBO.

Teresa Gisbert ya destacaba de Valcárcel en aquella primera edición de 1975: “Gastón Ugalde, pero sobre todo Roberto Valcárcel señalan una nueva era”. 

Todas estas rupturas y formación de nuevos caminos de expresión se dieron en el contexto de las dictaduras militares. Hugo Banzer Suárez gobernó desde 1971 hasta 1978, sucedido por otros mandatos, incluyendo el de Luis García Meza (1980-181). Es más, en la tercera y última bienal INBO de 1981, emisarios de García Meza intervinieron y censuraron el evento tras su inauguración, debido a la negativa de los organizadores de cumplir con la exigencia del gobierno de participar en el jurado y censurar obras. Por lo que esta tercera edición se convirtió en una exposición itinerante en Estados Unidos y recién vio la luz en Bolivia en los 90’s.

Sin dudas, el conocimiento adquirido desde afuera a Valcárcel le permitió ampliar sus perspectivas filosóficas, estéticas y técnicas, significando un desprendimiento del “anquilosado” arte nacional. Sobre esta generación de las luces, la investigadora argentina Alicia Dios escribe: “Roberto Valcárcel y Gastón Ugalde fueron los protagonistas de esta generación renovada que dejó atrás el cliché decorativo e idílico de los temas indigenistas y la abstracción auto referencial y purista para tomar posiciones críticas más radicales e impactantes, valorar el concepto más allá del virtuosismo técnico e incorporar lenguajes multimediáticos y nuevos materiales artísticos”.