Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 02 de julio de 2022
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Roberto Leitón en la problemática de educar al campesino en cuestiones prácticas y útiles

“La cuestión era, al parecer, oponerse, aunque así fuera insostenible la condición servil del indio por las ideas progresistas y revolucionarias que emergían de la coyuntura social, política y económica del país”
Los médicos tradicionales procedentes de Khanlaya (Bolivia), curaban a los trabajadores que construían el Canal de Panamá. DOMINIO PÚBLICO
Los médicos tradicionales procedentes de Khanlaya (Bolivia), curaban a los trabajadores que construían el Canal de Panamá. DOMINIO PÚBLICO
Roberto Leitón en la problemática de educar al campesino en cuestiones prácticas y útiles

Roberto Leitón Medina (1903 – 1999), escritor potosino que es conocido por su novela sobre la guerra del Chaco “La punta de los cuatro degollados”. En el campo educativo, al margen de su libro “El kollasuyeño”, en 1948 lee su conferencia intitulada “La educación campesina en Bolivia” en el Centro de Cultura Atenea de Potosí. El trabajo leído, que se puede encontrar en las páginas 1 a 13, fue publicado en la Revista “Universidad”, Año XI, Número 26, agosto a noviembre, Potosí, 1948. 

 El escritor, en términos generales, hilvana algunas ideas sobre la educación para el campesino muy encasilladas en lo práctico y útil; además, sus apreciaciones tuvieron ribetes ideológicos del marxismo, porque palabras como “masas”, “proletariado “y “campesinos”, propias de aquella ideología son usadas en algunos párrafos; además, las mismas pero con distintas connotaciones en cada estructura del texto conformarán el sostén del planteamiento de una educación rural para el campesino, que serán analizados en el presente ensayo. 

 Leitón empieza haciendo una retrospectiva sobre la educación del campesino para no repetir errores del pasado, en tal sentido expresa: “Hasta hace unos cinco lustros, la educación de pequeños sectores de campesinos, estaba encomendada a los Párrocos provinciales y tenían la obligación de instruir por medio del Catecismo, el abecedario y algunos conocimientos rutinarios de Ciencias Naturales, bajo una metodología memónica. Paulatinamente el trabajo del clero nacional, pasó a depender de los preceptores rentados con la misma enseñanza memónica de las materias anotadas anteriormente y bajo la disciplina férrea de la palmeta y del látigo”. Al margen de identificar en quienes estaba a cargo la educación rural, no muestra su complacencia con el aprendizaje memorístico y con una disciplina rígida. Aquella actitud disconforme e indirecta carece de ubicación temporal, porque esa forma de educación era muy común y hasta normal en el pasado. Las críticas con posturas románticas hacia ella, son contemporáneas.  

 Una educación con esas características mencionadas líneas arriba, según el autor generaría: “Enseñanza vacilante, sin progreso orgánico, menos substancia de trabajo, en que el niño, si no hubiera estado íntimamente ligado a la naturaleza, habría perdido toda su formación espiritual y corporal”. A todo esto agrega la sapiencia deficiente del maestro, la inhospitalidad de las aulas y con más énfasis la mimetización de la naturaleza, así como asevera: “teniendo como preceptores a hombres carentes de cultura y normas didácticas, de aulas cuartuchos inmundos y oscuros, sólo por el esfuerzo milagroso de la naturaleza, hemos comprobado la formación de ciudadanos de la talla de un Aniceto Arce, Narciso Campero, José María Linares y otros eminentes bolivianos. No importaban las lecciones muertas y falsas de los preceptores, para eso estaba el gran libro de la naturaleza donde los niños con deleite aprendían los conocimientos que brindaba la madre tierra”. Los conocimientos impartidos por el preceptor son subestimados. La naturaleza o la “madre tierra”, como prefiere llamar, es sobrevalorada, porque sería el “mejor mentor”. Lo que afirma, en los hechos, es una exageración del autor.  La naturaleza podría ser un recurso didáctico, pero no un conocimiento en sí. El preceptor así tenga conocimientos o informaciones paupérrimos era el principal medio para impartir o sociabilizar los conocimientos, al menos en aquellos tiempos.; en cambio, la “madre tierra”, por su carencia de habla, nunca va a decir esta es mi composición, mis características y mis variantes, sólo por mencionar algunos. 

La escuela rural demasiada arraigada en materias humanísticas sería contraproducente para los campesinos, al respecto menciona: “Como siempre, nació el enciclopedismo y como prueba final el abandono del hombre de la tierra labranza. Se proyectó una educación eminentemente humanística al servicio del individualismo para llegar y tener frente a las profesiones liberales, hombres mediocres, que muy bien podrían haber sido unos buenos artesanos o magníficos labriegos. Esto ha sido uno de los errores fundamentales de la educación campesina, desarraigar al elemento trabador del agro para convertirlo en un simple organismo inocuo de la vida citadina”. En esta cita, sin duda, encapsula al campesino a cuestiones artesanales y agronómicas. En el hipotético caso de que optase por estudiar una profesión citadina, no estaría a la par de la clase dominante. Ante ellos seria simplemente un incompetente. Su permanencia en una ciudad sería improductiva, incluso mala; en consecuencia, mediante la educación rural no se debería permitir que el indio traspase las fronteras de su contexto social y geográfico. 

 El indio al margen de ser explotado por los otros del estamento de la sociedad, el afán de redimir y su educación serían cuestionadas y obstaculizadas por los explotadores y aprovechadores que no querían perder sus privilegios e intereses; además,  estos no sólo se dedicaban a neutralizar las acciones libertarias para el indio, sino fomentaban también sus vicios alcohólicos, así como se puede constar: “Todavía hacen escarnio de esta raza en enredar en sus vicios, por eso hay una enorme producción de alcoholes y una defensa apasionada del uso de la coca.  Cuando se oye decir que el indio debe tener igualdad de condiciones con el resto de los ciudadanos de la nación, hay una ola de protesta, censuras viles sobre la nueva organización de educación rural. Todo el gamonalismo, todos los intereses se levantan, para contrarrestar la labor del maestro rural, y el panorama se presenta lleno de confusiones, porque, se quiere dignificar a un ser que se halla en plena explotación”. La cuestión era, al parecer, oponerse, aunque así fuera insostenible la condición servil del indio por las ideas progresistas y revolucionarias que emergían de la coyuntura social, política y económica del país.   

El indio en su faceta de minero es cuestionado por Leitón, porque trabajando en las minas trastocaría sus hábitos alimentarios, aquello sería tan notorio cuando retornaría a su terruño que es descrita de la siguiente manera: “Pasado algún tiempo viene el momento difícil para ellos, cuando tienen que ser echados de las minas como material inservible y tienen que retornar al hogar campesino, sólo encuentra miseria a su paso. Hábitos mal adquiridos y una complacencia criminal en sus costumbres, mientras tanto las parcelas bolivianas con los abrojos de las plantas silvestres y los habitantes para cubrir sus necesidades primordiales tienen que recurrir a producciones extranjeras”. El escritor, con ese tipo de afirmación, pretende hacer ver como si la movilidad social fuera algo negativa para el indio. La asimilación de otras formas de vivencia no puede ser un óbice para desplazarse a otros espacios. 

 Después de hacer algunas puntualizaciones sobre la educación para el campesino sugiere en los siguientes enunciados lo que se debe enseñar: “Formar en el campesino buenos hábitos de vida con relación a su alimentación, vestuario, vivienda, salud personal, prácticas cívicas, sociales y religiosas. Hacer del campesino un buen agricultor y enseñarle la importancia de la conservación de suelos y otros recursos naturales. Enseñar al campesino las prácticas cívicas, sociales y religiosas. Enseñar al campesino las prácticas de una buena crianza de animales. Darle al niño campesino conocimientos concretos y de provecho sobre las materias instrumentales. Y enseñar al campesino a ser un buen miembro de familia”.  Los enunciados que realiza, lo hace con una actitud paternalista, porque el indígena es, indirectamente, considerado como si fuera menor de edad, a quien hay que enseñarle todo; es decir, como si no tuviera su propia visión del mundo.

 De aquellos enunciados, al menos en dos entra en detalles, los mismos son: “Formar en el campesino buenos hábitos de vida” y “Hacer del campesino un buen agricultor”. Con respecto a la primera expresa: “tenemos familias íntegras que llevan su existencia en condiciones deplorables de higiene, alimentación, aseo personal y falta de viviendas aireadas”; la segunda está vinculada con la cualificación en la agricultura y con la crianza apropiada de animales domésticos. Leitón enfatiza estas dos sugerencias para enseñar al campesino con el siguiente argumento: “la escuela rural proporciona conocimientos útiles susceptibles de servir en el transcurso de su vida, que las enseñanzas de la escuela le proporcionen una actividad funcional y de aplicación inmediata y de utilidad en el trabajo diario (…), y no una cosa pasajera, como ocurre con el campesino que por sus ocupaciones variadas llega a olvidar el aprendizaje de la lectura y la escritura”.  En otros términos, en la educación para el indio debe prevalecer lo práctico y utilitario, y no así lo que puede ser pasajero, como la lectura y la escritura. 

 En conclusión, la educación para el campesino, en la perspectiva de Leitón, debería estar centrada en el mejoramiento agrícola, en la higiene personal y en la crianza doméstica de los animales, porque serían más prácticos y útiles. La enseñanza de las materias humanísticas, incluso de la lectura y de la escritura, no serían nada utilitarias y perennes para el indio.